
El Jueves Santo en Jerez es, en todo el año, el día del ejercicio de la más bella plástica cristiana. En la ciudad, se nos escapa al dicho de las jornadas que relucen más que el sol. El Jueves Santo en Jerez sobresale con mucho a los calores de un Corpus cada vez más anémico e indolente y a la desapercibida festividad de la Ascensión.
En esa mañana de plenitud solar, nos damos gozosos al paseo por el adoquinado de la calle Larga mas cuando acecha la impaciencia de las sillas enjaretadas apostadas sobre los troncos de los naranjos y parece que la tarde está a punto de caer sobre los palcos desiertos y los trajes de chaqueta los van a abarrotar de una vez por todas sueltos de voces y ademanes.
Reluce el medio día en los atrios de los templos y apresuramos nuestro paso con el temor de no encontrar sitio mientras la chiquillería apremia con lloriqueos la tardanza de los padres que hacen corrillo a sus puertas.
Ya dentro de las naves, levantadas las faldas del canasto de las usanzas, se apaga la luz y, en silencio, sólo llega en resonancia los ecos del esplendor y magnificencia barroca del Monumento al Santísimo. Dios y eso es todo.
Después gustamos de ver los últimos bruñidos a los pasos encajonados entre los desusados púlpitos y oscurecidos lampararios. Y una vez vueltos a la luminosidad y al color de los geranios, asumimos que nos espera una tarde de encumbramiento, de lirios, de espigados conos negros, carne y sangre.
Es ya tarde anaranjada, acrisolada y crepuscular sobre el
horizonte de la avenida cuando busca la Redención el dominado territorio de los
pequeños. Su presencia rompe el perfecto encaje clásico de la jornada, y acecha
con su apuesta el suave balanceo de los varales del equilibrio. La veo mejor en
los briosos ritmos de los días antecedentes. Quizá en aquellos en que pueda
haber hueco para su mejor florecimiento. No son sus capas ni su discreto
misterio el mejor reflejo de un día cincelado de angustia por la primavera.
Por mientras que en Gaitán, señala la Cruz de Guía de la
Vera-Cruz que hoy es jornada dominada por los terribles golpes. Va alta,
portada por cuatro nazarenos, su presencia es un atroz primer mensaje de
martirio. El Crucificado gubiado por Sebastián
Rodríguez, discípulo de Juan de
Mesa, se alza en la Cruz, desnudo y agotado, y aún sin divisar el fin de su
suplicio, recibe el primer fruto de su venida al mundo en una insólita
demostración de fe: el ladrón que se da cuenta de que el Salvador está ante él,
que antes de morir puede salvarle y así se lo pide.
Ya de regreso a casa, vemos a la Virgen derramar sus últimas Lágrimas al desgarrador sonido de Margot cuando declina el Jueves por Tornería y el manto arrastra la brisa de la noche entre los naranjos de la Plaza de San Marcos.
Poco más tarde, el paso de misterio de la Lanzada aterra a
los que saben apurar su horizonte cuando el capataz lo arría delante de los
ojos de quienes lo contemplan. En una parada silenciosa es donde es posible
destilar su sentido y el profundo secreto que guardan los paños dorados
enhebrados de angustias y tormentos. En la búsqueda de una solución definitiva
para tan dolorosa escena, con uno u otro Longinos a caballo, el Ungido Cristo,
prodigio clavado entre balcones y cierros, nos deja el alma en carne viva.
Su
dinamismo desenfadado, probablemente debido a la escuela de Alonso Cano,
procura aún más si cabe la urgencia de un denodado deleite. La música que lo
acompaña, acordes celestiales para su verdina piel, suena a mustia pena tejida
por Antonio Pantión entre las cinco líneas de un pentagrama. Tus Dolores son
también nuestras Penas.
La noche definitivamente se abate sobre la ciudad. La Carpintería Baja, paisaje de belleza inesperada, hace décadas que se anima de indefinibles olores a inciensos que han venido a solapar definitivamente los recuerdos a barnices. Para referirse a ella, apenas quedan textos y crónicas en la ciudad que no apunten a desfiles de canónigos, humo de cirios y paseos de santos. Pero no quede en la injusticia el hecho de que el rótulo de las dos calles (la Baja y la Alta) quizás se deba a la carpintería de Maese Fernández García aunque a poco que preguntemos al personal por lo conocido de la calle, rápidamente pongan énfasis en el trasiego milimétrico de los pasos puesto que por allí ya hace demasiado tiempo que no radica obrador de la madera alguno.
Por aquel lugar muere el Jueves Santo entre un hervor de
muchedumbre apasionada. Primero la Oración en el Huerto, nos hace dudar sobre
si bajo aquella cornisa estábamos en lugar seguro. Años, llevamos preguntándonos
tales eternas cuestiones. Al final siempre acabamos delante de aquellas andas
fulgentes cuyas hechuras vuelven a aprisionarnos entre herrajes oportunos y muros
de cal. Entonces en la penumbra advertimos el patetismo de la escena cuando el
Señor clama al cielo: “Qué pase de mí éste cáliz” y la angostura no hace sino
procurarnos una descarga súbita de adrenalina mientras las sombras trepan las
paredes y la varonil voz del capataz sepulta cualquier tentativa de murmullo. La
cuadrilla de la Virgen de la Confortación, espectacular talla de Jacinto
Pimentel, intenta dormirnos en la
oscuridad del paisaje encelada en el fondeo de la calle. La vemos en el regusto
agridulce de lo que podría ser y no es, sobre todo por las marchas que lejos de
lo que esta Dolorosa demanda, se enroscan y se anudan como serpientes en la nómina
de los malos recuerdos.
Por último, el Mayor Dolor, cierra con éste años de
transitoriedad reencontrándose con su historia y su misma razón de ser tras su
vuelta al coqueto templo de San Dionisio. Pocas cosas tiene el Jueves Santo
mejor que el paso de palio de la Virgen del Mayor Dolor. Y pocos momentos
relumbran más que su transitar por la calle Barranco o Curtidores y toda la collación
del Carmen, cuando los balcones están de par en par y brillan las pequeñas
luces de los faroles zaguaneros. La mirada la tiene alta, como buscando ese hálito
que no llega, abatida por la fatiga que hoy ha empezado a pugnar con la ciudad.
La Virgen del Mayor Dolor aprovecha las horas en que la gente se prepara para
la madrugada y su hermandad regala instantes de intimidad de clausura, en la
que se aprecia esa belleza angélica de las esquinas umbrías en que sólo tiene
cabida el compás de una marcha fúnebre. Quizás Dulce Nombre de Lerate.