
No se preocupen. Todo ha sido un susto. Nada más que eso. A Dios hecho Hombre en la ciudad no le ha pasado lo mas mínimo. Los Cruz Solís y Álvarez Duarte ya han confirmado esta tesitura. ¿Pues cómo le va a pasar algo al que no se puede tocar porque es Omnipresente, cuya divinidad trasciende corpórea estatua de madera engarzada con goznes y es el Dios mismo que está en todos los rincones, detrás de todas las puertas, en las ramas con los vencejos, milagroso en la lluvia que lo llevó a la casa del Pato Araújo, vigilante entre macetas en los patios, orante en las vaharadas de incienso y en la brisas de los primeros días de verano? La teología no falla.
Haría falta mucho más para acabar con el Gran Poder. No basta con tirarle con virulencia de un brazo. Para acabar con Él habría que extirparle a la ciudad nada más y nada menos que su recuerdo, que su presencia, hacer que los sevillanos le olviden. Y eso es imposible. Habría que arrancar todos los retablos cerámicos que penden de millares de encaladas paredes sevillanas. Deberían los locos de hurtar y quemar todas las estampitas que se guardan en los cajones, en las carteras o tras los mostradores de los bares. Había que bombardear San Lorenzo en la oscuridad y el silencio de la bendita Madrugá, no sólo un año, sino todos los que restan hasta ¿el fin de los tiempos? Y con todo ello, una vez mutilada la ciudad de toda su presencia física, habría que acabar con su memoria, con su legado, con su poso devocional. Empresa para la que ya no se me ocurren planes o artimañas efectivas.
A Sevilla ayer le dieron un golpe en lo que más le duele, como la madre que padece el sufrimiento de un hijo. Pero sólo fue eso, un golpe bajo. Un Hijo que es el Padre y por eso le hablan de tú a tú. Dicen que fue un loco, un perturbado, al que su enajenación no le dio, paradigmáticamente por obrar algo bueno. Pero al Señor de todos los Rincones no le ha pasado nada. Precisamente por eso, porque sigue estando en todos sitios. Sólo ha sufrido un agravio que es tan nimio para el Dios del Perdón como brutal para los sentimientos mortales. Y cada cual tomará el camino que le corresponda. El humano lo condenará y Jesús lo abrazará con la misma dulzura y misericordia que a los demás que le rezaban anoche desde los bancos de la iglesia. Es lo que tiene el poder gozar a Dios entre ellos. Sevilla no ha perdido al Gran Poder, en todo caso lo ha puesto a prueba. Y Dios ha respondido con una sonrisa, y como no podría ser de otra manera, con el Perdón, con el mismo que nos indultó hace dos milenios por el mismo horror irracional.
foto: absolutsevilla.com