
Lunes Santo de claros y oscuros. Jerez de la Frontera despertaba entre perversas nubes del sueño de la recuperación de una estampa. La de una cofradía nada menos. Quien sólo se quedó en que volvía un paso es que quizás no supo profundizar lo suficiente en la verdadera trascendencia de este regreso, la del mismo epicentro estético sobre el que lleva girando muchos años el universo cofradiero de la feligresía de San Marcos. Y a punto estuvimos de quedarnos de nuevo dormidos en el letargo de una climatología caprichosa y certera, la que al final de la noche, jugó una mala pasada a las hermandades con un latigazo insospechado y trapero.
LOS CLAROS...
San Marcos volvió a ser ese lugar de culto anual al que nunca
me arrepiento de ofrendar laureles cofradieros como memorias que damos a
aquéllos rincones que tienen méritos para ellas. Me parece que es ser justo
describir cada año a la hermandad
sacramental de la Cena bosquejada en una verdadera paleta de colores que se
cruza ante nuestros ojos como una sutil vaharada de incienso cromático. Yo
nunca he visto mejor contraste de colores que el que nos surte el lienzo que se
conforma cuando sale la Cena a la calle: ocre y pardo de los muros del templo,
verde fogoso de hojas hilvanado de blancos azahares, intensos rojos y blancos de
antifaz y túnica, dorados nuevos brillos del canasto, plata del palio, azules
intensos del manto de Caro, grisáceos chinos de la calzada, celeste inaugurado
en el cielo y roto encalado de las fachadas que acechan al respiro de las
anchuras.
De nuevo fue el órgano de la parroquia el que nos encogió el alma de la impaciencia con sus acordes ahogados entre las bóvedas del templo. Desde fuera, la misma imagen de siempre: primeros humos que se funden con el viento, periodistas levantando el micrófono buscando el captar de los sonidos de siempre y últimos nazarenos que avanzan entre la muchedumbre intentando volver la vista atrás antes de que el diputado de tramo les llamara exigente a seguir su camino. El Lunes Santo de Jerez no tiene otro comienzo que el de la mágica Función que se despliega ante nuestros ojos como un apéndice de cuidadísimo pontifical sacado a la calle e investida del mayor rigor litúrgico y cofradiero.
La salida de la Cena de Jerez es con mucho una cátedra de la
estética cofradiera. Sus titulares son los duendes y ángeles que se
arremolinan
en torno al centenario templo para insuflar de sabiduría a los brazos
ejecutores de la obra suma. Mientras tanto, algunos creen levitar ante tanto
derroche de armonía y magnificencia. Otros simplemente, intuyen que la banda
suena bien o que los costaleros operan en un ejercicio de zancadas con tronío. Pero la Cena es mucho más que todo eso. La
Cena no es un ejemplo de afiliación a una tesis, ni muestra de proselitismo
cofradiero. La Cena es evangelio en sí misma, ha creado su propio manual de
estilo al que no le faltan neófitos que ya vienen educándose en esta particular
demostración de fe. Cuando pasó el Señor, una marcha tras otra, entre costeros
insondables de belleza y eternos en el tiempo, nos quedó la sensación de que es
posible alcanzar la perfección cuando se es capaz de engarzar los elementos que
Dios ha puesto entre tus manos como licencia para paralizar el tiempo.
Me voy a acordar de Romero Murube en unos versos que vuelven a la actualidad cuando lo que es costumbre desde antiguo despierta en los hombres andaluces aletargados sentimientos, que son los que han quedado unidos inexorablemente a sus caracteres: “El aire queda vencido en la pared de mi carne. /Las esquinas giran locas alrededor de mi talle. /Pájaros perdidos cantan porque mi lengua no hable.” Con la trasera del Palio de la Paz escapándose de entre las manos como consecuencia de la fugacidad de los ritos fuimos a buscar otras experiencias deshechos en mil pedazos, como juguetes rotos en manos de los caprichosos perfiles del gozo. “¡Ay, se me corta la vida, en el cristal de esta tarde!”. ¡Maldita, la tarde del Lunes Santo en San Marcos!
