Sé que a la hora en que murió Sánchez Mejías en los lamentos
versificados de Lorca sale un Crucificado con melenas a franquear los rincones
más ocultos de San Miguel que es por donde se palpan los tormentos humanos, las
penurias y las carencias que se asumen y no se reivindican, las mismas que se
desprenden de una mirada suplicante dirigida al mismo Jesús que elevan en el
madero por la calle Arcos tan sólo unos minutos antes.

Se abre la tarde del Viernes Santo a los últimos rescoldos de Semana Santa. El sol viene pegando sus latigazos de sobremesa sobre los planos techos salpicados de antenas en las Viñas y en la Ronda Muleros. Jerez tiene un comienzo de viernes santo taurino y puntual, de abanicos y caireles en sendas plazas, donde al albero del rito salen a lidiar garbosas cofradías, temblorosas con los morlacos de la tradición; la fe de los vecinos como únicos destinatarios de esa bocanada de procesionismo castizo, ese milagro recién nacido que se perpetúa a pesar de que cada año lo despidan con el sobrecogido alma de quienes sienten que se les ha muerto algo dentro de sí. Mientras tanto, los capillitas a la espera de un nocturno cambio de tercio aún duermen la mona de la Madrugada.
Reconozco que al llegar el Viernes Santo a Jerez siento por
fin la llamada interior de los abriles y algún marzo intrometido. Lo noto en
los negros litúrgicos de las familias y en los pantaloncitos cortos de los
pequeños. He comenzado a andar por la calle Honda en busca de la Virgen de
Loreto y al quebrar la esquina de Bizcocheros intuyo como atrás voy dejando
unas huellas indelebles que al llegar este día de las tinieblas tornan en la
certidumbre de que todo, otra vez, ha comenzado a zozobrar, una Semana Santa
más o una menos, un año más o un año menos, según la cuota de escepticismo. Ese
milagro que poco a poco ha comenzado a agonizar en los morados de las túnicas
de la hermandad de San Pedro en aquella estrechez que disfruto por última vez. Hoy
tengo la sensación de estar moviéndome con el corazón y no con los pies.

