Lunes, 27 de octubre de 2008

Desde su púlpito callejero el buen Obispo San Julián derramó un mar de lágrimas que a punto estuvo de dar al traste con una jornada emotiva y sincera. La tarde estaba pinturera. Y de la misma forma que las nubes titubeaban y revoltosas jugueteaban por el cielo malagueño, los hermanos de las Penas iban accediendo con indecisión y nerviosismo al patio del viejo Hospital donde ya cuelgan los paneles de su futuro e incierto destino.

Fue como rememorar los recientes Martes Santo en los que el destino ha querido jugar un poco con las ilusiones cofradieras, alguna de ellas condenada irremisiblemente a la decepción como la de 2003 y otras superadas con paciencia y no pocas esperas. Pero esta vez no hubo dudas. Quizás porque con la determinación con que se han realizado las cosas, la firmeza con la que se han tachado días al calendario y la celeridad con que se han sumado puntos al casillero de los objetivos cumplidos, unas cuantas nubes peleonas en el cielo no iban a ser ahora ese último impedimento para que se vieran cumplidos los últimos sueños y se echase el cerrojazo definitivo a los anhelos imposibles.

Por eso, lo que tantas otras veces fue objeto de mil miradas y desvelos, esta vez no fue ni siquiera una simple anécdota a pesar de que en el piso había charcos que revelaban incertidumbre.

Con puntualidad británica, se abrieron por última vez los portones de San Julián y también por última vez penetraron los tímidos rayos del sol otoñal en la nave principal del templo con la hermandad lista para iniciar una estación de penitencia eterna cuya recogida no verán, esperemos, ni nuestros hijos ni nuestros nietos. Se equivocaban los que ayer juzgaban los derroteros estéticos de un traslado extraordinario. Quizás todos incurrimos en un error al devaluar la esencia de una procesión que fue el comienzo de una nueva etapa, ni más ni menos, de cómo mínimo setenta y cuatro años más. Y por eso también todos nos vimos sorprendidos por los resultados inesperados y el impacto colosal que la venerable hermandad causó en la calle.

Más incluso, y aun a riesgo de incurrir en una exageración, que en los fastos procesioneros de la Realeza de 2004 o el XXV Aniversario de la hechura del Señor en el año 1998.

Antes de que las dichosas e inesperadas lágrimas de San Julián abrieran un pequeño y olvidado paréntesis, a la cofradía le dio tiempo en apenas cincuenta metros a dar una lección maestra de torería cofrade, término no se extrañen, está bien empleado por cuanto Zabala de la Serna lo definió como lindeza, majeza, fragilidad, señorío, sentimiento, gallardía, elegancia, naturalidad y gesto, lo que en definitiva es esa esencia tan imposible de definir, tan fácil de distinguir y tan difícil de ver.

El Señor de la Agonía dirigiéndose al exterior con la marcha que le compusiera Abel Moreno recordó tiempos en los que la Imagen era besada con melodías dulces que le aportaban ese aire perdido de solemnidad sugerente. Hoy con el acompañamiento de las cornetas y tambores, el Señor sigue imponiéndose poderoso con otra brisa, más de cohorte romana. Se fue a la calle con unas andas que sorprendieron positivamente por lo meritorio de su aderezo. En posición semi-horizontal, el Crucificado de la Agonía estuvo mas cerca que nunca de su pueblo, rodeado de cuatro elegantes fanales mientras "Jesús de las Penas" de Pantión ponía banda sonora a los primeros pasos de la Imagen por la feligresía.

Por si alguien dudó alguna vez del apego de la Reina y Madre de las Penas, que siempre lo ha sido, dijera lo que dijera el título canónico, a la iglesia de San Julián sólo tuvo que presenciar la salida por dos veces de la Virgen desde su interior por mor del consabido e inesperado chubasco. Pero antes de ello, con unas "Amarguras" sublimes, la Virgen sin su palio se situó bajo el dintel de la puerta a la espera de que sus portadores hiciesen el trabajo oportuno para sacarla. Superados los obstáculos se levantó al cielo casi desde el suelo en una levantá cargada de simbolismo y fuerza, sobrada de entrega y amor.

Y en ese preciso instante fue cuando quedó sellada para siempre esa comunión firme e inquebrantable entre el pueblo de Málaga y la Virgen de las Penas, extremo que se confirmó en pocos metros cuando se sucedían las salvas de aplausos, entreveradas con saetas, marchas a violín y pasos al frente. Se ha tenido que esperar cuarenta y dos años para que la cofradía lacrase esos lazos invisibles con ese gentío que nunca le ha dado la espalda a pesar de algunos intentos de desvirtuarlos en vano y además luciese como nunca en una calle que nunca ha podido ver a la hermandad salir en todo su esplendor con todo el cortejo desplegado.

Con la noche ya cerrada y con un frescor agradable tras la tormenta, la corporación se dirigió hacia su nuevo Oratorio en Pozos Dulces por Comedias y Santa Lucía dejando atrás la Parroquia de los Santos Mártires que sirvió de cobijo al Señor durante una hora tras un breve resguardo bajo el voladizo del aparcamiento de la Plaza de Jesús de la Pasión.

La Dolorosa iba sobriamente vestida y cubierta por un manto de tisú a estrenar. Se dispuso en una peana cedida por la Archicofradía del Paso y la Esperanza lo que de alguna manera mejoró su visión, situándose su rostro en el vértice de un bello triángulo aderezado con velas rizás dotándose así de proporción a la estampa. Sin embargo no escapó a la vista de los presentes que un trono malagueño "de palio", sin el palio, se hace demasiado grande y resulta complicado cubrir los espacios con garantías.

Sin que apenas reparáramos en el tiempo que ya se había empleado en recorrer buena parte del centro neurálgico de la ciudad, la comitiva recorrió el que será su itinerario de ida en la próxima Semana Santa. Los vecinos de las calles Fajardo, Compañía o Pozos Dulces pudieron sentir por primera vez la cercanía de las imágenes titulares y pocos pudieron resistirse a musitar siquiera una oración o hacer el ademán de santiguarse.

Mientras el Señor entraba definitivamente en su nueva Casa con los sones clásicos que interpretaron unos músicos llamados por la devoción y el cariño al Santísimo Cristo, aun faltaron algunos momentos de tremenda emoción con el trono de la Virgen, el cual tuvo ciertas dificultades para superar el primer tramo de la calle Pozos Dulces debido a la presencia de un inoportuno andamio. Cuando los obstáculos fueron superados sonaron "Valle de Sevilla" y "Virgen de la Palma", notas que llevaron el volandas a la Dolorosa de Antonio Eslava a la que es ya su plazuela Virgen de las Penas.

Y así, con la misma gracia con la que se había echado a la calle hasta por dos veces, continuó su itinerario camino de infinitas catedrales y de eternas recogidas, buscando el amor de su pueblo y entonando con gallardía su nombre propio. Alzándose con vigor y ofreciendo su mano a los desvalidos. Dando luz a nuestro camino como un farol de cruz de guía. Agradeciendo a sus hijos el amor mostrado. Todo acabó en el interior del templo con un profundo "Salve Regina" que salió desde lo mas hondo del corazón. O todo empezó quien sabe. Porque es que todo esto, ciertamente, no ha hecho más que empezar.


Tags: Penas Málaga, traslado

Publicado por tontodecapirote84 @ 22:26  | M?laga
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