domingo, 13 de noviembre de 2011

UN TRASLADO CON CONTRATIEMPOS

La ciudad estaba vacía, como de costumbre a estas horas. Paseaba por el Parque con la ansiosa inquietud de un niño a la espera de darse de bruces con las primeras gotas de cera o con los cabezudos de la cabalgata. La luz se estiraba hasta que quedó la ciudad desmadejada de rumores e impaciencias. La Virgen de los Dolores, alzada al cielo de la plaza se hacía flor abierta en el claroscuro jardín otoñal de la Plaza de Don Enrique Navarro. Pasadas las ocho de la mañana, se echó a la calle con la intención de aplacar el tenue dolor de la memoria. Veinticinco años de la Coronación Canónica.

Doblamos el amanecer buscando por Vendeja la caricia procesional de una calle hasta entonces exenta de perfumes cofradieros. Y llegó el primer revés. La amenaza de precipitaciones fuerza al cortejo a desviarse y a dirigirse a la Catedral por el camino más corto sin poder derramarse a su gusto. La circulación de la Alameda y el tráfago de autobuses reducen a la mínima expresión el planteamiento inicialmente solemne y casi ceremonioso de una corporación que comienza a hundirse en un pozo de descuidos y desaciertos. Muy al contrario de lo que ocurre cada Miércoles Santo donde la Archicofradía y el paisaje urbano de la Alameda se funden en un preciso y hermoso paramento.

Ya en Nueva, la atmósfera rescató a la Hermandad de sus propias sombras, recuperándose la visión frágil y cercana de la Virgen, el profundo Dolor, la aflicción incontenible, el desconsuelo palpable en el rostro amargo de la Madre de Dios, desgarrada por la muerte del Hijo.

Al borde de las once de la mañana, tras un paseo ciertamente esquivo, se consumaba el traslado en el pináculo estético de la Catedral y fue entonces cuando la Virgen, por si sola, quebró los cánones de la hermosura, al cruzar el patio de las Cadenas, anudándose al trasluz el convencimiento de que el paso cada vez más consolidado de las cofradías malagueñas por este enclave, no hace si no refutar la teoría de que más tarde o más temprano, el primer templo de la ciudad se va a convertir en el epicentro abrumadoramente preciso de la Semana Santa quieran o no los curas y los hermanos mayores. Fue la estampa del día.

EL PUEBLO LE GANA LA PARTIDA A LA HERMANDAD.

Allá por 1978, Eslava abrió suavemente las manos a la Virgen de los Dolores para que pudiera de una vez por todas liberarse y desatar su amor al pueblo. Cayeron las últimas luces atravesando las cristaleras de la casa hermandad de los Estudiantes. Hasta allí se había dirigido al mediodía la comitiva expiracionista para salir con el trono procesional más loado de la capital. Omega de la Semana Santa andaluza. Y debatan sobre el Alfa. Quien no quiera verlo que se tape los ojos.

Salió la Virgen, tras un pequeño desconcierto inicial en cuanto al orden del cortejo y la situación de la banda de cornetas y tambores que se cuadró finalmente tras la Cruz de Guía con la marcha que al Señor de San Pedro le compusiera Alberto Escámez. Se desató el delirio en las faldas de la Alcazaba cuando las notas de la marcha de Artola se arracimaron sobre el manto y las trémulas miradas de los espectadores se comenzaron a enhebrar en los bordados del palio de doña Esperanza Elena.

Miramos el conjunto, soberbio, exquisito. Escapaba a la razón y a los postulados de la orfebrería tradicional. A la ortodoxia de la filigrana y la rectitud visual del paso de palio aunque al tiempo que se separaba también de la tosquedad y el  atrevimiento granadino de Luis de Vicente quizás resolviendo en esa catedral andante el arcano estilístico de la Semana Santa malagueña.

