LOS OSCUROS...
Llegados a este punto, nos la prometíamos muy felices en nuestra intención de gozar los regresos a casa de las cofradías de capa y la siempre tradicional recogida de la Hermandad de la Viga entre tinieblas proporcionadas por las bengalas del reducto.
Sin embargo, el agua llegó inesperadamente en forma de fina pero por unos minutos intensa lluvia, desbaratándolo todo y lo que es peor, descubriendo las carencias que a día de hoy tiene gran parte del orbe cofrade jerezano cuando se trata de hacer frente a imprevistos de este tipo, es decir cuando se trata de demostrar los valores cofradieros adquiridos y heredados y no de escoger tal o cual marcha para una calle porque me ha dicho Periquito que ya suena en el palio del Cristo de Burgos, mandar un cambio como el Pilatos o para poner tal o cual tipo de flor en una piña cónica como el Valle. Lo cual es grave, muy grave.
Lastimosamente para todos los que desde hace muchos años gustamos de ver cofradías, con lluvias inoportunas, con soles radiantes, sin bullas y con bullas, lo que sucedió en Carpintería Baja con la hermandad de la Cena no dejó de ser una absoluta muestra de inmadurez cofrade por parte de muchos de sus miembros (no todos, por supuesto) que no supieron como reaccionar ante una posibilidad que estaba ahí y que, cuando se presenta hay que afrontar con la misma decisión y entereza con la que horas antes se asume de la misma manera, con valentía, el riesgo de salir a la calle. Quedaba despojada la hermandad del barniz de la primorosa estética al ser rascado por una inesperada espátula que descubría sus propias carencias.
Por otra parte tampoco ayudó el hecho de que los miembros de la Policía Nacional que escoltaban el paso desde Peones en vez de asumir la presencia de la bulla (bastante mermada, por cierto) y aliviar su circulación, se mostraran en todo momento broncos de entendimiento, sin que les advirtiéramos el mas mínimo sentido común, el que nos dice que cuando un cortejo de nazarenos no anda y el paso sí, los que van en medio no pueden evaporarse por el arte de birlibirloque por mucho que su deseo a empujones fuera otro.
Empezó a llover, sí, muy poquito, y enseguida la calle Carpintería Baja, hecha para el disfrute cofradiero se convirtió en una ratonera que ni desde la dirección de cofradía ni desde las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado supieron gestionar. Entonces la tranquilidad del que suscribe, con muchas bullas y pisotones encima desde que apenas levantaba un palmo del suelo, empezó a tornarse en indignación por el dantesco espectáculo que estaba viendo ante sus ojos, lamentable y absolutamente inédito, como digo en Jerez, pues insisto, este cronista ha echado los dientes en Carpintería Baja o en Letrados con bullas infinitamente más numerosas, con situaciones parecidas y siempre desenvueltas con la naturalidad que requieren estas urgencias: la prisa que se pueda llevar, según las circunstancias que te rodeen y teniendo claro cual es el orden de prioridades, primero el patrimonio humano y luego el material.
Como aquello no quedó claro, el espectáculo quedó tal que así: nazarenas adolescentes con el antifaz remangado llorando a chorros delante del paso espetando a diestro y siniestro: ¡que andéis!, ¡que anden los nazarenos!, ¡que se moja el paso! y que alguien me diga ¿qué pintaban estas chicas en puestos de presidencia de una cofradía?, costaleros encarándose con el personal y con el que suscribe instándome “a que le mirara a la carita” tras recomendarle que se tranquilizara, algún nazareno desconcertado al que hubo que quitarle el capirote para que no cayera redondo al suelo y algún otro probablemente menor de edad, rodando igualmente por el adoquinado.
En algunos momentos, la histeria comenzó a apoderarse del personal, lo peor que puede ocurrir en una aglomeración indisoluble y cuando además no era ni necesario, ni existía riesgo alguno. Paradójico fue el comprobar como algunos jóvenes que iban delante del paso se dirigían a los propios hermanos reclamándoles tranquilidad, manifestándoles que sabían andar y que lo harían en cuanto el cortejo así lo permitiera. El mundo al revés.
Al final, superado aquel trance, el paso de misterio se plantó en tres chicotás en San marcos mientras el paso de palio se quedaba plácidamente al recreo de la tregua climatológica mientras a algunos se nos intensificaba el rebote y nos preguntábamos que dónde estaba el sentido de todo esto y que si efectivamente había existido ese sentido de la urgencia en toda la cofradía o solo era para el resplandeciente primero de los pasos.
Lo que para la cofradía años antes había venido siendo una bendición en forma de bulla soberana, que la alimenta y ha venido a formar parte de su propia razón de ser como parte indivisible de su propio universo cofradiero, en estos tiempos en que tan necesitadas están las cofradías de gente que las apoye, este Lunes Santo se tornó en un molesto estorbo, aunque probablemente aquel costalero no entendiera que cuando me exigió que le mirara a la carita, yo estaba allí no para perjudicar el posible resguardo de una cofradía sino para acompañar al Señor, rezarle y no perderle de vista desde el limitado hueco de una acera. Quizás tampoco lo entendieron los que con sus empujones lo único que consiguieron fue que unos cuantos chiquillos quizás se piensen si salen o no el año que viene con su Señor de la Cena porque hubo quienes no asumieron la regla metafísica de que, haya bulla o no, si la Cruz de guía no anda y el paso se apresura por una calle estrecha, lo que hay en medio corre serio riesgo de ser víctima de un aplastamiento. Pero no pasa nada porque la Cena triplica en nazarenos a los que se presentan a la igualá del primero de los pasos.
Las comparaciones siempre son odiosas pero a veces hay que acudir a ellas para asumir una inferioridad manifiesta. En este caso sólo hay que hacer referencia a las imágenes que tan sólo unas horas antes nos llegaban desde Sevilla. Que todo esto sirva para que tomemos conciencia de que las cofradías están perdiendo alarmantemente un factor humano formado, comprometido y forjado en los valores que nuestros antecesores nos trataron de legar con celo de quienes no quieren que un patrimonio de esta índole se pierda. Pero no personalizo en nadie. La paciencia, la decisión, la comprensión, el respeto y sobre todo la capacidad de priorizar las distintas urgencias han sido siempre virtudes del buen cofrade. Un paso vale mucho para una hermandad, pero infinitamente menos que la integridad de sus hermanos y devotos, porque su menoscabo sí que es irrecuperable.
Mi crónica empezó en el cielo y acabó en el suelo. Pero es que así fue, bajo mi humilde criterio, el Lunes Santo en Jerez de la Frontera: de luces radiantes y sombras negras, muy negras.