LA MADRUGADA: ANÁLISIS DESDE UNA OPORTUNA CONTEXTUALIZACIÓN.
La Madrugada de Jerez se sigue atravesando en los anhelos de muchos cofrades. Quizás en los sueños de quienes ven en Jerez unas posibilidades sobredimensionadas, una apariencia que no es tal o quieren mostrarnos una visión de Semana Santa que se asienta en un eterno quieroynopuedo en constante comparativa sustentada sobre matrices erróneas. Jerez para desgracia (o fortuna) de todos no es Sevilla, ni debe pretender aspirar a serlo o a parecerlo. La madrugada autóctona tiene aristas y matices distintos, cofradías completamente diferentes, un sello unívocamente penitencial y por ello, un encanto diferente, pero alejado de los ripios que se estilan en una noche sevillana que es universal y donde concurren, además de cofradías, méritos de atracción turística, devocional y cultural de interés mundial que se han curtido a base de siglos. Madrugada sevillana sólo hay una y el principal error es no asumirlo.
A poco que uno bucee en la prensa local de distintas capitales de provincia andaluzas con similar o, incluso, mayor número de habitantes y, sobre todo, idéntica o superior cuota de participantes activos en los desfiles procesionales, podrá comprobar como en muchas de ellas ya no existe tradición de Madrugada como tal o, como en el caso de Cádiz, se encuentre en vías de extinción. Por eso, desde el particular prisma de este cronista que conoce esa realidad, no puede sino llevarse las manos a la cabeza ante ese alarmismo que últimamente se ha venido infundiendo desde ciertos sectores de la prensa jerezana respecto del desarrollo de las últimas Noches de Jesús, –particularmente, la última-, voces que han tenido un grandilocuente eco y una respuesta en el Consejo un tanto desaforada, donde todo un presidente ha llegado incluso a pedir música tras los pasos de palio de sendas hermandades de silencio, como una llamada a la desesperada, tan insólita como innecesaria permitiéndose el lujo de injerir gravemente en su soberanía corporativa.
Que la Madrugada de Jerez tiene problemas, pues sí. No es para negarlo. Pero no nos llamemos a engaño. No son otros que los problemas que vienen orbitando en torno a una configuración actual de la sociedad, carente de valores y, muchas veces, hostil con el propio patrimonio inmaterial. Pero nada que no se pueda afrontar sobre la base, eso sí, de un análisis previo de las circunstancias reales y los mimbres con que efectivamente cuenta la ciudad de Jerez, con una Semana Santa que ha vivido siempre por encima de sus posibilidades. Sea como fuere, las hermandades siempre han tenido una inherente capacidad camaleónica de adaptarse al medio y al contexto.
No existe en Andalucía mejor proporción hermandades/habitantes que en Jerez ni existe probablemente mejor bagaje patrimonial en relación con otras capitales del entorno. Claro está, obviando la ciudad de la Giralda. Desde ese prisma ya se ha hecho más de lo que física y operativamente se puede hacer. Pero no podemos demandar una Semana Santa que no existe y nunca ha existido. No podemos pintar masas en las esquinas, en los palcos, ni pedir la bulla de la Semana a las cinco de la mañana en Carpinteria Baja con tres hermandades de silencio seguidas cuando a esa misma hora, la hermandad de los Gitanos de Sevilla va prácticamente sola por María Coronel o El Silencio regresa por Lasso de la Vega con apenas una fila de personas en las aceras. Todas las madrugadas con mayor o menor incidencia están perdiendo esplendor y sobre todo, público. Canal Sur nos deja año sí y al otro también una carrera oficial en Huelva semi-desierta al paso del Nazareno, una plaza de la Catedral gaditana absolutamente vacía al transcurrir de la hermandad del Perdón y unas imágenes en diferido de la Esperanza malagueña con la Alameda abarrotada –pero a las doce de la noche-, que es la misma Virgen que vuelve al templo con bastante menos público a altas horas de la madrugada, siendo la única cofradía que procesiona en esa franja horaria y siendo como es esta Dolorosa, la imagen mariana por excelencia de la ciudad costasoleña. Por eso no es cuestión de arrojar la toalla ni de aventurar situaciones apocalípticas.
Quizás haya que evitar recorridos innecesariamente largos devolviendo a las de negro las cuatro horas de rigor, buscar cofradías populosas que aventuren un nuevo equilibrio escénico y sobre todo lograr una mayor implicación de las autoridades para lograr que la limpieza y la seguridad constituyan inatacables factores para su engrandecimiento. Propuestas éstas válidas como cualesquiera otras.
LA BELLEZA ESCONDIDA DE LA NOCHE DE JESÚS...
Y, en efecto, ésta de 2010 ha pasado ante nuestros ojos como una madrugada ocultada bajo las oscuras trabajaderas de la noche y las calles angostas de vitalidad y pulso. Sigue siendo, como antaño, una madrugada de momentos, de instantes, de campanadas puntuales donde se concentra una esporádica multitud salida no se sabe muy bien de dónde y se arrebata en silencio absoluto cuando al fondo de la neblina aparece el erguido Crucifijo de la Salud entre las hojas del pórtico de San Miguel o se desmadra en un frenesí de aplausos y vítores por la calle Empedrada cuando sale la Yedra.
Esa es y ha sido siempre la Madrugada de Jerez. Una aventura de callejeo solitario en busca de los instantes álgidos que se encuentran tras un cúmulo de esquinas perdidas que se doblan tragando saliva. Ya no quedan engominadas familias de punta en blanco en las calles si no abrigados transeúntes marcados con surcos negros en los ojos ávidos de intimidad cofradiera mientras se apoyan unos en los hombros de los otros a la espera de los pasos. No vemos chiquillos que corretean las aceras, sólo algún matrimonio mayor que ha salido a la puerta a ver pasar al Nazareno de San Francisco y alguna que otra pandilla de adolescentes a los que les quedan pocas ganas de reir a carcajadas y ya sólo pueden aguantar estoicamente sentados en el suelo el quedo transitar de los espartos y las sandalias.
Pero cuando ya no se les espera, a eso de las cuatro de la mañana, el público que requiere el Consejo abarrota la vetusta cafetería “La Vega” que fue la primera que tuvo tocadiscos. Por la diafanidad de la estancia corren los cartones de churros y los vasitos de chocolate caliente mientras los apresurados camareros esbozan con tiza blanca sus oportunas ganancias en las planchas de pizarra.
Vueltos a la calle, inmersos de nuevo en la oscuridad y el letargo, queremos recobrar el pulso por Peones, aunque lo palpemos débil, cuando el negro cortejo de San Miguel se recorta entre naranjos en flor y la luz de la luna esplendorosa besa la cúpula catedralicia que se intuye en ese fondo que tanto sirvió al genio fotográfico de Eduardo Pereiras o Diego Romero Fabieri. Vuelve a disminuir el aforo pero comenzamos a valorarlo cuando nos basta el suspiro de una mujer entre unas rejas, y la mente comienza a procesar con capacidad de asimilación el paso de los nazarenos por parejas, el olor concentrado del incienso y el soliloquio poético del paso de Palio de la Encarnación embutido en Carpintería Baja allí puesto para nuestro exclusivo deleite en solitario.
Son las seis, y la amanecida comienza a pespuntear las plumas de Marquillo. Pasa el Nazareno herido por la noche de tormento y la primavera comienza a dibujar un nuevo escenario de madrugada que retoza al calor de los despertares. Luis de Pacote cerca al paso con su mano entusiasmada que aparece entre las cabezas que vuelven a aparecer –puntuales ellas- para comprimir de murmullos la pequeña plaza. Brota de su genio la saeta más profunda de la semana.
De noche, todavía por el Arroyo, desértico panorama cuando empieza la Yedra a retornar al barrio. Cuestión de tiempo. Minutos más tarde, el Consistorio es ya una calle rumorosa y agitada. La Corredera se abre al esplendor de un tesoro rutilante colmado de Esperanza. Se abre en flor la Virgen en sus andas brillantes, azucena purísima, resplandenciente en su cara de dolor, bella, abandonada la color de la noche después policromada con anacarados pigmentos debidos al mismo sol de la mañana. Por mientras que la Buena Muerte se sumerge entre nazarenos negros, ancianos y mujeres, muros viejos por la calle Ancha cuando Santiago arde en un fervor callado de sombras. Y para todo hay público que bala como rebaño de pueblo amontonado.

Jerez así despide su madrugada convertida en raudales de´clarines, vítores, cornetas y racheo de costaleros, la misma que pasada la medianoche brotaba a la ciudad con amor y entusiasmo. Puede que sobren horas entremedio. O falte público para tanta propuesta. Pero no puede morir tal dechado de sublimidad cofradiera a poco que las cofradías se pierdan a la vista de las baldías encrucijadas por barrios que no tendrían porqué pasar. Vale la pena por unos muchos que hay en pocos momentos y por unos pocos que en los restantes las siguen esperando tras quebrar las esquinas tragando saliva con una inquietud intacta, juvenil y cofradierísima.