Por Císter, la Virgen fue en volandas en su tabernáculo argénteo, como perfecto eje de simetría, quedando los presentes aleccionados sobre la medida que a las cosas inexorablemente hemos de dar. Y entonces sonó “María Santísima de las Penas” de Pantión en el declive de una tarde ciertamente distinta donde muchos adolescentes debieron percatarse a dónde Málaga fue a encontrar su personal modo de pasear a la Santísima Virgen, más allá de nuevas tendencias costaleras espoleadas desde las entrañas de los tronos. Poco después, a la altura de la Plaza del Siglo, la Virgen se encontró a la ciudad jubilosa para incredulidad de los sobrecogidos Merino, Alonso y Ruiz del Portal, por la muestra de amor y cariño de miles de devotos y les recordase, como a aquéllos que andaron, medalla al cuello por fuera del cortejo, el misterio del Amor y aquello del pelícano y los polluelos.

Pero debimos creer que todo iba ser maravilloso cuando las bambalinas del palio oscilaban osadamente por la Plaza de la Constitución al puntual sonar de la marcha que Artola le dedicara a la Esperanza por su Coronación Canónica y de cuyo aniversario no andamos lejos. Si la ciudad señorial de casas novecentistas nos estaba dando el lujo del disfrute jubiloso del caminar gustoso de la Virgen, el paladeo antiguo de las vías estrechas, el escalofriante instante de un diluvio colosal de pétalos por la calle Sagasta y el íntimo y claustral canto de las hermanas de la Cruz; nuevamente la Alameda, y posteriormente, el puente y el Perchel antiguo nos deparó el presenciar del innecesario decaimiento definitivo de la cofradía en la calle, en extremo relajada y poco previsora, ante la segura belleza, estática y perenne de su Virgen y del trono que la enjoya.

Una pena. A nuestro alrededor el éter cofradiero se había diluido quedando tan sólo el estrepitoso discurrir de una hermandad dinamitada por la nula planificación y el escaso savoir faire de sus poco instruidos y reciclados dirigentes. A pesar de que muchos reclamaron dos turnos de hombres de trono para evitar la más que segura merma física, la junta de gobierno hizo caso omiso, al igual que no confió en la confección de una cruceta musical acorde y apropiada a la entidad de la hermandad que preside, quedando finalmente mutilada en su mayor parte, hastiando la banda al personal con la insistente repetición de marchas cascabeleras como Amparo de Molero que debería estar vetada eternamente en algunas corporaciones de cierto corte.

Total que lo que en principio iba a ser una procesión por la que la ciudad y la hermandad iban a reconocerle a la Virgen de los Dolores la perpetuidad de su belleza, el conmovedor giro de su rostro, la pesadumbre expresada en sus labios, un misterio de Dolor que acuna en su corazón, se convirtió en una extensa salida a la que le sobró buena parte del recorrido, que generó malestar incluso en la cofradía del Carmen, porque se notó y de qué manera que la visita resultó forzada y que dejó en propios y extraños la sensación de que todo pudo resultar perfecto y que, por culpa de aspectos perfectamente evitables, se quedó en un evento mediocre, salvado una vez más, por el legado patrimonial tan magnífico que alguien tuvo a bien poner al servicio de la cofradía, quedando el aspecto procesional relegado a un inmerecido segundo plano.

Lo de la calle Ancha, momento anhelado por todos, décadas sin pasar por allí, fue lo más parecido a la pájara ciclista de Miguelón en Les Arcs. Provocó exasperación y desesperación en los que buscábamos la excelencia siempre presumida a la cofradía de San Pedro. Ante tal vicisitud, el intento por levantar el ánimo de los decaídos portadores tan sólo sirvió para convertir la procesión en un circo tan innecesario como calamitoso que además contó con el aderezo cantillanero que parece haber llegado a la ciudad en forma de vocerío desagradable e irrespetuoso.

Tristemente la Expiración no pudo culminar su gran obra. El pueblo y la ciudad, por una vez, estuvieron muy por encima quedando la sensación de que la Virgen acababa de recorrer la ciudad  y no habíamos podido disfrutar de toda su dulzura 


Publicado por tontodecapirote84 @ 2:28  | Málaga
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios