Jueves, 02 de junio de 2011

MOLVIEDRO, A RITMO DE PASACALLES.

El rito se acerca a ritmo de pasacalles. Por Molviedro se perfila el ?ntimo horizonte por el que de una vez por todas comienza a despejarse ese vapor de ensue?o que nos encoge el alma. La calle Zaragoza bulle como no ocurre en otros meridianos. De forma espont?nea, cada uno termina por ocupar su lugar, y al dar la vuelta a la esquina, aparece la Cruz de Gu?a de nuestros sue?os cumplidos, la que va dando forma a ese conjunto de expresiones corp?reas que van naciendo a golpe de impulsos fulgentes.

Jes?s Despojado, Dios hecho hombre en la ciudad, Dios encarnado en el sufrimiento humanizado de un preso que Perea dibuj? en su particular penitencia. Envuelto en una nube de incienso, como cada tarde de claridad gozosa de Domingo de Ramos, apareci? el Misterio que gubiara Ramos Corona y que remata, en la delantera del paso, el soberbio Cristo, infravalorada obra de la Semana Santa contempor?nea. Lo vimos sumido en un andar acompasado, mejorando la impresi?n causada el a?o anterior, luciendo el Se?or potencias de plata sobredorada, como un haz resplandeciente de cimbreantes atributos heter?clitos que elevan su Dignidad a su triple consideraci?n de profeta, sacerdote y rey.

El aire templado e irremisiblemente perfumado de gloria, recog?a pasadas las cuatro de la tarde, los arrullos de la Virgen de los Dolores y Misericordia, custodiada por San Juan, bajo ese palio que va conform?ndose poco a poco a golpe de primaveras y sacrificios. Se han abierto al aire las rosas y los claveles al comp?s de ?Candelaria? de Marviz?n. Se han lanzado al cielo de su techo de palio las primeras miradas de emoci?n y plegarias. Ha pasado el primer paso de palio ante nuestros ojos y nos ha vuelto locos el primer cimbreo de unos candelabros de cola, al tiempo que comprobamos como se marchitan definitivamente las flores de las V?speras.

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LA PAZ Y EL CORAZ?N ATRAVESADO POR UN PU?AL DE BELLEZA.

Despu?s llega la Paz al Arenal y Sevilla comienza a erigirse en una sabia armon?a que se traza sim?trica por los tramos blancos de la hermandad del Porvenir a la altura de la calle Gamazo, mientras franquean el ruido de cacerolas de la taberna de Enrique Becerra.

Trae el Se?or de la Victoria, en una levant? al cielo y el anuncio de marcha de los platillos de la Agrupaci?n de San Benito, esa locura apunto de desbordarse, la flecha de un cupido caprichoso con ciertos aires de Giraldillo apunt?ndole al coraz?n de este cronista, y es entonces cuando la ciudad le pide que se rinda definitivamente a sus encantos est?ticos y es cuando accede, en esa dulce tortura del Misterio avanzando hacia ?l por el adoquinado, para comprender aquello que dijo Cernuda, que quienes se rinden a Sevilla, encuentran en ella m?s gloria pura que ninguna.

De la misma forma que no es hasta que por nuestro lado pasa la Virgen de la Paz, faldones levantados agarrados a las maniguetas, resplandeciente en su g?tico paso arg?nteo, doliente a la vista de su blancura pureza, arremolinadas chaquetas y gafas de sol de sus bullas, vaiv?n aterciopelado de la malla oscurecida de su palio, rictus sudoroso de Antonio Santiago mandando de espaldas, cuando se afianza? el convencimiento de que estamos, sin duda, en Domingo de Ramos. En la trasera de ese palio encajonado entre los verdes arb?reos de Barcelona, ha dejado el cronista las palmas amarillentas, el recuerdo de la ma?ana de las ramitas de olivo y el primer vistazo por la ventana cuando con inusitada impaciencia he tirado del cordel de la persiana. Ha dejado las miradas de los ni?os correteando por el Parque, los m?sicos buscando los primeros destinos, las umbr?as horas previas de quietud y visitas a los templos, de San Juan de la Palma, a la Plaza de Carmen Ben?tez, pasando por el inmemorial testimonio de claveles rosas adornando el canasto de la Borriquita, los palcos dispuestos y el puente de Triana exento de cotidianeidad circulatoria preparado para asumir el papel que Sevilla le ha deparado en el misal de su liturgia esc?nica. Dios ya nos ha abierto el cielo de los gozos.

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BUENA MUERTE SERENA EN LA ALAMEDA.

Volvimos a recuperar este a?o las dos Semanas Santas de la Hiniesta. La Hiniesta del Azul y de la Plata, la de la noche en los callejones y la de la tarde en la Alameda, la de los aires marciales del Crucificado y la de las pizpiretas mecidas de la Dolorosa de Castillo o la de los hachones tiniebla y la de la cera rizada.

Cristo en la Cruz, colgado entre naranjos. Al fondo, las columnas. Comienza la revir? imposible, eterna, confiada a las ?rdenes sordas del capataz. Suena la trompeter?a romana reveladora de un mensaje redentor. Eres Dolor y Muerte pero a la vez belleza y paz. Sobre Trajano, la tarde tambi?n comienza a dejarse la vida. El ocaso se adivina en una calle dormitada por el deslizar medroso del paso de Misterio de la Hiniesta. Las almas parecen rebosar paz y serenidad. En definitiva, pasa la Buena Muerte.

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SAN ROQUE RIVALIZA CON LAS "SETAS".

San Roque atraviesa la Encarnaci?n turbada por el inquietante monstruo sembrado como el legado de un alcalde con aspiraciones fara?nicas, frustrado omega de la Sevilla de los patios, las acacias y las calles recoletas. El cirineo ciudadano ya ha mostrado su voluntad de no seguir soportando el peso de una cruz gobernante demasiado pesada. Pero para el Se?or de las Penas siempre hay manos dispuestas a cargar con el Madero. Porque Jes?s era bondad. As? se adivina en el comportamiento de los nazarenos de San Roque, sujet?ndose el antifaz al rostro, asiendo el pesado cirio mientras la cera ardiendo al caer se acumula sobre los pliegues de las manos, doli?ndonos al alma el fr?o marm?reo del adoquinado de Lara?a cuando los vemos pasar descalzos y de fondo se intuye el redoble inconfundible de tambor de la Centuria.

El Palio de Gracia y Esperanza busca la Carrera Oficial mientras se oye el siseo de los pies de los costaleros al paso por la Iglesia de la Anunciaci?n. La mirada sollozante y conmovida de la Virgen aplaca el estruendo del gent?o, el alborozado tr?nsito del cruce de veredas, Orfila y Cuna. Las notas de ?Esperanza Macarena? recuerdan a la ma?ana del Viernes Santo. Cuaja la banda de Olivares una hermosa interpretaci?n y sigue la Virgen por las calles de la infancia, angustiada, hermosa, joven jud?a desnudada de ilusiones.

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LA LITURGIA DE LA AMARGURA.

La luz crepuscular se enrosca en los pretiles y azoteas de la plaza de San Juan de la Palma. Hemos llegado justo a tiempo. Pocos minutos quedan para que acontezca lo que todos nos sabemos de memoria pero siempre parece distinto. La vida, el Domingo de Ramos, se enhebra con retales que al llegar a la puerta de la Iglesia se rematan y se convierte en un traje que estrenamos entre apretujones y pinganillos. La salida de los pasos de la hermandad de la Amargura se erige en el c?nit de una tarde que explosiona en la liturgia de barrocas formas, hermosas y sevillanas, y que comienzan a desplegarse s?bitamente, dejando sensaciones ef?meras pero que quedan grabadas a fuego en la memoria con exactitud indeleble. Cien a?os de un sello, pero parece toda una vida.

