Algunas calles da gloria verlas cuando la vida pasa por ellas. Y por algunas pasa muy de vez en cuando. Son calles que se pronuncian con intimidad y ternura y al pasearlas, buscando su recodo, su cierro abierto de par en par, parecen colmarse de celosa vistosidad y gentil porte. Pozos Dulces, otrora vía de suciedad y abandono, ahora es una de esas céntricas calles que gusta tocar con los dedos para que alcance al alma la estrechez y se escuche algún rumor de cerraduras cuando algún vecino asoma al zaguán a esperar la cofradía y los más tempraneros comienzan a ocupar portales y rejas de ventana, antesala gustosa de la impaciencia.
Estaba Pozos Dulces como siempre. Que en realidad son pocos años, pero no lo parece. Y como el año pasado, sobre las cuatro de la tarde, la franqueaba un olor a guiso tardío, un alborotado racimo de globos y el discurrir apresurado de un carro de chucherías, pues no hay más firme señal de la inmediata Cruz de Guía que la presencia de un carro de golosinas, mucho más que la que sea de un nazareno por el camino más corto o una banda arribando en pasacalles.
Pero no estaba de Dios, que lo de siempre fuera a durar todo el Martes Santo. De hecho, intuíamos, ya desde el medio día, que allí arriba, en la bóveda celeste, se tramaba un juego macabro de crueles nubarrones que eligieron un mal momento para encajarse en ese impertinente puzzle que vino a solazarse con la cofradía dispuesta, en la calle y sin posibilidad de apostar por la cautela o la espera.
Eran las 17 horas y 51 minutos de la tarde, con el Señor de la Agonía en la calle y la Virgen de las Penas a punto de nacer nuevamente a la ciudad, cuando el castigo inicuo de esta Semana Santa, clausuró anticipadamente las notas mansamente glosadas de este cronista que vió como su inquietud anual quedaba oscurecida súbitamente y de él se apoderaba un inusitado desconcierto por cuanto siempre había sentido la lluvia como algo ocasionalmente desafortunado, y comenzaba a parecerle como un desagradable presagio de la más negra historia cofradiera jamás contada.
Y no hubo mucho más que decir, ni que rebatir. Cuando las puertas se cerraron, aquello ya no tuvo solución. Y todos los sabíamos. Incluso aquellos que en su comprensible negativa a la resignación, buscaron una opción alternativa, totalmente a destiempo, y francamente contraria al espíritu penitencial y estético de la Corporación, a la que siempre hemos querido poner entre laureles cofradieros.
Por eso quizás algunos, pero sólo unos pocos, no entendimos la necesidad de demorar en una hora una reflexión inútil, y no comprendimos una votación intrascendente, cuando no cabía rebatir una decisión ya cimentada desde la fijeza con que la hermandad se ha sostenido a través de los tiempos, con la perseverancia de los mármoles. Fue Paco Calderón pero bien pudo ser otro hermano mayor el que hubo de resignarse y poner cara a una resolución más que presumible. Ha costado muchos años construir el ser de la Hermandad de Las Penas para que el edificio se pudiera derrumbar en pocos minutos. Por eso la decisión realmente fue tomando cuerpo sola, creciendo en un palpitar arrítmico en el corazón de los hermanos desde primeras horas de la tarde, ratificándose poco después conforme la intensidad de la lluvia fue acrecentando el peligro de pérdida, haciéndose cada vez más difícil el poder soportar el peso de un bagaje imposible de ignorar, sensaciones que fueron calando en quienes son sus albaceas legítimos, y a los que no hubiéramos dispensado de la asunción de responsabilidades en caso de fracasar la aventura.
El que quiso estar con la hermandad por encima de las personas, comprendió, no sin sentir una natural sensación de rabia e impotencia, desde la certeza de un corazón puesto en las alturas alcanzadas, que no volver a salir realmente supuso una de las decisiones más maduras de los últimos tiempos, quizás la más equilibrada, tomada en un contexto de presiones intensas y en presencia de buitres deseosos de devorar la carroña resultante. No es nada fácil esquivar las tentaciones y los primarios instintos de quienes no entenderán jamás el universo cofradiero de la hermandad de las Penas a pesar de llevar mucho tiempo perteneciendo a él.
Con el Martes Santo recuperado, tras la sorpresa negativa de la jornada, a las Penas sólo le quedó recibir a los cientos de fieles y curiosos que fueron a contemplar los encantos de una corporación que tras el histrionismo interno volvió al silencio impenetrable y dejó izadas en sus balcones las banderas de la medida y la exquisitez.
Entonces, sin la cofradía haciendo suya la calle, Pozos Dulces quedó sin vida nuevamente, sin el rumor de la gente apostada sobre sus paredes, sin el carrito de golosinas abriendo comitivas y sin el manto de flores, guiño a la Jornada Mundial de la Juventud, que este año no pudo ofrecer esos aromas sueltos del Parque que tantos malagueños hubiesen querido ahogar con brío, apretándolos, estrujándolos, sintiéndolos suyos con la Virgen de las Penas avanzando a compás con una marcha de Pedro Morales. Realmente fue una lástima, pero no pudo ser.