lunes, 10 de enero de 2011

He cerrado mi imaginaria agenda de 2010. No haberla llevado de verdad, con pluma y dedicación, me va a impedir traer a la mente muchos de esos instantes y recuerdos que han marcado el transcurso de un año particularmente bello e intenso.  Los datos comienzan a borrarse a golpe de olvido. Tan sólo he dejado como legado escrito algunas marchas que me dio por apuntar en un papel serigrafiado con la estampilla de un hotel de tres estrellas, parece ser que el cuartel general desde donde diseñé mis anuales andanzas cofradieras. Alguna vez he intentado llevar al día una agenda para mis quehaceres, y por qué no, para reflejar entre citas ineludibles alguna que otra vivencia breve, o algún instante puntual del que quede esa constancia de la que ya no pueda desprenderme. Pero nunca he llegado a cumplir mi propósito. Al final apenas he llegado a completar siquiera los datos personales y no más de cuatro o cinco jornadas invernales. Pero no importa mucho. Al final en los posos de la memoria quedarán los recuerdos que de verdad han merecido la pena, aquellos que han sellado en el alma el escudo de los instantes imborrables. De esos nunca podremos olvidarnos. Escribo en un lunes de enero, el que para muchos ha significado tan sólo esa vuelta al trabajo tan difícil de digerir después de las navidades y tan complicado de afrontar ya sin pagas extras en el horizonte, y que para mí, sin embargo, ha supuesto ese día en que todo vuelve a comenzar bajo la cruz del Nazareno que ha comenzado su pachorrudo andar desde el pesebre hasta el Calvario, deteniéndose en su particular oprobio por San Lorenzo, el Salvador y San Vicente buscando quizás ese aliento antiguo de sus gentes. Metáfora de los días y la fugacidad de los gozos.

Escribo en el día en que los espejos de la Casona van a reflejar desde múltiples encuadres el anuncio de una ilusión. El cartel de la Semana Santa despejará hoy un horizonte que ha permanecido oculto tras la neblina del tiempo ordinario, tras las puertas cerradas de trabajo y tertulia. En los motivos que haya pintado Pepe Palma irán gran parte de nuestros anhelos y en el visillo retirado irá la cuenta atrás que ha comenzado a volar en el cronómetro de los sueños.

No demasiado lejos del runrún que asoma al balcón colmado de banderas, toda una inquietud y diversidad de sensaciones me recorre el alma ante la nueva inmediatez del periplo gozoso, instante que vuelve a ponerme en antecedentes, para recobrar con mayor regocijo el dichoso año que ya yace en la tumba de la memoria. Sin pasado, no hay presente, y mucho menos futuro.

Un buen guión para bosquejar siquiera brevemente 2010 pudiera ser toda esa ristra de artículos que han venido a llenar este humilde blog durante los últimos meses. Quizás ese haya sido realmente mi verdadero cuaderno de notas. La única lectura de los títulos me sirve para que la mente comience a colapsarse con una amalgama de recuerdos que se agolpan uno tras otro. A decir verdad, este año no han sido muchos artículos.  Ya no merece la pena escribir sobre cualquier cosa.

Si acaso lo merece el hacer referencia al año en que el universo cofradiero fue a buscar sus astros al Arco y la capilla de San Jacinto. Inenarrable la salida de la Macarena a la que se terminó de entender en Sevilla cuando pudimos completar el círculo de su admirada perspectiva mientras se le arremolinaban los pajarillos cuando atravesaba los bucólicos jardines del Alamillo y le circundaba la guadaña al llegar hasta la misma puerta de los enfermos del hospital.

El año ha retozado en el garbo y la excelencia de la Estrella esbozada en la fachada de Santa Ana y en el primor estético de la Soledad de Jerez volviendo por la Porvera; ha visto como la Virgen del Mayor Dolor de Granada sumía a la ciudad nazarí en una vorágine de inciensos y chicotás al recorrer laberínticos callejeros y ha recuperado la esencia perdida del Señor de Ánimas de Ciegos, despojado como si de una nueva intervención de Patrimonio andaluz se tratara, de toda parafernalia oficialista, del yugo opresor de los caprichosos a beneficio del buen gusto cofrade, y nada más.

También ha sido el año en que la malagueña hermandad de las Penas cumplió 75 años y vino a encogernos el corazón con un Vía crucis ciertamente hermoso que tuvo el gran mérito de que logró encontrar otra ciudad en cada esquina.

Ahora que vuelvo a bucear por el navegador y entro en la página del Cabildo me percato de que a esta hora ya está el cartel presentado y, por tanto, el reloj en marcha. El primero de muchos. Ahora sí que ya no merece la pena volver la vista atrás, ni perder el tiempo en rescatar otros instantes, ni siquiera para acordarme del accidente del palio de la Virgen de Gracia o del ataque al Señor de Sevilla. Creo, como Martin du Gard, que la vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse. Quedan menos de 100 días. Disfrútenlos. Feliz año.


Publicado por tontodecapirote84 @ 23:08  | Málaga
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