La Macarena ha conquistado finalmente el corazón de los escépticos y ha cerrado con firmeza las bocas de los necios abriendo una nueva página en el legajo de la historia reciente con una jornada tan insólita como brillante, aupada a un nuevo altar de los textos literarios y registrada en un nuevo asiento de la contabilidad histórica de una ciudad tan extremadamente rígida en sus cánones como encorsetada a la ortodoxia abotonada de los capirotes verdes cuando recortan las mañanas del Viernes Santo y revira puntual la Virgen bajo palio dejando atrás el llanto en las lomas del Aljarafe que es cuando empieza a esbozar esa leve sonrisa de perfil recortado en la calle Parras.
La Virgen de la Esperanza ha desdibujado por primera vez la ecuación estética de la ciudad para llevársela consigo a un lugar recóndito, allí donde más que cornetas y sueños de chicotás, hacía falta la presencia de la misma Madre de Dios si acaso ataviada de corona y manto. Ha despejado el cielo de la nebulosa ceñida sobre las cofradías del Cachorro y la Esperanza de Triana, abrumadas por la racionalidad del imperio estético, y ha dejado atrás toda una crónica de emociones centenarias que han venido cruzando cada Semana Santa la adoquinada Sevilla para contarse los años al sonar de la trompetería romana.
Tratándose de la Macarena, no ha hecho mucha falta explicar a las personas inteligentes el brillo que desde hacía días se podía intuir en los ojos de la Virgen, estreno de esa ilusión por emprender un insólito camino hacia un lugar donde sólo Ella ha creído que hacía falta. Sus hermanos, los que le rezan todos los días, los miembros de la Junta, los que la conocen de sobra, habían venido barruntando como sus lágrimas habían dejado por un momento de pasar por las puertas de la Catedral tras el desgarrador sufrimiento de su Hijo y habían comenzado a florecer nuevamente por las manos callosas de las hermanas de la Cruz, por los exánimes pulsos de los enfermos a las puertas del Hospital que lleva su nombre y por las débiles voluntades de los vecinos de la calle Doctor Fedriani como un signo inequívoco de necesidad de esperanza. Por eso, en la hermandad de la Macarena no ha habido decisión racional. O quizás sí. Lo que ha quedado claro es que no hubiera entendido la Esperanza de dificultades logísticas, ni pólizas de seguro, después de haberse quedados muchos desnudados de prejuicios.
Ante decisión tan tajante, que sólo se ha debido a Ella, se han quedado los sevillanos compuestos como los negros nazarenos del Calvario al llegar a la Campana. “Lo que tu quieras, Madre” , han parecido decirle con extrañeza. Y enseguida hemos intuido el mismo deseo en los ojos de todos ellos. Por eso nadie ha faltado a la cita. Se han puesto sobre los hombros el traje del jueves santo, las luces de la Estrella por el Puente rodeada de globos, el río de la otra Esperanza a las claras de alba, las avenidas del Tiro de Línea, del Cerro, la Sed en San Juan de Dios, el esplendor de los candelabros de guardabrisas del otoño de las Glorias, la Paz por el Parque (del Alamillo) y la romería del Rocío entera. Toda Sevilla y su secular devocionario ha estado representada en la Macarena. En su procesión, hemos visto todo el año; el comienzo y final de las estaciones en el rostro de la Esperanza; la noche, el alba, la mañana y la tarde en los alrededores de su paso. Todas las horas.
Confieso que me ha costado digerir una desconocida sensación, quizás contaminado por el siempre cegador celo procesionista. Al final he optado por comprender que no estábamos allí para ejercer de cofrades al uso. No habíamos respirado Semana Santa, ni siquiera algo que se le pareciese, ni surcamos arabescas trazas de calles estrechas, o disfrutamos de la interioridad de templos coronados por el decoro del besamanos de diciembre, ni del paseo triunfal de esa bella escultura encumbrada en los altares del ensimismamiento. Nada de eso. Pero seguía siendo difícil asumir que por primera vez habíamos sentido sólo a la Esperanza, la Madre de Dios en la calle, tan cerca, con las monjas y con nosotros. Que es realmente como está siempre. Aunque no la veamos. La Virgen más humana y divina que nunca. Nada más. Y nada menos.