El canasto del Desprecio de Herodes, dorado barco, vuelve a afrontar la calle al comp?s de ?Silencio Blanco?, marcha que el tiempo ya ha dado el rango de marcha cl?sica del g?nero de cornetas y tambores. Villanueva manda darle paso a la trasera, orden que se ha erigido en el eterno sino, intransferible tarjeta de presentaci?n, de un paso de Misterio rotundo? y sobrecogedor, ajeno al donaire festivo de otros pasos, pero con la capacidad de quebrar los mismos rostros hier?ticos.?

La Amargura, enjaezada de gloriosas vestiduras, en su sublime paso de palio, comenz? a salir con el himno que muchos hemos asumido como la banda sonora de nuestras vidas. Al atravesar el dintel, vino a Sevilla, una conjunci?n perfecta para solazarse con el recato de un bullicio que supo callar y admirar tal porte de hermosura, tal estampa contada tantas veces a los sevillanos por padres y abuelos, tal antol?gico grabado que invitaba a los cientos de personas presentes a beberse a chorros, el aire y la liberaci?n del atardecer de la primavera en la plazoleta atravesada por ese primor est?tico.

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SAN LEANDRO, CEN?CULO SEVILLANO.

Con la Cena en Dormitorio y Plaza de San Leandro lleg? para el cronista el descubrimiento de la semana. La hermandad de los Terceros ejerci? en aquella suerte de callejas, oficio de cofrad?a cl?sica, enredada en la picaresca callejera de acechantes esquinas blancas, balcones y peque?os jardincillos. Pareci? ser all?, donde Jes?s reuni? a sus disc?pulos en torno a ese misterioso c?liz donde bendijo el vino que se convertir?a en la Precios?sima Sangre derramada por nosotros. Echado por delante el Misterio pascual, como a las reses en los sorteos toreros, iluminado por unos flamantes candelabros de estreno, comenz? a rumiarse bien el sue?o con tan ping?e muestrario esc?nico. A la oscuridad y la intimidad del Cen?culo sevillano, clandestino lugar de oraci?n y resguardo,? accedi? todo el que quiso respirar inciensos de sevillan?a y palpar el resurgir de la liturgia impartida por el Divino Sacerdote que tallara Sebasti?n Santos, rodeado en aquella noche de innumerables disc?pulos y festoneada de sacra m?sica por los vientos de las Cigarreras, opaca y rotunda, perfilando las rejas, escudos nobiliarios y t?nicas de nazarenos.

Y empecemos a hacerle justicia a esta hermandad que guarda entre Cena y Subterr?neo un tesoro que no debe quedar a remolque del olvido de un Domingo de Ramos saturado de grandezas. Pero miren por d?nde que aqu?l Cristo de la Humildad y Paciencia, peque?o y resignado, caminando bajo silencios abovedados, hace tiempo que puso la pica en el Flandes de la eternidad de la jornada de los gozos.

Por detr?s, tras avanzar entre los muros estrechos de Alh?ndiga y doblando la esquina de Dormitorio, enseguida ya nos dimos de ojos con la Virgen del Subterr?neo, prisionera de la aflicci?n, que ven?a paseando l?grimas y rubores bajo un palio de crom?ticos contrastes: hermoso burdeos incendiado por la luz incandescente de la candeler?a y oscuro morado nocturno de ca?das "ojedianas" concebidas en la gloriosa etapa final del creador macareno.? Al llegar a la Pila del Pato, suena Margot, y vuelve el patero a consumar la perfecci?n en esta noche de encrucijadas de Sevilla, "a velocidad de ?leo", como declarara su amor Carlos Herrera a la ciudad que lo adopt? hace alg?n tiempo. ?Has sentido c?mo yo la ternura que se respira en la plaza aterciopelada por los compases de Turina, las tr?mulas miradas de las monjas dirigidas a ese ?nico hemisferio de hermosura y el silencio cuajado de la multitud arrebatada?

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LA ESTRELLA VUELVE A SEVILLA.

