Viernes, 15 de junio de 2012

A media tarde de una jornada de Semana Santa la ciudad convierte sus calles en torrenteras de fe por las que deja de fluir la cotidianeidad y comienza a volcarse el trasiego de una muchedumbre apresurada. Quedan pocos minutos para que se perfeccione la transmutación y se convierta el entramado en un molde común, enfervorecido, alentado de cofradías en marcha.

Es Martes Santo en Málaga y el nazareno lo ve desde su antifaz cuando al abandonar su domicilio, se inyecta en su sistema nervioso, notando como lleva a la boca del pueblo un oxígeno nuevo, dándole ritmo a un pulso vital adormecido. Císter exprime su oro entre turistas agallándose entre naranjos dos altas torres rojinegras. Los niños se arremolinan a su paso pugnando por una atención del nazareno, y parece llegarles al corazón con un pequeño gesto complaciente. Las calles quizás se giren a su marcial paso, los roleos de las verjas catalogan nuevas emociones, y al echar la vista al cielo, nota como se tensa el aire de aromas cofradieros que al cuajar en esa esquina van a permitir la salida de la cofradía.

Cuando la tarde ya no escapa a razones y el suspiro se vuelve inquebrantable, Las Penas comienza a desangrarse en sus peculiares maneras y gestos. Nada parece ya detenerla. Ni siquiera unas impertinentes gotas de agua. Pozos Dulces enmarca la cofradía medieval y austera. Sigue adelante, sin inmutarse, y parece que los clarines de muerte van a disipar prontamente todas las dudas. El Señor de la Agonía se adueña de la calle cruzando un relente de admiraciones. Se atisba desde la revirá su sombra de ciprés recortada, la tensión desgarrada del Hijo que está a punto de encontrarse con el Padre, la perfecta geometría muscular del último denuedo, su desesperada imploración.

Ahora, enderezado el rumbo, mientras cruza estas hermosas y estrechas galerías urbanas, se adivina una estampa magistral pespunteada de cirios ocres, perdiendo todo su sentido la música, la bulla y el aplauso.

El Divino Galileo, se erige esta tarde en el faro de guía del mundo universo, ofreciéndose en cada esquina a corazón abierto, bañándose en un respetuoso océano de expectación y es, a su paso estrecho, recogido, entre balcones, cuando la Semana Santa alcanza su máxima expresión, la de las almas en vilo peleándose por el experimento de las vibraciones más intensas.

Desde el prisma de las sensaciones inexplicables, el nazareno no acierta a cumplir con su cometido. Ruborizado por el color del cielo que se adormece en Cisneros, no es capaz de asimilar los continuos desafíos sensoriales que se va encontrando a su paso.

Fue al llegar a Nueva cuando acertó a despejar la maraña por primera vez y se encontró con la Virgen cara a cara, topándose con una venturosa espuma de gracia y belleza que se había venido gestando al calor de las imaginaciones. Las notas de Nuestra Señora del Patrocinio de Gámez Laserna parecieron ponérnosla ahí, en bandeja de plata, como si hubiéramos cruzado el dintel de una Iglesia o accedido a un patinillo silencioso.

Entre paseos y paseos, el nazareno va encajando los sentimientos en el paisaje que le ofrece la cofradía y empieza a dimensionarla en su propia razón de ser. Es el primer año que tiene esa oportunidad de completar su visión.

No es nada fácil encajarse en la ciudad. Las Penas, como muy pocas cofradías, y a pesar de que haya muchos que la localizan muy lejos de la bella ciudad del paraíso, ha sabido conjugarse perfectamente con la geografía de la Semana Santa de Málaga.

Sabe que la ciudad tiene horas, calles y momentos. La hermandad en su Estación de Penitencia, amén de un profundo trasfondo incorpóreo y trascendental, tiene pleno dominio de ese reloj de los encantos al que sólo la ciudad entrega para quien sabe saborearla.

Primero, sería en la caída de la tarde cuando la cofradía advertiría en el señorío de Larios ese instante para completar la escultural arquitectura de un cortejo desplegado de aromas oficiosos, casi marciales, pero sin caer en el estrépito de los forzados espacios y la manifestación de ególatras con bastón.

Minutos más tarde, al llegar a la Catedral, se tenía que oír la marcha, se tenía que mover el palio de la Virgen de las Penas, y se tenían que fundir los olores para que el nazareno llorase tras el antifaz la perfección de una obra consumada.

Y notaría como tiembla la ciudad al encajarse la cofradía en San Agustín y se mostrase a la bulla esa foto anual de los pasos con el trasfondo de la femeninidad resuelta en la torre de la Catedral, desde donde habría manado ese río iluminado de opulentos valores plásticos.

Al borde de la medianoche, ante la mirada boquiabierta del espigado nazareno, afanoso en el cuidado de su sección, la cofradía venía avanzando entre quicios y balcones y, al llegar la Virgen de las Penas a la confluencia con Méndez Núñez, se restablecería el equilibrio de las luces, asomando la noche cárdena a los pretiles, cuando unas voces al unísono comenzaron a volar y encaramándose al palio, mientras sonaba ese intervalo delgado y pegadizo de Pasan los Campanilleros.

Y el nazareno creyendo volar, entre atriles e inciensos, hasta esa bandada de pájaros gráciles que habían venido a cantarle a la Virgen.

Luego, en Arco de la Cabeza, con la música de Gómez Zarzuela, el alma quedóse definitivamente hecha jirones mientras los muros estrechos hacían paisaje casi conventual a la calle exenta de algaraza. Mas por esta pulcritud cofradiera batía la noche con aires esmerilados, apenas inquietados por los susurros del capataz y la banda acometiendo Virgen de la O de Gardey para conmoverlo y hacer que el paso atravesase una muralla de seda hasta llegar a la Plaza.

Se recogía la hermandad, cerrándose las puertas, y otra vez, por si hubieran sido pocas, los hermanos dirigiéndose nuevamente a la Virgen para rezarle, como si tras haber superado la angostura de la puerta, no se hubiese obtenido la victoria final de la Cofradía. Eso era querer a la Virgen porque sí.

Foto: Pepe López (Salitre 24). http://salitre24.wordpress.com

 

 


Publicado por tontodecapirote84 @ 0:41  | M?laga
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