En el análisis escrito de una Semana Santa siempre se suele rescatar el tópico de la inmediatez con que nos abandona, dejando esa estela de mieles fugaces, apenas paladeadas, siquiera tocadas con los labios. Se trata de la barroca escritura con que solemos describir los días pasados, enraizada en el alma gozosa y, a su vez, enrabietada por el rápido transcurrir de los días santos. Pasa que en esta ocasión el recurso de la brevedad de los días pasionales, tan empleado para embellecer y, a menudo para exagerar, una descripción, no ha sido si no un fiel relato y, a su vez, cruel crónica de lo que de verdad ha pasado en Andalucía durante el transcurrir de su Semana más Grande: el que sin redundar en la exageración ha pasado sin que nos demos cuenta, y lo que es peor, sin que de ella podamos extraer demasiados momentos, cuando por ello no han sido ni los pasos, ni las cofradías, ni los niños, ni los penitentes, ni los globos, ni las bullas, protagonistas de esas estampas que cada año quedan plasmadas en las retinas y en las memorias de las cámaras de fotos.
Cuesta trabajo sentarse delante de un ordenador para contar lo que realmente no ha ocurrido, para describir lo que nunca quisimos que sucediera, para enumerar los pasos y cofradías que pretendieron hacer renacer esas ciudades que se habían venido muriendo entre dificultades y penurias y para tener que centrarnos, más allá de las estampas primaverales, en un escenario trágico, patético, desastroso, horripilante, entre preguntas de las que seguimos sin hallar respuestas: ¿por qué?, ¿debido a qué?, o ¿ahora qué?
No hay ni ganas, ni fuerzas, ni ánimo, ni tampoco experiencias suficientes, para compendiar con más o menos aderezadas palabras lo que ha significado para todos la Semana Santa de 2011, absolutamente abatida por la meteorología. No quedan palabras para valorar el profundo daño moral, económico, turístico, cultural y social que ha supuesto que en nuestra región no haya habido una Semana Santa medianamente compacta, aunque asumiéramos a priori algún feo climatológico, de esos que no veíamos de niños, pero a los que nos hemos terminado por acostumbrar, a tenor de los antecedentes más inmediatos.
Pasa que lo de este año ha sido una puñalada mortal a una fiesta cuya falta no ha acabado en las frustradas ilusiones de los cofrades, ni en las lágrimas de los monaguillos que buscaban las primeras luces de su cofradía en la calle. Pasa que este año la Semana Santa ha hundido negocios, ha defenestrado previsiones económicas y ha llenado de oscuridad, los blancos de las casas andaluzas, guarecido el canto de los vencejos, y acabado de un plumazo con la belleza de la primavera de esta región tan captada por los boquiabiertos extranjeros, arriados cuales pasos en el Palquillo de Campana, delante de los monumentos o en los bancos de las plazas recoletas, como la de Santa Cruz en Sevilla o la de Carmen Thyssen en Málaga.
En lo cofrade, nadie alcanza a recordar una Semana Santa tan nefasta como ésta. Abochornada por el rigor de la tiniebla climatológica, cielo que no ha dado tregua alguna y que se cebó con aquellas hermandades que osaron desafiarla. Quedaron los milagros en el recuerdo de las heroicidades felizmente completadas e inútilmente anheladas este año. Quedaron en los templos como losas inapelables los partes que despachaban todas las opciones de siquiera asomarse a las puertas. Caían como piezas de dominó, cofradías, unas tras otras, derrumbando ilusiones avivadas a través de los pinganillos, esas que han acabado por aniquilar nuestras vanas esperanzas, las que han existido en tanto en cuanto iban quedando hermandades por tomar decisiones.
No queda hacer mayor balance que el recuento de los números más estremecedores. Que, entre otras capitales, en Sevilla de 60 hermandades de penitencia, sólo han podido salir a las calles 27, menos de la mitad. Y que el mundo se ha quedado sin ver procesionar a la Esperanza Macarena, el Gran Poder, el Cachorro o la Esperanza de Triana, esta última que lo había venido haciendo ininterrumpidamente desde 1932 cuando no pudo por motivos políticos. Que en Málaga, sólo el Domingo de Ramos se desarrolló con absoluta normalidad y se quedaron en casa, entre otras, el Cautivo y la Esperanza. Que en Jerez sólo 17 hermandades llegaron a la Catedral, de 35 cofradías. O que en Córdoba, 15 cofradías se quedaron sin procesionar, dejando además un dato igualmente histórico pues desde 1970 no se quedaban el Jueves y el Viernes Santo huérfanos de cofradías. Ahí es nada.
Por eso hoy este cronista, al hacer balance general, y antes de pasar a analizar una por una cada jornada de las particularmente vividas, sigue sin hallar respuesta a muchas preguntas y, en particular a una, que esta mañana adelantaba Paco Robles en Abc, y que al reflexionar sobre ella nos duele como una pica clavada en el alma: ¿ha habido realmente Semana Santa? Y es que hoy el corazón nos dice rotundamente que no.