Lunes, 11 de enero de 2010

Resulta que es casi siempre durante los tiempos de paz y armonía cuando se mueren los grandes. Ha ocurrido como en aquella navidad de 2002 cuando en una nochevieja se nos iba otro de los inmensos maestros que ha dejado el siglo veinte en esto de las artes cofradieras.

Es curioso como se van las vidas más ajetreadas justo cuando llegan las horas de entregarse al descanso y al amor de los suyos. Se nos han ido en uno de esos pocos momentos en que quedaban postradas en el cajetín, las herramientas, y los suelos sin barrer aún llenos de serrín, ajenos a cualquier lance hogareño.

Como Manuel, Antonio se ha ido de forma discreta y en la inmediatez de un golpe de gubia. Aunque dicen que llevaba tres años retirado.

En los últimos años de su vida se quejaba, como tantos otros, de la desvirtuación del oficio. Entendía, desde su adquirida sabiduría, que el mundo de la talla estaba ganando en celeridad procedimental pero perdiendo en calidad y resultado, haciendo buena esa máxima de que cualquier tiempo pasado era mejor, tan oportuna a veces en el mundo artesanal.

Como a Guzmán Bejarano, San Pedro ha llamado a filas a Antonio Martín aún cuando muchos percibíamos que aún no había finalizado su inventario vital, desde el convencimiento propio de que aún era posible que tuviera la intención de parir alguna obra más para el deleite colectivo. No obstante, inconcluso o no, se va dejando un legado formidable forjado en un estilo inconfundible que ha quedado lacrado en las volutas de la memoria con una estampilla indeleble.

Mi vida cofrade, como la de otros muchos, se ha ido dibujando con los retazos de la obra de Martín Fernández. Aunque pocas veces le vimos la cara, su nombre había estado siempre reflejado en los librillos de Cuaresma cuyos datos devorábamos aquellos inquietos niños en los primeros desvelos cofradieros. Ya en aquellos infantiles años le vimos acabar de tallar con el frío de la mañana el paso de misterio de la Yedra de Jerez en las Angustias o el del Cristo del Perdón bajando por la calle Cruces.

Más tarde, Martín Fernández ha estado presente en la adolescencia de las matinales en los templos cuando buscábamos los primeros pasos montados y podíamos reparar mejor en las hojarascas y los detalles frutales que tanto se nos escapaban en la calle con el andar largo de los costaleros, el roce con las cornisas de los balcones y la plasticidad de los misterios.

Y está y ha estado, más que nunca, en la juventud de los que como el que suscribe, nos metemos cada año bajo unas andas de su factura, bendito marco de oro refulgente, testimonio del mismo amor con que rezamos a nuestra Imagen más querida así como en la multitud de viajes a ciudades donde sus manos han dejado trabajos de envergadura. San Benito, Cigarreras o el Tiro de Línea en Sevilla o más recientemente, el paso del Huerto de Granada por las intrincadas calles del Realejo.

Antonio Martín ha dejado mucho más que fabulosas obras desde el punto de vista del dominio técnico. Ha dejado una verdadera lección popular de historia del Arte. Una enciclopedia callejera con la que hemos aprendido a identificar la magnificencia del barroco. Sus pasos eran un vehículo pedagógico excepcional sobre el que habíamos podido aprender las cuatro líneas maestras del bosquejo a través de las cuales admirábamos paradójicamente sus infinitos detalles perdidos en la precisión y riqueza de su atildada gubia. Arte por y para el pueblo, sin por ello desmerecer los cánones de la ciencia intransigente.

Probablemente su marcha ya estaba hablada con la Blanca Paloma a la que tuvo el privilegio de construirle un templo dorado dentro otro templo. Miren qué osadía. Y desde allí, desde aquel andamio al que se subía un ya octogenario artista, le fue fijado un destino que no era otro que el de morar eternamente muy cerquita de sus varales. En un lugar reservado para los grandes, que son los que cuanto más exigente eran las empresas que se les presentaban con más amor y nobleza las afrontaban. Y él seguramente ni se lo había pedido. Quizás solo le rogó fuerzas para acabar una obra que ya se había extendido sobrehumanamente durante casi dos décadas.

No nos quepa duda de que la vida seguirá discurriendo por una inexorable línea de alta velocidad. Algunos cuando pasemos caeremos en el olvido sin remedio, a otros como Antonio Martín será imposible olvidarlos. Su figura seguirá presente en los izquierdos del Pilatos en la Alfalfa, en la capilla malagueña de calle Agua cuando salga el Rescate, en la Plazuela jerezana cuando brille el sol mañanero en el canasto  de una injusta Sentencia o en los doce minutos del Señor de la Salud en la Campana a la voz de un afónico capataz. Lo que quiere decir que aunque Antonio Martín ya no esté, nuestras vidas cofrades seguirán esbozándose desde el corralón de la calle Castellar al rítmico golpe de una gubia cuando ahora seamos nosotros los que llevemos a nuestros hijos a ver sus pasos montados y se los expliquemos. Sus obras serán su herencia imperecedera. Ellas permanecerán y nosotros acabaremos pasando. Privilegios de genio.

 


Publicado por tontodecapirote84 @ 19:05  | Sevilla
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