domingo, 09 de mayo de 2010

Flamante Miércoles Santo el que se abrió a las variopintas calles de Jerez bajo el agradable y tranquilizador sol de la tarde. De las anchas calles de la Granja a la señorial calle de Medina, de la Ronda del Pelirón a la plaza de San Lucas, de San Mateo al arco de Santiago. Hasta seis puntos cardinales distintos en la brújula cofradiera y multiplicados por infinitos, los quebraderos de cabeza sobre el qué ver y dónde en la jornada grande de la Semana Mayor jerezana. Muchas, y a cual mejor, fueron las propuestas que desde primeras horas de la tarde nos surtieron sus cofradías.

Hubo quien quiso experimentar lo novedoso de ligar cofradías al mediodía y en la sobremesa, entre bloques de pisos y avenidas interminables, y los hubo quienes, clásicos ellos, las esperaron en el centro entre los árboles y balcones de siempre. No se pudo pedir más a un lapso de varias horas de memorables lances cofradieros abocetados en negro de capilla y esparto, en izquierdos de periferia, en mesurados compases del Pelirón, en elegancias traídas por los surcos del adoquinado de la calle Medina y en los fervores desbordantes de un barrio flamenco. Se rompieron los esquemas horarios, los mismos que días anteriores solaparon nuestras inquietudes entre medias tardes y recogidas tempranas. La Semana Santa llega al Miércoles como un río bravo al estuario de calma, cuando abre riberas de esplendor, como asumiendo que son pocos los metros y los días que le quedan de vida hasta la desembocadura.

 

SOBERANO PODER, MÉRITO Y SOLIDEZ

El Soberano Poder ha sido para el cronista una de las mayores sorpresas de la Semana Santa. De principio a fin. En su haber principal, el arrojo con que la hermandad pone todos sus trastos en la calle. Arrojo igualmente como sinónimo de intrepidez y osadía. Y es que hace falta ser osado e intrépido para superar con brío y solvencia las muchas barreras con las que se encuentra una cofradía del extrarradio por el camino. Máxime cuando son éstos, días en que se habla mucho de los problemas de la Madrugada, el cataclismo de la Piedad o el recorte de nazarenos en quejas que se eternizan como exponente de una incapacidad para solucionar los inconvenientes y para clarificar el contexto real en que estos fluyen bajo un perenne complejo de inferioridad respecto de la capital de Andalucía.

El Soberano, ajeno a tales dimes y diretes, revulsivo vital de la ciudad,  da cada Miércoles Santo una lección de coraje que se traduce en un resultado positivísimo. Coraje incardinado en las ganas que sus cofrades demuestran en cada empresa, como asumiendo que con un reflexivo análisis previo, acompañado de una acción certera, cada problema no supone más que un una coyuntura perfectamente salvable. Para ello no ha importado contrariar el sino perpetuo del Jerez cofrade que ha sido el de no salir a ver cofradías hasta las seis de la tarde. Como tampoco ha arredrado a la hermandad el hecho de poner en la calle un pueril cortejo de nazarenos más de 13 horas cuando hay cofradías de siempre que con la mitad de tiempo cada año se ven mermadas en su nómina sin remedio. Llevar la Granja al centro en los dificilísimos tiempos en que nos encontramos le ha supuesto a la hermandad un doble esfuerzo de organización y empeño logístico, cuando lo normal para las cofradías añejas es centrar la estación de penitencia en la estética pura y dura.

Mientras Jerez se resigna en sus propios agobios, algunos reales y otros sobredimensionados, el Soberano Poder aporta la frescura a ese rictus procesionero de la ciudad que a juicio de muchos viene adoleciendo de una cierta despreocupación. El Soberano tiene buenas maneras, de cofradía de barrio, que no es sinónimo de hortera. Su cuidadísima llegada a la Carrera oficial, su medido transito por la Tornería, el saludo espectacular al Nazareno en San Juan de Letrán y el ya esperado regreso por Chapín, se están convirtiendo en momentos de honda belleza que hasta los cofrades más rancios han comenzado a subrayar en sus programas.

Lo siguiente será ver como llega el Palio de las Mercedes a la Catedral. Y no queda mucho para ello. Ya lo verán.

EL CONSUELO VUELVE A SU MISMO ORIGEN.

La nueva capilla en el Pelirón no revela en tamaño la amplitud de miras de los cofrades del Consuelo. Se trataba ante todo de volver a casa, al barrio, a las calles con nombres de batallas donde aquellos niños que hoy blanden varas de liderazgo, jugaron a ser mayores con un llamador de juguete y una parihuela con hechuras de mesa camilla. Es decir a recuperar el norte, el sentido para lo cual estaban entre nosotros, aunque emanciparse de una parroquia suponga desprenderse de ciertas comodidades como el hijo que deja a la buena madre que le ponía su plato por delante.

El Consuelo ha madurado tras años de rodaje y perfilamiento estilístico. La Catedral ha aportado empaque a su figura y el centro la ha despojado de la inocencia y el destartalado trazo de las Vísperas. Justo lo que ahora le hace falta a la Paz de Fátima para hacerse adulta.

Su cortejo sigue siendo cortito de número, pero largo de entereza y planta. Por Tornería apenas pudimos entrever su sello periférico. Quizás en los paños del paso aún sin dorar que revelan su juventud pero también su incansable movimiento. La Cruz desnuda tras la Virgen que realizara magistralmente Pedro Ramírez no es si no el culmen de una hermandad que sin estar completa, siempre ha dado la sensación de estar rematada.  

El paso que será del Señor del Amparo, un Nazareno que ya es objeto de infinidad de plegarias de todo un barrio, ya ofrece un bosquejo de originales líneas barrocas que vuelven a poner en valor el ya de por sí riquísimo patrimonio procesional jerezano. A la espera del paso de palio, la cofradía va a seguir dando testimonio de una impronta cuajada, de cofradía seria, que aún siendo muchos los cambios que puedan llegar, desde esta percepción no creemos que varíe en su sustancia. Y eso que siempre habrá algo por estrenar en el Pelirón, desde luego, pero nunca faltará esa sensación de que el Consuelo es cofradía que, por encima de todo, está desde hace tiempo madurada y rematada.

 

LA RENQUERA DE SANTA MARTA

Santa Marta forma parte de esa suerte de cofradías que han sido víctima de resabios pasados y que aún en la actualidad, no han terminado de revolverse definitivamente en esa mediocridad heredada. No ha sido fácil su camino a lo largo de estos cincuenta años. Lleno está su itinerario vital de algunas metas cumplidas, pero también de decisiones desacertadas y, por que no decirlo, de coyunturas difíciles que se han tenido que sobrellevar,  que continúan pasando factura y siguen pesando como un sempiterno lastre. En el recuerdo queda aquél cierre de San Mateo que obligó a la hermandad a construir casa propia en tiempo récord, urgencias que agujerearon las arcas de la hermandad deteniendo en seco la por entonces proclive evolución patrimonial de la cofradía. De aquello la hermandad no ha terminado aún de recuperarse.

Entre el muñidor de la cruz guía y la suprema calidad de la Municipal de Rota hay todo un picadillo de cortejo que poco a poco, en la medida de lo posible, va ganando en unidad y coherencia estética aunque haya cosas que sean muy difíciles de cambiar. En la primera parte, la cera azul de la caridad y las colas de las túnicas  nos llevaron a comprender que allí en el Calvario no hubo más que un silencio desgarrador que se alteró únicamente con el llanto de las Marías y el sonido de las pisadas de Nicodemo y José de Arimatea cuando avanzaban asidos a la camilla del Señor por los adoquines de la calle Cabezas, camino del Sepulcro. Va en el negro del primer paso, la cofradía madurada al calor de la última década. Es la hermandad del cuidado de los detalles, conjugada en torno a uno de los pasajes más trágicos de la Pasión y a través del cual la corporación nazarena ha querido estampar su sello propio en San Mateo alejándose definitivamente de los bríos rojinegros de la vecina del Martes Santo.

El paso de misterio, que fuera el antiguo de la Presentación al Pueblo de San Benito, quiebra la esquina del colegio despertando anhelos de restauración. La música de capilla, diseminadora de seculares notas, desempolvó el legajo de nuestros recuerdos cofradieros en la calle Cabezas, allí donde aún permanece la desgarrada unción de las Semanas Santas de otro tiempo, sin escudriñar por los focos de la televisión y los modismos crecientes. El Misterio que compusiera Antonio Eslava pasó, como toda la tarde, muy velozmente, con verdadera prisa celestial, como queriendo sus hermanos que aquel penoso trance pasara lo antes posible pues su tránsito por Jerez no tenía mas sentido que el de ir y volver a la Santa iglesia Catedral.

Pero por detrás la cofradía sigue teniendo los visajes de siempre. La que huele a Plaza del Mercado en sus capas, de la que no se puede desprender los que rigen sus designios por entender que entre ellas crecieron como cofrades, primero de Sábado y luego de Miércoles. Con las capas van los niños que apenas pueden tirar del cirio y aprovechan la penumbra para flexionar las rodillas y descansarlas cuando no mira el celador. Eso también es Santa Marta, del barrio de San Mateo. Y a eso no se puede renunciar. Tampoco se debe.

La Virgen del Patrocinio forma parte de aquella cofradía que tuvo a bien conformarse abocetada a golpe de impulsos de juventud. En su rostro va la misma Macarena de deseos de prontos compases de platillos y tambores. Su paso de palio, en la orientación actual de la hermandad, ha quedado como un trasnochado ejemplo en el que se emplearon tantas energías como recursos, extremos que ahora no permiten correcciones bruscas. En su adquirida granazón cofradiera, muchos hermanos quizás ahora se estén tirando de los pelos. No es para menos. Pero también hubo hermandades a las que muchos creyeron en vías de extinción y ahora son cofradías de culto en la ciudad. Quien sabe si Santa Marta acabará por erguirse definitivamente o si por el contrario su renquera se perpetuará indefinidamente. El tiempo dará o quitará razones. Yo apuesto decididamente por lo primero.

 

SAN LUCAS, COFRADÍA DE UNA VEZ.

Por San Lucas, las cosas están muy definidas desde hace tiempo. Pero eso no implica que exista relajación o conformismo. Una cuña de radio nos recordaba hace algún tiempo que bajo las túnicas y los espartos de sus hermanos siguen latiendo las mismas ilusiones de antaño.

San Lucas es, como algunas otras, hermandad del jerezano cristiano de médula. Por ella murmuran con admiración los capillitas cuando llega el Miércoles Santo bajo la cal de las paredes y mueren por el Señor miles de mujeres que se arremolinan tras su arrodillada efigie siguiéndole por las tortuosas calles salpicadas de callados y amables cierros.

Los niños que entonan el miserere elevan a su máxima expresión la apariencia deífica y cristiana de la ciudad. Por sus calles se respira el Dolor y la Tragedia. Las Tres Caídas es hermandad que cuando vuelve por Cruces y Barranco aplaca fanatismos y proclama en silencio, sin hacer ruido la certidumbre de la gloria, tan llena de vigor de cielo, tan presente en las capillas cristianas, en los retablos callejeros, en las cruces de las hornacinas o en los adoquines de la Plaza Belén, tan navideña ella guardada por ángeles y eufonías celestiales.

¡Que bello es el itinerario de la hermandad de las Tres Caídas! Para seguirlo todo él. Y para admirar de principio a fin su cortejo, epilogado por un paso de palio que por no hacer ruido pasa desapercibido para el gran público, como la belleza de la Virgen de los Dolores que lleva en su mueca la hiel atravesada y en sus manos el amor. Le duele tanto que la música ni la consolaría. Apenas debe escucharse más que el monorrítmico rachear costalero que, al menos, la seda en su dolor cuando va tras su Hijo, siguiéndole, como aquéllas mujeres por la calle por la que los reos iban a la muerte.

Subía el palio por la escalinata en busca de la fachada lateral de la Iglesia poco antes de la medianoche. Nunca fueron ellos de protagonismo, ni masas, ni puertas principales. Y entró como salió, con un garbeo fino y seductor, iluminando maltrechas fachadas, almibarando los muretes y las espadañas, terminándose de gustar la collación de esos aires tan reverenciales.

Por eso a la hermandad no se la conoce por el nombre del templo por pura casualidad. Ella es heredera de todo un esplendor pasado. En sus varas e insignias se aprecia la magnificencia de la entidad que debió tener la Iglesia y que aún hoy, envejecida y silenciosa, sigue ostentando. En la rectitud de su cortejo, la solemnidad de los oficios católicos como cuando los Reyes oían misas e himnos y en su discreción, el cometido que le ha legado la historia para recordar aquel regalo del Rey Sabio a Jerez como ejemplo esplendoroso del patrimonio cristiano de la ciudad. Para desgracia de todos apenas quedan más embajadores de todo eso que las cofradías. Las Tres Caídas, por suerte, continúa siendo una de ellas.

 

LA GLORIA EN LA AMARGURA

La Amargura es para este Jerez tan poco mariano, un oasis de hermosura y un nombre que sabe y suena a gloria aunque pueda parecer extraño que la gloria, la misma gloria, pueda saborease y mucho menos escucharse. Pero sí que se puede lo quieran o no los escépticos. En Medina, la Virgen de la Amargura nos dio a probar de sus manos el dulcísimo néctar de su amor y misericordia. En el penduleo de su palio, que suena a gloria bendita, iban enhebrados muchos anhelos de vistosidad cofradiera y aromas de gallardo paseo de la Madre de Dios, Señora y Reina.

Por delante, el paso de misterio de la Flagelación atravesaba fugazmente la calle las Naranjas, la que cada año se erige entre paredes encaladas como un adoquinado Lithóstrotos, no sin que pudiéramos revivir por un instante cómo Jesús sufrió en su cuerpo para redimir nuestros pecados, especialmente los de la “carne”. Detenido el paso, desenvolviéndose la tremenda escena, alguien salió a un balcón pidiendo por seguiriyas a los romanos que se compadecieran de Él. Todo resultó en vano. Escrita estaba la Historia. El paso de Ovando continuó su marcha camino de Bizcocheros y Antona de Dios mientras se reanudaban los sones anunciadores de muerte, la retreta tachonada en las almas de los que aún guardábamos esperanzas de que no se consumara la tragedia. “Cristo de la Expiración” de Escámez como un fatídico presagio en aquella revirá sublime.

Ya en la vuelta a casa, apenas hubo consuelo para la Amargura. Venía por Corredera, entre naranjos como un jardín de brisas absolutamente desgarrada, atribulada y yerma de ánimo. En su rostro no cabía más que la cadencia sutil de sus costaleros. Entonces volvió a sonar en aquella esquina, la marcha de Font de Anta, como un himno al compás templado, al jabonoso movimiento del zanco y a la bonancible respuesta popular de silencio y miradas clavadas en la escena. La esperaba la Virgen de las Angustias y, cuando a sus puertas se plantó la Amargura, nos pareció estar asistiendo a una lección de dolor y muerte plasmada en el arte y en la teología, como un terrible anticipo de lo que estaba por venir.

 

SAETAS PARA EL PRENDIMIENTO

La llegada de la barahúnda cofradía de rojiblancos nazarenos del Prendimiento, nos pareció un desafío en toda regla. Una ofensiva incruenta de una legión de fieles encabezados por una contundente pancarta cuyo lema no dejaba lugar a dudas: “El barrio a Jesús del Prendimiento”. Nada más. Y nada menos. La hermandad, con sus capirotes ligeros, sus cirios objeto de deseo de los niños en la Porvera y sus varas desalineadas, avanzaba cual frente de entusiasmo popular por ese río bravo de pedregado piso donde lo que menos se tenía en cuenta era el cumplimiento de la ordenanza procesionista. Por eso el Prendimiento es punto y aparte. Un bendito punto y aparte. Un hálito de espontaneidad en una Semana Santa tan atenazada a veces por la ortodoxia y el guión preestablecido.

En la misma Muralla, en la revirá con la calle Escuelas, vimos doblar la esquina a Jesús y enseguida comenzamos a percibir esos bochincheros aromas del barrio de Santiago. Iba el Misterio a los mandos de Martín Gómez, al que sin duda hay que agradecer que le haya dado otro aire en su caminar, siempre de frente, aunque sin perder el pellizco del Angostillo. Pronto, la hacendosa labor de los pateros, al compás diligenciado por la marcha “Soledad de San Pablo”, nos dejó encajado al Señor en la estrechez señorial de una calle de portones con doradas aldabas, cierros y moblajes de caoba, mientras las barandas de los balcones se encargaban de varear los recios ramajes del olivo y las viejas gitanas se afanaban en recoger en la trasera del paso el preciado producto de la fe.

Por detrás, cuando el cielo de la tarde terminaba por desprenderse de la claridad y comenzaba a sellar su amor nocturno con la luz de las candelerías, la Virgen del Desamparo llegaba a la Victoria enredándose en una ciudad transfigurada por las devociones incontenibles. Su paso de palio, prodigio de las artes suntuarias del siglo pasado, comienza a demandar una recuperación integral, aunque nos conste que ya se ha sometido la plata a algún tratamiento. Prosiguiendo su particular afrenta con esa aludida ortodoxia cofradiera, en un mismo envite, escuchamos la elegante “Soleá dame la Mano” y a renglón seguido, la airosa “Rosario de Montesión”, y el paso quedó depositado frente a la puerta principal de la Iglesia donde aguardaba la Dolorosa del Clavo en la Mano, la Virgen de la Soledad, capitana de la Porvera.

Pero siempre quedaba Miércoles Santo para exprimirlo entre desquiciadas pasiones cuando la madrugada se derramaba sobre las cornisas y el Prendimiento la hacía suya a su vuelta al alfoz entre saetas ininterrumpidas y cornetas silenciadas por el fervor abrumador, loco y ajeno a cualquier exigencia de rectitud. La ciudad de Jerez puede sentirse orgullosa de haber parido las mejores saetas del mundo. El Zambo, Luis de Pacote, Ángel Vargas o Vicente Soto son algunos de los vivos testimonios de ese cante tan encepado de la ciudad y en particular, tan vinculado a la efigie del Señor del Prendimiento cuyas arriadas nos recordaron a los tiempos en que la hora de entrada no importaba cuando a pie de paso se entreveraban quejidos al viento ahítos de duquelas y quebrantos. Alrededor de su impactante figura, arracimados en torno a su paso, gitanos y payos dieron una lección de convivencia y de paroxismo religioso. Los costeros estaban intransitables. Y lo dejó el cronista en aquella Iglesia que volvió a ser la frontera invisible que separa la derechura de la espontaneidad y adquiere definitiva entidad el  desembarazado muestrario del duende jerezano. “El soplo” que bautizara Rafael de Paula para describir el resuello al que se debían los trazos insondables de su toreo de capa.


Publicado por Desconocido @ 15:09  | Jerez
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