S?bado, 21 de abril de 2012

 "LA DECISIÓN DE LA PAZ DE NO SALIR DEJÓ SEVILLA CON UN SOBRECOGEDOR VACÍO EN EL CORAZÓN"

Se nos desencajó el rostro y partido el alma cuando al albor del mediodía, dijeron por la tele que la Paz no salía. -¿Qué no sale?-. -Que no chiquillo, que el riesgo es muy grande y va a llover en Sevilla de aquí a nada-. La decisión corría de boca en boca como la pólvora por Río de la Plata y Brasil, calles ateridas por el desconsuelo.

Se había quedado Sevilla con un sobrecogedor vacío en el corazón cuando los pulsos de la memoria comenzaban a transportarla, Parque a través, por ese paseo rígido y ordenado hasta la misma puerta de San Sebastián. La ciudad se había dado de bruces con un portalón cerrado a cal y canto y con el ambiente ennegrecido de porcentajes y vientres de burro. Fue la primera en la frente.

La ciudad no lo esperaba, no lo esperábamos. En un confiar de cabañuelas, aguardábamos darnos de ojos con la blancura nazarena siempre desafiante a la luminosidad chillona del Domingo de Ramos. Probablemente sea en estas horas cuando más duela una lluvia impertinente. En los momentos en que Sevilla realiza sus gestiones primerizas, se viste de rito y se cuaja de reglas. Es que no puede tener más mala sombra el que quedásemos sin ver nacer la Semana Santa por donde tenía que haberlo hecho como un disparadero de aguas serranas.

"LAS PRIMERAS HORAS DE LA TARDE SE CONVIRTIERON EN UN SINAPISMO DE DAME AGUA Y DIME TONTO"

Y como el mediodía estaba metidito en agua, en Molviedro decidieron no mover un paso y con las ilusiones ya rotas por el sopapo del Porvenir, comenzábamos a pedir explicaciones al de Arriba porque era difícil entender cómo después de un invierno tan seco se podía plantar una primavera tan caprichosa y desalentadoramente continuadora de la anterior, llevándonos a volver a sentir esa nervuda resignación que parecimos haber desterrado con la hermandad del Sol bajo una maraña de paraguas junto a la Catedral. Del mal sueño, sin embargo, no habíamos podido despertar.

Seguíamos pendientes de la televisión sin posibilidad hasta entonces de lucir los gemelos, ni enredar el color hermoso de las corbatas nuevas con los trajes de las niñas sevillanas que se cruzan por tu vera hilando sonrisas de estreno para embrearnos de esa añorada litografía de los Domingos de Ramos de siempre. Al menos la hermandad del Amor anunciaría que aplazaba la salida de la Borriquita al horario nocturno de la sección de negro. Y es que todo había comenzado torcido.

Poco después, la AEMET vislumbraba que el tiempo mejoraría pero que estaba terminando de pasar una aguerrida perturbación nubosa con riesgo de chubascos. Y así, la Hiniesta lo intentó junto a la muralla para llenarnos de júbilo escuchar las palabras del hermano mayor llevadas a través de las ondas por El Llamador directamente al corazón de los sevillanos y foráneos ávidos de cofradías. - La Virgen de la Hiniesta va a derramar sus lágrimas por las calles de Sevilla-, exclamó.

Sin embargo, a poco que el maravilloso conjunto del Santísimo Cristo de la Buena Muerte se acercaba al maltrecho arco ojival de San Julián, la lluvia volvía a arreciar con fuerza, obligando a la cofradía a regresar, hirviéndonos la sangre en un sinapismo de toma agua y dime tonto, y dejando una triste estampa de nazarenos blanquiazules empapados por la lluvia y casi sepultados por la marabunta de paraguas abiertos.

La Cena aguardaba paciente desde Los Terceros a que el frente pasara lo antes posible aunque ya no pareciera cuadrarle en el horario. Las nubes ahí seguían, peligrosamente amenazantes, volcando su agua sobre una clepsidra implacable, dejándoles cada vez menos opciones para salir y poder perfumar las calles de aromas y exuberancias quinterianas, primaverales, románticas.

Finalmente, tampoco pudo ser con la hermandad de la Cena en el triunfo de una puerta abierta y una Cruz de Guía rasgando los vientos, al cuadrarse en el reloj las dieciocho horas más tristes del Domingo de Ramos y no haberse terminado de despejar la mente de desvelos y temores. No pudieron, los que la esperaban en la encrucijada de Gerona con Alhóndiga y Sol con Bustos Tavera, tocar la juanramoniana Rosa sedosa y aterciopelada del Subterráneo, ni el cronista pudo alcanzar, ya de noche, la dicha de vivir unos instantes a la orilla de sus pétalos que iban a ser las aceras de la Pila del Pato. Demasiado pronto empezaríamos a contar las cosas que ya nos estaban faltando, a echar de menos los aromas de un color finísimo y a instalarnos en la melancolía de lo que pudo ser y no fue.

