S?bado, 29 de septiembre de 2012

Unos meses después, a la vista de los ladrillos que uno va poniendo durante el tiempo ordinario para construirse esa eterna Semana Santa de recuerdos, sin esquivar las voces y los ecos periodísticos, a los que parece debimos dar la razón en su momento, inferimos que el mantra de este Miércoles Santo sevillano no pudo ser otro que la cofradía de San Bernardo. La hermandad del arrabal es el gesto, es el pensamiento que al invocarlo, nos enfoca nítidamente el espectro del ecuador de la Semana Santa según Sevilla.

Pero vayamos por partes, que luego volveremos a prendernos en los versos de esa poesía populosa que son sus largas filas toreras.

EL CARMEN VENCIÓ A LOS ESCÉPTICOS

Abrió la jornada la cofradía novel, el Carmen Doloroso, enjundiosa y revoltosa a partes iguales que se desparramó por las arterias de la ciudad ofreciendo una fisonomía que Sevilla, con el paso de los años, está empezando a reconocer y a valorar como un revulsivo lozano no exento de casta cofradiera.

Perfilada de un aire marinero y carmelita, el que hasta su llegada estaba inédito en la Semana Santa, la cofradía de Omnium Sanctórum ha comenzando a vencer ese cierto escepticismo que planea sobre las nuevas como el necesario complemento, esencialmente periférico, al corpus tradicional de hermandades.

Repitió este cronista un año más el tránsito del marrón carmelita por la Plaza del Cristo de Burgos donde el Carmen volvió a dar muestras de absoluta entrega en ese desafío anual en que se convierte su Estación de Penitencia. Sin detenerse, el paso de Misterio del Señor de la Paz avanzó entre abisales costeros de frente mientras recortaba todo un mar de muchedumbre expectante. La cuadrilla supo arrancar al respetable unos hondos aplausos cuando rompieron el suave andar con movimientos sobre los pies, provocando en la tarde ya apagadísima un desmayo de voluntades entregadas al sumo arte costalero.

Por detrás, el gracejo de las bambalinas bordadas por Manuel Solano apenas dejaban entrever esa labilidad emocional de la Virgen, perfumada de claveles, tan abrumada, doblándose al cantillo del último edificio de Sales y Ferré con un mimo sin igual. A continuación, dejó atrás una plaza que quedó derrotada por ese exceso de derroche y buscó de seguidas el cobijo de los naranjos de María Coronel, continuando así un hermosísimo itinerario que pareció abrirse y retranquearse sucesivamente a expensas de la hermandad.

LANZADA Y BUEN FIN ABRIERON LAS VERJAS DEL SERENO ENCANTO DE LAS CALLEJAS MÁS SEDUCTORAS.

Y si hablamos de entornos mágicos no podemos obviar el vacilante transitar del Buen Fin y La Lanzada, la primera, por Alcoy, Eslava y Plaza de San Lorenzo y, la segunda, desde el templo de San Martín hasta la Alameda, pasando por Saavedras y Alberto Lista. Éstas hermandades abrieron a media tarde las verjas del encanto sereno de las callejas más seductoras del centro histórico y, a medida que sus cortejos fueron avanzando por ellas, labraron en su oscuridad un muestrario de bellísimos rumores, confinando al público a los zaguanes de tiniebla y a la ilustración de la severa letra del misterio de la Redención.

No estuvimos para verlo, pero a la vista de los testimonios videográficos, ya de vuelta, ese camino de dolor, de hondo pesar penitencial, se repitió para ambas Corporaciones, principalmente para el esplendor gótico de San Martín que se arrulló con su Dolorosa al hechizo de los mil y un recodos y ángulos desde Orfila hasta la entrada. A su vez, el escogido público hizo suyo el honrado trabajo de la hermandad que se vació de olores clásicos en cada esquina recuperando un perfume secular para lograr al fin despojar de vulgaridades al Miércoles Santo.

ALTA Y SERENA, CONSOLACIÓN BOGANDO SOBRE LA MULTITUD EN ÁGUILAS.

Conforme se consumía la tarde, el Miércoles santo se fue asentando en un poso de intimidad y luces tenues ensanchándose a su antojo en el corazón de los cofrades más íntimos. Nos pareció que las cofradías de la jornada se dieron en cada momento a las exigencias de las horas. La Sed fue un buen ejemplo de ello. ¿O es que tiene que ver algo el alborozo nazareno de las capas en Nervión al mediodía con el místico trago al refugio de los cierros y las celosías de la calle Águilas?

Tras pasar el vibrante Crucificado de la Sed en feliz estampa con potencias y corona de espinas, nuevamente, aunque esta vez sin quererlo, nos vimos delante del bamboleo de una rozagante candelería, mientras la banda ponía dos joyas musicales como Hiniesta de Peralto y La Sagrada Cena de Gámez para sublimar una obra perfecta. Entonces veíamos como la Virgen de la Consolación, alta y serena, bogando sobre la multitud, avanzaba discretamente, como desabrochando con su nuevo palio la estrechez de Águilas, reconociéndose la Hermandad de barrio y capa en la tradición de la ciudad, atreviéndose a manifestar, renunciado en parte a su cariz, una honda afición congénita al barroquismo de su Semana Santa.

SAN BERNARDO, OJÚ QUE COFRADÍA.

La certeza del Miércoles Santo se ajusta el cíngulo en las largas filas de San Bernardo. San Bernardo... ojú que cofradía, como dijera el castizo. San Bernardo, aunque efímera, pues su hermosa construcción callejera, sólo dura una tarde y una noche, se ha acomodado en el corazón de este cronista.

San Bernardo ocupa todas las horas. Es un soneto de Góngora. Es pura y honesta con su barrio al medio día cuando lo hace girar en torno a su figura y éste le devuelve claveles desde los balcones al claro sol coronándola de belleza. En la sobremesa se asoma a Sevilla, cantándole sus himnos, y es cuando se inyecta en su sangre histórica por Santa María La Blanca y la Candelaria. Y ya de vuelta, al dejarla atrás, le reza a sus virtudes, idolatrándola en cada reja y balcón cuando se asoman uno tras otro los saeteros. Por Mateos Gago, con la presencia sentimental del Perejil. Por Fabiola y Madre de Dios, al desbocarse los vientos más cofradieros entre sus muros de cal. Y por si fuera poco, también gusta de ponerle puentes a ese río procesional de fértiles tierras y fronteras invisibles.

San Bernardo volvió a lacrar su fidelidad a la Sevilla más personal con su variedad de matices. Ningún aspecto de la amplia gama cofrade de la ciudad se quedó sin la rúbrica callejera de esta singularísima hermandad. Del vuelo de las capas al íntimo transitar de vuelta al barrio, del estruendo de las cornetas por la calle más Ancha del arrabal a las notas de La Madrugá en el arabesco trazado del barrio de Santa Cruz, de la abundante cera rizá del palio al clasicismo de los claveles blancos, de la tarde calurosa del puente de los Bomberos al vigoroso encanto de los muros del Alcázar, de la severidad del Crucificado al bamboleo jubiloso de la Virgen del Refugio en la Alfalfa.

LA GRACIA DEL ARENAL.

El Miércoles Santo se estaba desarrollando en sus justos y literales términos como cuando Juan Antonio Garmendia iba en su soneto “adivinando a Dios en cada esquina”.

El Baratillo es otra de esas hermandades que se despliega en infinidad de aromas por muchas esquinas de la ciudad. Como San Bernardo, es una cofradía que cristaliza una inmensa fe popular, con un innegable olor a callejón húmedo y a paseíllo torero, testimonio vivaz de la solidez y el caudal espiritual del Arenal.

Cuando los vimos por la plaza del Triunfo, imaginábamos sus nazarenos formando en las galerías umbrías de la Maestranza. La cofradía recobra el pulso del barrio cada miércoles Santo, volviéndolo a poner en liza de la vida de la ciudad. Poco a poco, nos pareció intuir como el pueblo se apretaba al paso de la Piedad por el Postigo y más tarde con la Virgen de la Caridad, gracia del Arenal, cuyas calles complementaron este bellísimo simulacro de la Pasión.

Entonces, sentimos esa tenacidad de siglos que vadearon el barrio, el ajetreo y el bullicio de los toneleros y carreteros que comerciaron con las Indias en el Siglo XVI y el reposado trasiego de Cervantes alojado en la calle Bayona.

Por lo demás, la hermandad del Baratillo encarnó, como cada año, el espíritu cofrade de un barrio bullicioso, efervescente, retozón, zaragatero, fusionada con la singularidad regionalista de las hermosas residencias de la calle Adriano y entonces nos acordamos de aquella reflexión de Eugenio Noel: “Sólo Sevilla tiene calles que satisfacen completamente el espíritu, sin saber porqué”.

EL CRISTO DE BURGOS, ESA RELIGIÓN DE PASIÓN Y MUERTE.

La muerte simbolizada en el vigor del Cristo de Juan Bautista Vázquez El Viejo, cruzó por la Semana Santa de Sevilla, como dijera Núñez de Herrera, sin utilidad ni pragmatismo, como un motivo plástico, cuando por la Alfalfa reviró a San Juan y tras verlo pasar se disolvió la muchedumbre sin miedo ni dolor. Era la muerte concebida más allá del temor de un final irremediable y que Sevilla transforma en una obra de arte.

Por eso, como complemento perfecto de esa religión de pasión y muerte, bella y lejana, y centrada más en la capacidad seductora de lo primero que en la preocupación por lo segundo, la visión de Madre de Dios de la Palma al compás de Camino del Calvario de Font se conformaría en la ópera perfecta, en un canto lírico a la sensualidad de la Virgen el que en esa delantera del paso nos sirvió para olvidar el negro asunto de los males que nos aquejan.

Ese paso de palio de Madre de Dios de la Palma, obra de artesanía cofrade sin parangón, mandado con la maestría de Antonio Santiago mirando siempre porque esos varales apenas se inquieten ante el dulcísimo movimiento costalero, conformó ese cénit estético de una tarde-noche que ya nos había venido deparando suculentas dosis de primores cofradieros. Y allí en la plaza ennegrecida, notamos la valentía de las imágenes, casi violenta, de un barroco sin aspavientos, hiperbólico, despertando el letargo sensorial del espectador, hilado desde los deliciosos pentagramas de una banda con la sevillanía de la de Tejera detrás, -y eso significa, a veces, mucho más que el logro de la exquisitez musical- que acometería sin rubores A la memoria de mi padre, Macarena de Cebrián y unas Amarguras, que nos llevarían, como siempre, a besar los fundamentos mismos de la Semana Santa.

ENTRE EL CLASICISMO DE LAS SIETE PALABRAS Y LA FUTILIDAD PROCESIONAL DE LOS PANADEROS.

La noche se consumió con el regreso a casa de las cofradías de las Siete Palabras y Los Panaderos. La primera, en la línea que comentábamos llevada por la Lanzada, refrescó su puesta en escena, paradójicamente, recuperando su estampa más clásica. El cortejo abrevó de la hagiografía cofradiera más íntima y cierta, tanto por el andar de sus pasos como por su acompañamiento musical, el que nos alumbró el descubrimiento de la banda de cornetas y tambores Esencia y el delicioso rosario de marchas interpretadas tras el palio cuyas cuentas fueron derramándose de puerta a puerta de San Vicente. No caben a estas alturas inventos con gaseosa. Nos pareció un lenguaje simple y una idea incontestable.

La segunda, por su parte -ay la segunda- quizás alentada por los fastos de la Coronación y la aventura de Madrid, donde fue objeto de las miradas de toda la Sevilla cofrade, ha convertido su desfile procesional del Miércoles Santo en un intento por expresarse en el mismo lenguaje, con idéntica sintaxis y préstamos conceptuales del acervo de las cofradías de capa de la Madrugá. Y aquello, a día de hoy, no ha resultado, porque la historia de Sevilla y sus cofradías tan sólo le tiene reservados esos privilegios a quienes guardan entre sus cirios y horas tardías de explosiones jubilosas los verdaderos emblemas devocionales de la ciudad. Sevilla es tan sólo de una noche y es en esa noche cuando aparece en la escena universal, porque además en ella es que procesiona el universo en sí mismo.

Por eso, el regreso de los Panaderos más allá de las dos de la mañana se tornó en una brisa de cierta petulancia que orbitó entre el exceso y la agitación. A su paso, la Plaza del Salvador fue de todo menos el lugar que idealizamos en la tarde de vísperas cuando veíamos la rampla dispuesta para que por ella comenzase a discurrir el sueño cumplido. La cofradía de la calle Orfila en su flemático y evitable transitar nos enseñó a todos esa ciudad en la hora bruja, en la súbita llegada del reino de las sombras, en un tiempo en que la ciudad se va a dormir dejando que sus hijos más rebeldes campen a sus anchas convirtiéndolo todo en un monstruoso estercolero y donde ya la Semana Santa en su extensión callejera y sublime no tiene cabida, principalmente por lo que se presenta al día siguiente.

Si se quedó algún cofrade de verdad para contemplar la entrada del palio de la Virgen de Regla –pasadas las cuatro de la mañana- lo hizo bajo el jartible pretexto de que cumpliéndose los peores pronósticos íbamos a una semana santa completa cada dos años.

Nosotros fuimos de los que pensamos que la retirada a tiempo ha sido siempre una victoria y que haber permanecido más allá del cabizbajo y abrumado Montañés hubiese sido sucumbir en una triste vulgaridad con tintes de guerra púnica. Por eso hicimos lo que los compadres de Núñez de Herrera sobre los arenales del Silencio: Vámonos de aquí, que va a ser verdad que el arte ha muerto.

 

 


Publicado por tontodecapirote84 @ 1:25  | Sevilla
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