Martes, 14 de agosto de 2012

Capilla de los Dolores del Puente y el gueto de CanedaMe da miedo leer lo que cuatro años atrás publiqué el que ha sido, hasta hoy, el último artículo de esta serie “la Ciudad de mis días marinos”. Primero, porque ya en 2008 la crisis comenzaba a golpearnos en los bolsillos y hoy, cuatro añazos después, esto no tiene pinta de remontar y, segundo, porque bien podría escribirse la crónica de la feria de 2012 en base a idénticas reflexiones que las que entonces ponía de relieve.

Y me corroe una sensación terrorífica por comprobar atónito como aquello que empezó siendo una primera apreciación aproximada, hoy se haya convertido en una espantosa y asentada realidad, y nadie haya hecho nada por cambiarlo, aunque eso sí, el 2016 ya no pulule en el horizonte. Cuatro años después sigo hasta el gorro del “feria para todos” y es que este lema de ciudad abierta, donde cabe todo y todos, ha sido siempre la falacia sempiterna de esta ciudad. No cabe todo, y a la vista del esperpento de Santo Domingo, tampoco caben todos. Y a la vista está que por estas cosas que se repiten cada año, no estamos todos, porque sencillamente a muchos no nos dejan.

Déjense ya de historias. No debe haber feria para todos. Debe haber feria para que quepa el que quiera aceptar las reglas del juego. Pero para eso tienen ustedes, señores corporativos municipales, que fijarlas de una vez. Pero, de una vez, es de una vez. Basta ya. No caben los que con su incivismo y su mala educación aprovechan “la semana sin ley”, distraída de la feroz crítica con el anuncio de medidas disuasorias de “habilitación de lugares para...”, “control de ventas de bebidas en...”  y otras similares apuntadas desde el Consistorio. Sigue habiendo botellones en las calles, esquinas miccionadas, jardines sucios, y entornos monumentales profanados como la capilla de los Dolores del Puente, rebautizada éstos días como de “Olores del Puente”. Triste guasa.

Explanada de la parroquia de Santo Domingo

Que se hable de una vez clarito del tema en todos los ámbitos. Que digan los políticos que para la feria del Centro lo que “interesa” es que haya decenas de bares de copas abiertos y, por ende, lo que no cautiva es darle a la feria el prisma familiar, peñista, cofrade y, en definitiva, su entronque hogareño.  Así abiertamente. Que lo digan también los neoculturetas a viva voz. Y los medios de comunicación en sus páginas de opinión, que hasta ahora sólo he leído un meritorio artículo apelando al mal gusto del “gueto de Caneda”. ¡Bravo! por Ignacio Castillo. La feria pierde su razón de ser cuando no se concibe como una prolongación del seno doméstico.

Y ahora permítanme que me exprese con nitidez y que mi palabra como ciudadano la tome el que quiera:

Que somos muchos, muchísimos, los que no queremos comercio ambulante de sombreros mexicanos y peluches del Málaga en calle Larios, ni el Andén abierto, ni porteros cobrando entradas, ni niñatos con torso al desnudo saltando en los tablaos despojados de grupos autóctonos, ni feria del Mar, chill out y alternativa hasta las once de la noche en Muelle Uno –que aquí hay que aprovecharlo todo-, ni jaula para fieras, ni encuentro de culturas latinoamericanas en el Parque.

Que son bastantes los que quieren, queremos, una feria cuidada en lo estético –y en su esencia-, que proclame el vigor de la gastronomía malagueña –por ejemplo, con gazpacho, porrita antequerana y frituritas-, acompasada con el baile por sevillanas, rumbitas y el canto de verdiales, y vadeada por los coches de caballo. Que sí, jo-robas, sevillanas y caballos, sin complejos.

Que aun a riesgo de que sean ustedes tachados ignominiosamente como peperos-pijos o prosevillitas (como los otros, que también tuvieron miedo a perder su cariz inequívocamente progresista), la feria tiene que ser con pipí pero de “pipi-rrana” de pulpito, y lucida con trajes de flamenca encajados en los bellos cuerpos de las malagueñas y no en el talle de los mocetones tatuados. Que la deseamos llena de farolillos, y flores bien puestas, con biznagas por doquier, de casas de hermandad abiertas de par en par, del patio del Gaona o del Hogar de Pozos Dulces desparramando jubilosas estampas.

Queremos una feria en el Centro Histórico, pero con el colorido y el desparpajo de una fiesta andaluza. Queremos que envejezcan las tardes de alegría en mostradores de cerveza y veladores, y vuelva a las calles, aunque sea en forzada remembranza, el cenacho colgando en los brazos de los pescadores que con oscuros bombachos iban clamando los versos de Salvador Rueda. 

Por todas una feria en la que corra el vino de las barricas de la Casa el Guardia, o el Pimpi, y no de los surtidores en los estancos o bazares de todo a cien. Y quizás todo ello deba pasar por una fiesta en Septiembre, trazada con pinceladas a óleo de olores a dama de noche, desfile de canónigos y de Novena de la Virgen, patrona que igual debiera ser el norte de nuestros debates.  Vamos la feria de una ciudad de la que uno sólo quiera escapar para recorrer el Parque oliendo a muerte próxima, dirigiéndote a la Malagueta, esa plazoleta de albero y sal, mientras te espera un habano en el bolsillo y un Morante dispuesto a abrir Málaga con su capa.

Así es que si quieren ustedes una feria para todos, de verdad para todos, sean arriesgados y corten de raíz lo que ahora mismo se aventura en las calles del centro, aunque ello no les libre del linchamiento de las hordas locales. Igual así les voten algunos de los miles de malagueños que son literalmente privados de vivir su fiesta en familia en sana diversión por el marasmo de esta fiesta agosteña. Pero sobre todo habrán hecho lo que ustedes creen que es lo que nos merecemos y, lo que es peor, lo que se merecen sus hijos y los nuestros. Sean honestos consigo mismos. A ver si que hay que volver a escribir lo mismo dentro de cuatro años.

Y como dijera el otro: Viva Málaga, u-tópica, o no.

fotos: publicadas en la red social Facebook.com


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