"EN TRIANA, SOBRE EL LECHO DEL RÍO, COMENZARON A ABRIRSE PASO LAS LUCES DE SEVILLA"

Pero hasta ahí la frustración. Con retraso y con la tibia luz de un sol mortecino, se inició el Domingo de Ramos en la Ronda Histórica y en Triana, evitándose así que el de 2012 quedase atravesado en el callejero de la ciudad y pasara a la muy negra analería, en una triste sequedad de archivo, de los días inéditos de Semana Santa, por desgracia, cada vez más frecuentes últimamente.

Echados a la calle, cruzamos el Puente de Isabel II buscando capirotes con el ansia con que se abalanza el perro sobre un hueso. Fue allí, en el espacio abierto entre Sevilla y Triana, donde palpamos el renacer de la jornada de las palmas. Con el brioso andar del paso del Señor de las Penas y la sutilidad de la Virgen de la Estrella, se fueron abriendo paso las luces de Sevilla y se fue fragmentando el tejido manto gris cernido sobre el lecho del río. Las nubes se fueron con la cofradía en dirección a la Magdalena y ya sólo quedó sobre el agua un bello lienzo de pinceladas doradas, mientras tras el jardín florido de la Dolorosa trianera se interpretaban las notas de la marcha Virgen de las Aguas para guasa del respetable.      

"CON SU CORTEJO AL COMPLETO, EL AMOR SE DESPARRAMÓ EN CUNA CON LA NATURALIDAD QUE DAN LOS SIGLOS Y LA CERTEZA DEL CAMINO BIEN TRAZADO"                              

Y como no hay mal que por bien no venga, el diezmado Domingo de Ramos permitió al cronista templar su disfrute y aprovechar para paladear oportunamente aquello que la plenitud de hermandades y la escasez de tiempo no lo permite habitualmente. No recordaba cuál fue la última vez que vio al completo –en términos taurinos, de cabo a rabo-, la cofradía del Amor. Y esta vez con la incorporación del paso y el cortejo de la Borriquita, más de una década después.

En Cuna, la hermandad se desparramó y la calle fue dominada por una compacta masa de padres y chiquillos avanzando entre carritos y bolsas de bocadillos. No se notaron las horas, ni la oscuridad cernida sobre los pequeños capirotes. Esbozamos las mismas sonrisas que en aquellos enredillos de mediodía nos habían procurado tan tiernas estampas, y en la angostura urbana, nos asombramos viéndonos reflejados en ese espejo de nuestra niñez que son los pequeños de la Borriquita. Airosos como el Paso del Señor de la Entrada que acompañado por los cascos sin plumas de la banda del Sol se apresuraba a cumplir puntualmente con su cita en La Campana.

La transición al negro se vivió con absoluta naturalidad. Deben ser los siglos y la certeza del camino bien trazado, los que despojan a las hermandades de la necesidad de guardar celo y ortodoxia. No hay contraste más bien cuajado en el alma de Sevilla que el del Amor con sus dos formas bien distintas de entregarse a la ciudad.

El estremecedor Crucificado de Juan de Mesa avanzando acompasadamente mientras su Cruz cimbreaba, -grave, místico, solemne-, fue una de las inquietas y agitadas estampas de la tarde. La luz anaranjada de Cuna, el humeante incienso recortando la figura del Maestro, hizo que el corazón del cronista se encogiera hasta el extremo, acrecentada la sensación de emoción al escuchar el crujir de la madera del canasto dorado y el rápido deslizamiento costalero  que pronto nos haría perderle de vista, esquivando cualquier tentación de parada bulliciosa, ganando la calle y la senda luminosa de sus nazarenos, componiendo en nuestro recuerdo la imagen de un paisaje almenado de geométricas formas precediendo la fugacidad del paso del Señor.

