sábado, 24 de abril de 2010

Es Martes Santo en las violetas de los parterres y en las aguas cristalinas de los Jardines de Pedro Luis Alonso. Se dirige el nazareno por el camino más corto mientras ase tembloroso los pliegues del antifaz de sus temores. En los ojos lleva mil y un pensamientos, en el apresurado paso la inquietud de quien sabe que ha de cumplir con rigor la sentencia de las reglas y su papel en la Estación de penitencia, y en la papeleta de sitio bajo el guante, el deseo de que las crisálidas de la suerte se alíen con la cofradía en una tarde de esplendor y responsabilidad.

Recorre el nazareno las calles de la ciudad y advierte a su alrededor todo un cúmulo de miradas que se dirigen a su figura con arrobo y entusiasmo. Muchos lo identifican. “Ese es de las Penas”. Despierta el nazareno respeto y curiosidad. Se preguntan el porqué del anonimato fuera de la oficialidad de un horario e itinerario y lo valoran: “va hacia la iglesia, salen dentro de una hora”, “que callado va...”.

Los viandantes sin saberlo están recibiendo una lección. Catequesis pura. El nazareno, con su urgido andar, los alecciona con una clase de compostura y de seriedad. Es la misma estación de penitencia. En la túnica y el antifaz de las Penas por calle Císter va el carácter de la hermandad y en los sorpresivos viandantes la asunción de una postura adoptada. Ven en el anónimo nazareno un compromiso de fe y no un capricho juvenil de temporada.

Llegados al templo, el nazareno comienza a organizar sus tramos. La cofradía pone telones de alborozada organización y se moldea nerviosa. Las filas comienzan a trazarse a cordel con precisión y los portadores se revisten con túnica, cíngulo y faja de trabajo. Afuera bulle el pueblo ajeno bajo el sol que empieza a recortar alféizares y esquinas. La banda afloja las primeras notas de ordinario que jalean ilusiones y ganas de Semana Santa.

Ahora sí. Ahora el templo descubre al abrir sus puertas ese aroma rozagante y diáfano a hermandad preparada para salir. Ahora la luz viaja súbitamente a cortejar al sombrío altar, rasgando por el camino las figuras sinuosas. Al Cristo lo levantan inopinadamente al cielo y se dirige con premura al cancel de los sueños cumplidos.

En su monte de corcho lleva otra lección de catequesis callejera. Los dados dan que hablar durante toda la tarde. Un chico le explica a su novia que simboliza el sorteo que los soldados romanos hicieron para adjudicarse la túnica de Jesús. El acompasado fluir del trono del Señor genera tímidos aplausos a la vez que firmes miradas en la calle Nueva y en Panaderos. Ese es el camino, buscar el silencio y la admiración antes que el aplauso fácil.

A capricho de unos pocos, pierde la cadencia ganada con los años en un intento por alcanzar un norte que no nos corresponde, pero enseguida se vuelve a imponer el heredado criterio del compás armonioso de los hombros en detrimento de la brusquedad y el desatino. Sólo hay que mirarlo a la Cara para entender que Él no pide otra cosa que refinamiento y pulcritud en un momento tan cruel. Lo pide para morir sin Agonía, que va a ser allí mismo, al final de la calle San Agustín.

La Virgen de las Penas roba cada año trocito a trocito un poquito de protagonismo al manto que la cubre. Lo merece, sinceramente. Diatribas a parte, su nacarado semblante, su delicadeza emocional, su tremendo valor artístico merita una seria consideración por parte de los ojos de quienes la contemplan. Quienes reparan en ello no pueden aguantar su hermosura. Lleva el azahar de los naranjos del Patio de las cadenas en su palio, embelesando las almas revoltosas cuando suena “Soleá dame la Mano”.

Ya en San Agustín, el público se amotina ante el tedio de la jornada para gozar de una calle que aún guarda la intimidad de los hogares cercanos. La Virgen de las Penas, transida y angustiada, lleva este año la corona de espinas en sus manos. Los compases de Margot se convierten en una nana que serena su tremenda fatiga mientras los portadores dan en cada mecida pañuelo para sus lágrimas. No se mueve una borla del palio en la lunada noche que se altera con la voz al viento de una saeta penetrante.

Por el Muro todo es poesía. Entre paredes se encajona una perfecta métrica de catorce versos endecasílabos. Virgen del Valle suena a soneto de Garcilaso, a declaración de amor de sus hermanos que no pueden evitar volver la vista atrás en la intimidad de la recogida. Ya sólo estaba la Virgen para nosotros, y para declamarle: Yo no nací sino para quereros;/ mi alma os ha cortado a su medida;/ por hábito del alma misma os quiero;/   cuanto tengo confieso yo deberos;/ por vos nací, por vos tengo la vida,/ por vos he de morir, y por vos muero./ La calle y la plaza le pertenecen. Con ellas se han alíado las ninfas de la hermosura. La Virgen de las Penas ya está en casa.


Publicado por Desconocido @ 2:10  | Málaga
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
viernes, 07 de mayo de 2010 | 12:50
Esa es mi Hermandad y Tonto de capirote 84 ha sabido reflejarla maravillosamente.
Publicado por Invitado
lunes, 28 de junio de 2010 | 13:04

Hay muchas maneras y/o formas de dar una cronica,pero esta no será superada

Gracias. ( penoso )