Domingo, 09 de septiembre de 2012

Estaba todo como siempre. La estampa rumorosa, alicaída, de luces apocadas, notándose en el bisbiseo de la tarde el trasiego de devotos, músicos y enchaquetados cofrades buscando una Catedral que en la mañana de ayer había amanecido de esa forma única en que lo hace cada ocho de Septiembre.

La jornada había ido atesorando a lo largo de las horas esa magia especial, la que al filo de las siete de la tarde se había tornado en una tangible impaciencia por la calle del Císter, allí donde se estableciera la Abadía de Santa Ana de Recoletas Bernardas del Císter en 1617, lamentablemente clausurada hace tres años.

Y efectivamente todo parecía ser lo de siempre aunque en su condición de rito perpetuo, el que inapelablemente rebasa nuestra propia existencia, la procesión de la Victoria también nos sea asiduamente un pasaje nostálgico que nos ofrece esa descarnada visión de la realidad por los que ya no están para verlo. En efecto, ya no estaban Pepe Atencia, al que la Virgen llamó a filas hace ya algunos meses, y tampoco, Jesús Castellanos, al que tuvimos presente en todo momento, sobre todo cuando no vimos atravesar el Patio de los Naranjos al guión de los Dolores del Puente rociado por el gorjeo de los pajarillos.

Sin titubeos, el largo cortejo comenzó a echarse a la calle sobre las siete y media de la tarde, inaugurado, todo hay que decirlo, por un desdichado muestrario de galanes y damas tocados con banda absolutamente fuera de lugar y que comenzaron a desdibujar esa tarde eternamente tan asolerada y que siempre trató de adocenar la procesión según esos moldes clásicos que apenas debieran admitir innovaciones.

A las 8 en punto, por fin, se alinearon los astros sobre la puerta de las Cadenas para rendir pleitesía a la estrella más brillante. Otro año más, la Virgen volvió a irradiar con su jubilosa estampa ese encanto que en forma de hechizo llenó de rubores al respetable, avivando la tarde, y prolongando las últimas horas del verano, el que a partir de ahora empieza a morir a sus plantas. Asombroso fue el instante en que la Victoria cruzó el dintel de la puerta de la Catedral y sobre su figura se desgranaron miles de oraciones en forma de pétalos mientras la Expiración comenzaba a poner compases musicales a tan álgidos instantes, tal y como si la faena hubiera alcanzado su cumbre en la muñeca de Paula cuando era dios en los ruedos el jerezano antes de que los avatares de la vida le desposeyeran del reino.

A partir de ahí la tarde se fue deshaciendo en un repertorio de inacción procesionista, que se fue agravando cuando el público comenzó a emigar a bares y terrazas y el cortejo, tras dejar la Merced, comenzaba a adentrarse en ese barrio del “chupa y tira” que tan bien nos describiera Juan José Palop a través de esa sopa de almejas tan definitoria de su especial encanto.

Por lo demás, como ocurre con el Corpus, la sensación que queda en el paladar cofrade es que la Real Hermandad de la Victoria no ha sabido estar a la altura de una ciudad que después de unos años de ostracismo, le ha recuperado el pulso a las grandes citas y que, con mayor o menor devoción a la Virgen, cumple sobradamente con la llamada de la festividad. Idéntica consideración debe hacerse de la juventud cofrade que sin pereza alguna toma bastones, guiones y desborda de ilusión balcones y varales.

Pero queda, como queda siempre, esa sensación de impotencia por no adivinarse en la procesión de la Patrona de la Ciudad ese acicate definitivo que nos libre de una vez por todas de esa insoportable mediocridad aún salpicada durante estos años de brillantes momentos que no han hecho sino acrecentar la confusión y el desconcierto ante la incierta dirección que parece haber tomado la cofradía.

Al borde de la medianoche volvió a quedar clausurado el ciclo victoriano, tras finalizar una procesión por momentos tediosa, después de una Novena con luces pero también ajada de sombras y que, bajo el escaparate del 525 aniversario de la llegada de la Virgen a la ciudad, había propidicado el acertado acompañamiento en el altar de las imágenes de los Reyes Católicos en actitud orante, aunque el hecho le haya costado sudores a los inquietos de turno por la falta de entusiasmo de la vieja trova victoriana.

Y como quiera que comienza el curso cofrade, con nuevas caras en la Agrupación, con el deseo de la vuelta de una vieja, henchidos de orgullo por el anuncio de la Coronación de esa Novia perpetua que por fin podrá escriturar su enlace matrimonial con la ciudad de sus amores, ahora toca seguir soñando con un pronto despertar del letargo victoriano, olvidando prontamente el sinsabor de una procesión tan menguada, medrosa y encogida como los sones de la banda que la acompañaba, consumida en el recuerdo de tiempos mejores.


Publicado por tontodecapirote84 @ 23:11  | M?laga
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