Caída la noche, empezó a hacer frío. Nos abrigamos con el manto de la Virgen del Socorro cuando se clavaba el paso ante nuestros ojos con un golpe seco de martillo y los zancos que se posaban quedamente en los adoquines. No tirarlo valientes. Entonces se iniciaría otra de las liturgias secretas de la Semana Santa: la algarada en torno a un paso de palio detenido. Los costaleros que levantan discretamente los faldones y piden agua. El aguaor que trata de atravesar la bulla pidiendo la venia del respetable. El capataz que conversa con el diputado adivinando en lontananza el discurrir de la cofradía. El tío de la caña que busca un cirio sin encender y trata de atinar con el pabilo travieso. El contraguía que se limpia el sudor con el pañuelo blanco. El maniguetero que se ajusta el antifaz. Sahumerio de ciriales, autoridad del pertiguero, dalmáticas y navetas. Y el cronista que mientras tanto, y como tantos otros, se centraba en admirar el rostro pesaroso de la Virgen, encerrada tras una muralla de luz incandescente y rodeada de vivísimos bouquets de flores sobre las que tantas leyendas podrían escribirse en esta ciudad becqueriana. Entonces, cuando siquiera habíamos podido reparar en su Dolor apenas musitado por su boca entreabierta, nuevamente la llamada del martillo anunciaría que la liturgia se despedía hasta una nueva pará en el camino. Los hombres al levantarla de nuevo al cielo glorioso de la noche y el vámonos de frente del capataz arrancaron nuevamente un nuevo protocolo de sonidos, de crujir de orfebrerías y bambalinas, acabando con el silencio sobrecogido de mirar a la Virgen y terminando con el breve olor a jazmín que sobre la gloria del incienso dominaba. Entonces sonó la música de hasta el año que viene en Cuna: Virgen de los Estudiantes de Abel Moreno.

"GRACIA Y ESPERANZA Y EL BELLO JUGUETEO DE LA BULLA EN UNA CIUDAD DE ARQUITECTURAS EFÍMERAS"

En Boteros y Caballerizas ya estaba San Roque de vuelta a su templo. En la decadencia de un día arrancado de raíz, hubo tiempo para admirar el clasicismo del Nazareno ayudado por el Cirineo junto a la Casa de Pilatos. Por detrás, la Virgen de Gracia y Esperanza, que habita en un paso de palio que condensa a la perfección todos los aromas de un Domingo de Ramos. Porque con los pasos de palio ocurre como con las caras, que todas tienen lo mismo y en el mismo sitio, lo que lleva a preguntarnos cómo es posible que todas sean tan distintas.

Nos arracimamos en torno a sus delicadas plantas. En la bulla, jugueteamos a empujones con esta ciudad de arquitecturas efímeras, de murmullos y admiraciones, nazarenos del último tramo que se volvían a contemplarla, sonriendo en un interludio de placeres inexplicables, cuando las palilleras tronaban sobre los cristales de los bellísimos cierros de Caballerizas. Y en esa emoción que sentimos, ni siquiera los funcionarios de la Policía Nacional pudieron reprimir lo que allí no surgió por inquietud de unos caprichosos con ganas de alboroto, sino que lo hizo de la espontaneidad natural por las ganas de cumplir con una tradición secular, lo que hizo que quedara la situación en nimia anécdota cercana al género de lo absurdo tal y como si el mismo agente hubiese tratado de impedir que alguien tirase un tomate en la fiesta grande de Buñol. -Deben ser de Burgos-, vino a decir uno con toda la guasa al lado de este cronista. Como no podía ser de otra manera, la marcha de Gómez Zarzuela rompería los esquemas y la Virgen acabaría arrollando al pueblo con su belleza y su extrema delicadeza, borrando de la delantera del paso cualquier signo de soberbia.

"A LOS SONES DE MARGOT MATERIALIZAMOS LA COFRADÍA POETIZADA Y AL FÍN PUDIMOS TOCARLA CON LAS MANOS"

La Amargura le debía una a este cronista. O éste le debía una a la Amargura. Le había faltado un instante, un momento, una ocasión para hacerse un hueco definitivo en el firmamento de la hermandad de San Juan de la Palma. Lo había intentado varias veces en este Domingo de correrías. Siempre se había quedado con la exquisita salida que es evangelio puro de Sevilla o con la transición de Villegas, el Salvador o la antesala de Santa Ángela. Pero la perfección ha de ir acompañada de pellizco para que las cosas no se queden sólo en la mera apariencia. Y nuevamente en Cuna, la hermandad de rigoroso blanco de hábito y sandalias, por fin inyectaría al que esto escribe ese soplo tantas veces glosado por el recordado Rafael de Paula en los pliegues de su toreo de capa. Quedó ahí arrumbado en las entrañas mismas del alma, sonando a Margot, y luego a El Cachorro de Gámez, y al paso andando como debe, pero sin correr, haciendo bueno hasta al capataz. Porque la Amargura es posible que sea la idea divinizada de esa Sevilla de cofradías que todos tenemos. Pero lo que ocurrió el Domingo de Ramos fue que casi sin darnos cuenta materializamos una poetizada cofradía para poder tocarla con las manos. Sin más. ¡Ay!

 


Publicado por tontodecapirote84 @ 16:47  | Sevilla
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios