
"EL POLÍGONO DE SAN PABLO ENSEÑÓ A SEVILLA EL PRINCIPIO DE UN CAMINO DE INUSITADA PENITENCIA DE VUELTA A CASA DE NAZARENOS Y MONAGUILLOS".
Al filo del mediodía, comenzó a apagarse la llama de la Semana Santa en San Ignacio de Loyola cuando la hermandad del Polígono San Pablo decidía no efectuar su estación de penitencia a la Catedral, probablemente escarmentada y temerosa tras la experiencia del año pasado, decisión que paradójicamente enseñó a Sevilla el principio de un largo camino de inusitada penitencia de vuelta a casa de nazarenos y monaguillos mientras el horizonte empezaba a perfilarse de fatalismo y sensaciones descorazonadoras. Nos quedamos sin poder apreciar los nuevos bríos procesioneros de esta joven corporación.
"SANTA GENOVEVA SE PUSO EN LA CALLE QUIZÁS EMBRIAGADA POR LAS VOCES DE ENTUSIASMO VIBRANTE DE LOS QUE LLEVABAN HORAS ARREMOLINADOS DELANTE DE LA PARROQUIA".
Santa Genoveva iba a tomar el mismo camino que su predecesora. Al menos esto parecía en tanto que el aspecto tenebroso del cielo no despejaba las maltrechas ilusiones de los hermanos. Sin embargo, quizás embriagada por las voces de entusiasmo vibrante de los que con suma paciencia llevaban horas arremolinados delante de la Parroquia, y esperanzada en que, por el avance de los partes, la mejora climatológica fuese cuestión de tiempo, la cofradía se puso en la calle no sin antes recordar al creador de lo mejor que pone en la calle que son sus imágenes titulares, José Paz Vélez, y con la premisa de recuperar por el camino el tiempo perdido. Por eso, nos quedamos sin su itinerario habitual por el Arenal y por el Arco del Postigo y, de paso, sin el cimbreo acompasado de los varales de las Mercedes cuando revira buscando Castelar y sin la marcialidad de Jesús preso, estrenando la terminación del paso, Cautivo por la traición de los hombres a la que quiso someterse para después redimirlos, dando dolor a la Virgencita y tortura a su propia condición de hombre como fiel expresión de su divinidad.
"TANTO SAN GONZALO COMO LA REDENCIÓN FUERON SALIENDO EN BUSCA DE ESE SOL QUE SE HABÍA IDO CON CIERTA TRISTEZA POR LAS CORNISAS DE SAN JUAN DE LA PALMA SIN SABER CUANDO IBA A VOLVER".
Con el Tiro de Línea transitando apresuradamente por la Avenida de Roma, tanto San Gonzalo como la Redención fueron saliendo en busca de ese sol que se había ido con cierta tristeza por las cornisas de San Juan de la Palma sin saber cuando iba a volver. Volvió, con algo de retraso, pero volvió a tiempo para besar la Cruz guía de la cofradía del barrio León por el puente y los apliques dorados centelleantes del canasto del Beso de Judas por los Panaderos. El Señor de San Gonzalo, fiel a su estilo, alcanzó la otra orilla con la estampa de siempre, a pesar de las novedades presentadas en el Via-crucis del Consejo, no sólo en lo que al estreno de la túnica bordada se refiere, que no lució, sino también en el tiempo empleado para llegar al centro, que fue un modelo de brevedad, quizás apurada y excesiva por la amenaza de lluvia, pero todo un ejemplo para tener en cuenta en la necesidad de adaptar su tiempo de paso el Lunes Santo.
"DEFINITIVAMENTE, DEJAMOS DE MIRAR AL CIELO CUANDO EN LA CALLE SAN MIGUEL LOS CIRIOS SE FUERON AL CUADRIL DE LOS NAZARENOS"
Entonces Santa Marta confirmó los tímidos buenos augurios y pareció decirnos, con su negro cortejo en la calle, que la jornada iba a recuperarse. Las cofradías comenzaban a llegar al centro, concentrándose toda la palpitación vital, convulsa, en el espacio urbano atestado de gente. Definitivamente, dejamos de mirar al cielo cuando en la calle San Miguel los cirios se fueron al cuadril de los nazarenos, y ya sólo existíamos en las calles y plazas para pensar en candelerías ardientes, piñas perfumadas y roncos tambores mientras nos despertaba de la breve pesadilla, el fugaz paso del conjunto de la cofradía de San Andrés exornado con jacintos malva apenas salpicado del siempre misterioso clavel rojo.
"LAS AGUAS GANA EN ESTÉTICA DE IDA A LA CARRERA OFICIAL."
Recompuesta la jornada, las Aguas
se urdía en clásicos cánones por la zona de Molviedro, Zaragoza, Carlos Cañal y
Méndez Núñez. Felicísimo y favorecedor recorrido.
Aires frescos para el Lunes
Santo. Apabullante el sonido de la banda del Sol tras el paso de Misterio y
dulcísimo el acompasar del paso de palio de la Virgen de Guadalupe cuando serpenteaba
el callejero que la conduciría a la Magdalena mientras los acólitos que la
antecedían le despejaban de bullas las calles colmadas por el misticismo del
incienso y las marchas bien escogidas. “Alma de la Trinidad” y “Pasa la
Macarena”.
"Y DE LA MANO DE LOS AROMAS, SEVILLA REINVENTÓ UNA PRIMAVERA ORIGINAL PARA EL BESO."
Es imposible acabar de conocer por completo el alma sevillana. Por ella, reviran intrincados recodos sentimentales, laten impulsos de diferente intensidad y cada año, nos depara sorpresas alegrísimas y algunas otras, como veríamos en días posteriores, desagradablemente inéditas.
El Lunes Santo nos dio a probar el sorbo de una esencia desconocida y una arquitectura de nuevos perfiles: el paso de la Redención por los Jardines de Murillo. Todo tuvo un aroma de misticismo momentáneo, efímero, con el borne de aquello que tiene fecha de caducidad.
Y de la mano de los aromas, Sevilla reinventó una primavera original para el Beso, hilando en el Paseo Catalina de Ribera una atmósfera húmeda, resolviendo una nueva germinación floral para salir al paso de la cofradía de la calle Santiago con sus damas de noche y azahares en el verde de los naranjos amargos. Entonces, abocada a no repetir ese lenguaje de efluvios mágicos que se destilan cada año cuando pasa la Candelaria ya de noche, la ciudad con su luz bermeja del atardecer, trató de inventar un nuevo batiburrillo de formas que combinadas, elevaron a la categoría de excepcional el paso de una cofradía por un grácil entorno, naciendo, a su vez, a la Semana Santa, una inédita miscelánea para el disfrute capillita.
Entonces, los nazarenos discurriendo
entre retículas y setos bien recortados, parecían regar con provechosa cera el
albero y los parterres, mientras hubo quienes pretendieron dominar las alturas
apostados sobre los bancos recubiertos de una impecable azulejería regionalista.
No cabía un alma al paso del Misterio de la Redención.
Despúes, el Paso de palio se adueñó del parque porque pareció encajar a la perfección en la estética del muestrario botánico y monumental de la antigua Huerta del Alcázar. La filigrana de su orfebrería mimetizada en la profusión decorativa de la cerámica. Las piñas florales rivalizando con la tarea cuidadosa del jardinero. El verde del manto y del palio aunando belleza en el alumbramiento de un sombrío y fresco tapiz vegetal, y el Rocío como la advocación más sugerente y evocadora de ese vapor condensado de sueños húmedos que queda arriado todas las noches sobre los pétalos consumados.
Y a la noche le quedaban susurros de grandeza al regreso de la Vera-Cruz, las Penas y el Museo.
"LA VIRGEN DE LAS TRISTEZAS HACE JUSTICIA A LA IMPORTANCIA DEL PORMENOR EN LA HISTORIA ESCÉNICA DE LAS COFRADÍAS".
A la primera, le quedaban olores secretos e indefinibles a su paso por la Gavidia. Descifrados los arcanos, en la penumbra de las horas geniales que ruedan con la tranquilidad de los espacios y los suaves murmullos, el Cristo de la Vera-Cruz, flanqueado de cuatro hachones milenarios, avanzaba rodeando los bronces de cañones fundidos, atacadores, cepillos y sogas que ornamentan la estatua de Daoíz, con el único eco hondo de la saeta precisa y he aquí un valor sobrecogido de expresión.
La Virgen de las Tristezas hace justicia a la importancia del pormenor en la historia escénica de las cofradías. La sutil forma de vestir a la Dolorosa dentro del universo general de encajes y toquillas. El sencillo discurso ornamental de su paso de palio ausente de todo énfasis “ojediano”. El susurro de la capilla alejado de todo libro antológico de marchas procesionales.
"HAY UN RUMOR MARAVILLOSO, MACERADO EN LA CULTURA DEL SEVILLANO, QUE PARECE PONERLE NOTAS DE PANTIÓN A ESE CANTO HERMOSO QUE ES EL RACHEO COSTALERO DE JESÚS DE LAS PENAS POR LA CALLE APONTE".
Es el cortejo de las Penas de San
Vicente una ocasión ideal para el recreo de los sentidos, sojuzgados por la
rotundidad de su perfección. Se quiebran las emociones al paso del rostro sudoroso
de Jesús de las Penas que ha sucumbido por el peso de la cruz en la negrura de
la noche. Realmente no hay silencio al transitar de este Cristo visible sólo
desde un costado del paso. Hay un rumor maravilloso macerado en la cultura del
sevillano que parece ponerle notas de Pantión cuando escucha ese canto hermoso que
es el racheo costalero por la calle Aponte.
Igual que Nuestra Señora de los Dolores que siempre parece caminar con su marcha. Ingrávida en su paso de palio. La noche se deshace en un instante cuando al llegar a Las Cortes, Tejera acomete “La Madrugá” y el dolor surge desbordado en los labios entreabiertos de la Virgen. Entonces nace de lo más hondo del cuerpo el pellizco milagroso e instantáneo que no sabemos muy bien quién o qué, nos introdujo en algún momento de nuestra vida, para unirnos por siempre a la Semana Santa. El alma se ha separado del cuerpo y se ha ido enredada, quizás en los hilos del manto, o quizás en la repujada crestería del palio, después de una revirá sublime e imperceptible que nos ha dejado mudos e inertes.
"LOS HERMANOS DEL MUSEO SE RESISTEN A LA HERIDA NOSTÁLGICA DEL VIERNES SANTO QUE REPRODUCEN EN EL CORTEJO DEL PASO DE CRISTO Y DEJAN MORIR EL DÍA EN MANOS DE LA VUELTA TUMULTUOSA Y EXULTANTE DE LA VIRGEN DE LAS AGUAS".
El llamador del Cristo de la Expiración del Museo parece anunciarnos la derrota que días después va a sufrir la ciudad. Es Lunes Santo y Cristo está ya a punto de morir. Parece querer recordarnos lo efímero del encuentro con la alegría del Domingo de Ramos y, al levantarse a pulso aliviao por la calle Tetuán, en su paso, escorzado en su humano intento por vencer lo invencible, anunciarnos la certeza de lo que va a ocurrir.
Sin embargo, los hermanos del Museo, fruto de la rebeldía mostrada ante la contundencia del tempus fugit que tan bien conocen por las aledañas pinturas de Valdés Leal, tratan de esquivar la herida de nostalgia que comienza a abrirse en el costado de la ciudad y que lo hará definitivamente el Viernes Santo en el muñidor de la Mortaja, cuyo cortejo viene a reproducir en su primer tramo, tan silente y oscuro. Por eso siempre, en su dualidad identitaria, han querido dejar morir el día en brazos de la Virgen de las Aguas por el Andén y en su vuelta tumultuosa y exultante por la calle Velázquez rodeada de nazarenos con capas y cirios blancos. Con las marchas que suenan por doquier en ese arrebato de impotencia por querer parar el tiempo. Poderes de la fe.