La Estrella ya debe estar saliendo de la Catedral, siguiendo al Se?or de las Penas e iniciando ese recorrido de vuelta al arrabal que comienza a significar el final de una jornada aminorada ya de esencias, cuando destapado el tarro hac?a horas por el Parque, brotaban s?bitamente para hilvanarse de extremo a extremo al paisaje de la ciudad. Pero a?n quedan regueros de vivas llamas de luz que deambulan por las calles para el deleite de los amantes de la primavera, como esa ?ltima puntada de fuego que el nazareno m?s veterano de la hermandad trianera segu?a dando al rostro de la Virgen, a esas horas, junto a los ac?litos, los integrantes de la bulla soberana, y los muchos que por amor a lo suyo, se acercaban a felicitarlo y a darle merecido homenaje. Patrimonio inmaterial de la Humanidad de Sevilla. La Sevilla m?s humana. Detalles como ?stos que son los que hacen Semana Santa.

Tras la ?ltima salida extraordinaria, la Virgen volvi? a Sevilla y rode? en su paso de palio la Catedral con la donosura acostumbrada, mientras los sentidos tomaban partido en el ?xtasis. Por los ojos entr? la "cera riz?" rematando un paso que siempre pareci? estar incompleto. Por el o?do, el inconmensurable trabajo musical de la banda de la Oliva de Salteras que volvi? a bordar con puntadas acertad?simas el sobrevuelo de la Virgen por las cabecitas de los ni?os sevillanos que est?n empezando a aprender las lecciones de la primavera. Volvi? a escucharse en los aleda?os de la capilla de la Pura y Limpia, la marcha "Jes?s de las Penas, una Oraci?n" de Bernal, ?Ay qu? momento entre azahares y claveles, humeantes inciensos emanados de la unci?n religiosa de un pueblo entregado al m?ximo cuidado de la escenificaci?n cofradiera!

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AMOR Y SOCORRO.

Entonces, el Amor volvi? a aparecer en la escena de un Crucificado muerto y un pel?cano que se atraviesa el pecho para dar de comer a sus polluelos. Que nunca falte el amor en la Semana Santa. Y al Socorro, nocturna Dolorosa que cierra el Domingo de Ramos, la vimos entrar en la Catedral entre lamentos f?nebres, penitentes negros, mientras se mor?an los cirios arrastrando el silencio de la calle al interior del Primer Templo de la ciudad. La Virgen cruz? el dintel de la puerta de San Miguel a un ritmo sostenido, afelpado, buscando con urgencia la quietud amurallada, dejando atr?s el inc?modo crujir de las sillas que se comienzan a agolpar en las aceras diluidas de p?blico.

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?NTIMO EP?LOGO EN SAN JULI?N.

Y quedaba la Hiniesta en los laber?nticos callejones para epilogar un inolvidable Domingo de Ramos. Entonces, hallado en la fachada lateral del Convento de Santa Clara, sentimos algo parecido a lo que escribiera Joseph Peyr?, que a menudo nos damos de bruces con los pasos, los dejamos y los volvemos a reconocer de nuevo al final de itinerarios perdidos por tantas traves?as oscuras, encontrando, con un inexplicable placer, su deslumbramiento en una encrucijada. Entonces s?lo quedaba la opci?n de seguir, absorbidos por el poder de su encantamiento, el ?ntimo y exultante regreso de la Virgen de la Hiniesta hasta el arco ojival de San Juli?n.

Y as?, con el maestro Ariza en el recuerdo, la Virgen comenz? a serpentear marcha tras marcha, saeta tras saeta, petalada tras petalada, un endiablado entramado callejero que parec?a no tener fin. Entonces en una de esas imposibles "revir?s", con las miradas pintando de emoci?n un cuadro del paso sorteando los hierros forjados de los balcones y anaranjando la cal de las paredes, volvi? a nosotros la Semana Santa de otro tiempo, la naturalidad al rito, despojado frecuentemente por la acusada b?squeda de la excelencia. Y quiz?s no se escogi? la mejor marcha para aquella esquina, aunque para muchos fue la perfecta para completar un contexto que quiz?s lo demandaba. "Hermanos Costaleros" ?de Abel Moreno. Entonces la mujer suspir? entre las rejas.


Publicado por tontodecapirote84 @ 18:14  | Sevilla
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