La explosión jubilosa del Cristo por la Plazuela y las Viñas llegando al centro confunde mi percepción en un principio. Creo estar por un momento en ese domingo de ramos de azules intensos en las capas y en los palios con cera rizada, como el de la Virgen del Valle Coronada, en esa sensación de calma y de dominio del tiempo que te deparan los primeros días. Todo resulta un espejismo cruel. Pero es verdad que el Viernes en Jerez es tan del Cristo, flamenco y alborozado, como del Santo Entierro, leyenda de muerte, telas, frío marmóreo y oscuridad labrada en un bosquejo de sombras.
Los minutos previos a la salida de la Soledad, de nuevo dominado el paisaje por los negros abriles de la ceremonia, me devuelven a la cruda realidad de las exigencias del camino más corto y del transcurrir que por él viene cada año el tiempo y la memoria de la misma forma que siempre: con la celeridad oportuna y sin mirar a los lados.
Menos mal que cuando se abren las puertas de la Victoria el
viento se lleva la pesadumbre y me olvido por un momento del exangüe aliento
cofradiero que le queda a la ciudad. En el colosal misterio del Descendimiento
van mis primeros suspiros emergidos desde los pliegues más profundos de mi ser.
Me lo han explicado tantas veces... Me han contado tantas leyendas sobre su
impactante impronta que ha devenido a mi madurez como un recuerdo de impresión
infantil aún no superado, en donde sigo admirando boquiabierto el genio de los
artistas que quisieron llevar al extremo un duelo irracional entre el
monumentalismo artístico y la posibilidad física expresada en términos
procesionales, como un brutal testimonio tan rompedor y alejado de aquella
claridad conceptual que hasta entonces nos habían aportado los sevillanos uve-hache-ese del Correo de Andalucía.
No comprendería igual la efigie de la Virgen de la Soledad ni despertaría en mí interior la misma ternura si delante de su paso no fuera el desgarrador pasaje en que Jesús es Descendido ejecutado bajo esa terrible interpretación que se debe a la fantasía sin límite del sanroqueño Luis Ortega Brú. No la miraría con los mismos ojos ni me parecería la misma Soledad si por misterio esta hermandad procesionara un Desprecio de Herodes o un Soberano Poder ante Caifás. En su boca entreabierta, tersa y delicada palpamos el abismal desencuentro de formas artísticas. Sus manos las vemos más finas que las del resto de Dolorosas cuando se nos viene a la mente el desgarrador rostro del Hijo inánime, con el vientre hundido, cuando es descolgado por los Santos Varones. En sus sonrosadas mejillas tan suaves como pulcras columbramos la disimilitud palpable con las engurruñadas guedejas de la cabellera del Señor. Su paso de palio tan recortado de proporciones, tan femenino en su cadencioso andar, propicia en el espectador un paradigmático deleite, una sentimiento de compasión primario por cuanto el de Misterio, tan esbelto y descomunal, nos ha mostrado con una revelada crueldad los padecimientos del Hijo.
Pero además no veo que quepa en otra Dolorosa más aflicción que en la Soledad. El dolor la ha atravesado llegando hasta los lugares más recónditos de su cuerpo. Ni siquiera en La Piedad se acumula tanta pena. Bajo el palio de las Antúnez, que en el crepúsculo de la tarde viene bajando por calle Ancha, no se intuye tanta tristeza. Las Marías y San Juan han tenido mucho que ver en que así no sea. La Soledad no tiene más compaña que el de su propio martirio.
Ya en la madrugada intuyo como a Jerez se le desangra la
Semana Santa en la Porvera. En un arrebato de lucidez, la moribunda nos abre el
último hueco de emociones en la delantera de aquel paso. Allí donde aún puede
sentirse el trémulo júbilo de los siete días y no golpea el vientecillo del
Gólgota que viene enfriando los cuerpos y los corazones en las aceras. De
pronto, en aquel punto, enclavados entre acólitos, surge una fragilidad de cera
y lágrimas. Martín ordena en la santa galera un paso medroso y se deshacen los
claveles al tenue acompasar de la marcha procesional. Hosanna in Excelsis. Siervo
de tus Dolores. El aire ha quedado inmóvil. La Virgen cansada, asida al
clavo de su insondable tristeza, camina sola bajo una bóveda arbórea
ennegrecida por el estremecimiento del silencio y las tinieblas que han bordado
en su manto puntadas de necrología.
Su andar jadeante, cada vez más esforzado, no pierde un ápice de elegancia. Ahora viene enjoyada en amor por los suyos. ¿Quién bordó en su rostro tanta inocencia? ¿Quien dejó en su boca, filigrana de doncellez, esa luz trágica, rosácea y dulce? Le quedan pocos metros a la Soledad. Atrás van quedando los números de los portales de la Semana Santa que ya se ha consumado. Cientos de metros desiertos colmados de papeles y envoltorios como ese mantillo inequívoco de la fiesta que se acaba.

Siete días hemos tenido que pasar para llegar a esto. Una semana de corretear calles para llegar al encuentro con la Madre que busca a su Hijo que allí lo llevan... Los creyentes así interpretamos la verdad. La certidumbre de toda una semana que se escapa tras un cortejo que seduce un fúnebre arrastre. ¡Ahí queó!, quieto el jadeante recrujir de los candelabros de cola. Ha llegado la primavera de jazmines aunque sea ahora cuando nos demos cuenta. Es ahora cuando todo ha cobrado sentido. Es ahora cuando toda la espera merece un eterno año de desvelos. ¡Cuanto de aturdidora melancolía se desprende en una arriá de la Soledad en la calle Ponce! Hoy, la clausura aromada de claveles que ha dejado las naves desiertas, nos ha vuelto a traer a la Madre de Dios hasta nosotros.