La Candelaria
lleva en sus túnicas aromas de barrio castizo. Eso quiere decir que lejos de los
nuevos bríos periféricos, de la raza y el coraje de cofradías nacidas al abrigo
de los nuevos entornos, la hermandad retoza en la comodidad de las décadas y en
la satisfacción de quien se siente desde hace tiempo aceptada en una gran
familia, sin la exigencia de tener ya mucho que demostrar, más que el
mantenimiento de la llama viva de la fe de una Plata que fue tentáculo y hoy es
corazón mismo de la ciudad. Dejándonos llevar por esta intuición, el cronista
llegó a la calle Pizarro a confirmar lo que a priori nos temíamos, que de
aquella Candelaria, contrapunto enérgico del Lunes Santo, efluvio de barrio
alegre y jovial, apenas quede un lánguido ejemplo de cofradía que nada en el
mayor de los conformismos procesionales.
Por eso nos escama la corta presencia de nazarenos y la
desigual evolución de sus dos pasos, lejanos todavía del mejor de los ideales
cofradieros. Respecto del primero, obra desaprovechada de Guzmán Bejarano, no
hace falta ser muy avezado para concluir que allí no cabe el conjunto escultórico
que se ha montado y que la obra del imaginero isleño no es el mejor ejemplo de
escultura contemporánea. Del segundo, lo provisional se ha convertido en
definitivo por la cantidad de años en que sus trazas no han sido objeto del más
mínimo proceso de revisión. Sus bordados en aplicación se han quedado ya para
la solución estética del procesionismo de las asociaciones juveniles y no para
una hermandad que supera la cincuentena de años.
Aún así, gustó por las calles Pozo del Olivar y Guadalete, el deambular de la cofradía, con la prisa justa y el ánimo intacto, antes de que el agua volviera a aparecer y quedara la hermandad refugiada en la Catedral hasta el Domingo de Resurrección. La Agrupación Musical de la Sentencia se ha erigido como el mejor acompañamiento posible para el Señor de las Misericordias algo perdido entre un maremágnum de figuras. Su andar definitivamente de frente y sin alardes, el mayor de los aciertos. La Virgen, obra de Manuel Prieto, hermosa y dulce, reviraba a Guadalete con la marcha “Virgen de Montserrat” como una de las muchas de un elenco que pasa por ser el que mejor le viene a este palio jerezano.
La catedralicia hermandad
de la Viga no es que no quiera
liderar empresas mayores, es que sencillamente no puede. Pero en su favor hemos
de decir que sus maneras son inmensamente mejores que las que despedían la
década de los noventa y ahora está mucho más definida en la calle. Y en el
templo. Porque los cultos de la pasada cuaresma fueron para quitarse el
sombrero de la mayor de las admiraciones. Ahora la impronta de la Viga es
elegancia en torno a la austeridad anatómica del Crucificado. El “gótico
doliente”, lo llaman. Me parece bien. Es la definición de un sello propio. Por
detrás, la copatrona de Jerez, la Virgen del Socorro suplió algunas carencias patrimoniales
con el tierno rictus de un rostro concebido en el Dieciséis y el exquisito
gusto con que iba vestida. Su acompasado andar, al magnífico acompañamiento de
la banda de las Angustias de Sanlúcar la Mayor, que interpretó un exquisito
repertorio, supuso otro año más, la mayor de las atracciones. Fue además, la
primera vez que el cronista escuchó Osanna
in Excelsis en la calle, lo que hizo que se tambalearan las sensaciones en
la oquedad de la calle Tornería, cómo no, otra vez, testigo mudo de la
satisfacción de mil y una aspiraciones cofradieras.
Antes de alcanzar el ecuador de la jornada, el profundo sabor ascético de la hermandad de Amor y Sacrificio nos enseñó cual es el verdadero valor de la Semana Santa: la penitencia. Despojados de la traicionera condición de estetas que todos llevamos dentro, agarrados al mayor de los Dolores de la Virgen esbozado en su boca entreabierta y la mirada hacia el infinito, la Virgen de Amor y Sacrificio, en su severo paso de madera cargado por hombro y horquilla, pasó súbitamente por la Plaza Aladro y nos recordó que de nada sirve todo un dechado de maestría costalera, perfección de bordados simétricos y ampulosidad de misterios y escenografías cuidadas sino llenamos el sobre con reflexión, sentido de la contrición y propósito de enmienda.