Domingo, 13 de diciembre de 2009

AMPARO Y REINA DE TODOS LOS SANTOS, EPÍLOGO BRILLANTE

Escribo mientras truenan los petarditos de los puestos del Parque que son arrojados estos días por decenas de niños bajo la condescendencia paterna, conformando esa estruendosa sinfonía, tan autóctona y desagradable, que me impide una necesaria concentración ante la ardua empresa de relatar la penúltima experiencia cofradiera del año corriente, una que trataba de Glorias señeras, Amparo y Todos los Santos, en la noche cerrada de un Domingo de primeros fríos y últimas ceras. De primeros constipados y de últimas marchas, de primeras castañas y de costales a extinguir.

 Iba bajando la calle San Eloy con la pituitaria entumecida por el bajón del mercurio. Mi estómago me había venido pidiendo alimento desde que salí de casa e intensificó su demanda al intuir los efluvios cercanos provenientes del Patio de San Eloy. Como casi siempre, dejé lo de comer para más tarde y me dirigí apresuradamente al encuentro con la esbelta Virgen del Amparo, que ya estaba encarando el Hotel Colón, de vuelta a la Magdalena.

Desde el primer contacto tomé conciencia de que estaba ante una realidad parcialmente distinta a las que había venido observando en los anteriores desfiles de las corporaciones letíficas. El ambiente era diferente, más distinguido, selecto, si se quiere, sin que de ésta apreciación pueda extraerse matiz peyorativo alguno. Entonces empecé a comprender que aquella no sería una más para el saco de las nuevos descubrimientos.

Volvía a sorprenderme Sevilla con su riqueza de matices. En aquella calle Canalejas, mientras sonaba “Victoria Dolorosa” no tuve más remedio que asumir una nueva situación de desconcierto. Como tantas otras veces me había pasado con la ciudad de las luces eternas. En las Glorias de Sevilla también hay mágicos contrastes. Y esta devoción mariana estaba siendo sugestivamente diferente a las demás. Fue como aquella vez que vi la Esperanza cruzar la frontera de la Magdalena con “La Madrugá” de Abel Moreno con un silencio inquietante o como aquella primera vez que me emocioné con el gracioso penduleo de los bordados de Leopoldo Padilla del Palio de la Paz. Desconcertante todo, para el que guiado por los tópicos iniciales, pretendía enamorarse con la marcha de Albero entre gritos de ¡guapa! y el Domingo de Ramos, con la Estrella en el puente y la Amargura saliendo.

Me aposté delante de su paso y me dejé llevar. Traté de acariciar su gesto con la mirada y la acompasé con el movimiento pizpireto de sus costaleros. Sobriedad, solemnidad, exquisitez, finura, recato, elegancia, seriedad, severidad y exactitud. Calificativos que nunca habría sospechado que hubieran podido entroncarse con tanta perfección y coherencia en la procesión de una Imagen letífica. Así lo atestiguaba la banda de las Cigarreras que interpretaba, acto seguido, magníficamente las marchas “Soleá dame la mano” y “Quita Angustia”. Con el Amparo quedaron despejadas todas mis dudas y Sevilla volvió, pese a la ya adquirida veteranía, a despojarme de unos cuantas vulgaridades adquiridas por inercia.

El acto segundo de los gozos de un domingo de octava de los Santos se desarrolló en la feligresía de la calle Anchalaferia, cerca de casa. Su patrona, la Reina de Omnium Sanctorum se había puesto en la calle dispuesta a seguir enamorando a todo el que la contemplara. Muy poca sensibilidad hay que respirar para no fijarse y detenerse con admiración en la enjundia y el detalle del rostro de la Virgen que tallara el flamenco Roque Balduque en 1554.

Bajando la calle Amargura y a continuación, rodeando el perímetro del Mercado de la Feria, fue ingente el bullir de personas que se arremolinaron antes sus características andas. No era para menos.

Con las dulces melodías de la banda de Tejera, las exactas órdenes de Antonio Santiago, el humeante fragor del incienso, el murmullo justo del personal, la rectitud de los ciriales y el orden del cortejo, no fue difícil abstraerse por un momento de todo aquello que no fuera el rigor y el valor del instante. Había que admirar la gracia y el acierto del proyecto iconográfico del paso. Rico y fascinante. Hubo tiempo de admirar el ideario que se debió muy probablemente a Duque Cornejo y a Benito Hita del Castillo y hube de explicar a mi acompañante la presencia original de los Santos datados en la segunda mitad del Siglo XVIII. Sobre las once de la noche, entraba de nuevo en el templo cruzando la histórica ojiva, después de que sonaran “Pasa la Virgen Macarena” y “Reina de todos los Santos”.

 

 

 


Publicado por tontodecapirote84 @ 14:18  | Sevilla
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios