viernes, 16 de abril de 2010

LA PAZ, RADIANTE ESTRENO

Estrenaba el domingo de Ramos su mediodía en el Porvenir con los rayos del sol abrasando las espaldas enchaquetadas. La ciudad sacaba lustre a su primavera novedosa y estrenaba los primeros treinta grados del año. La caballería avanzaba al compás mesurado del galope por la calle Río de la Plata y cogía la delantera del compás de San Sebastián que abría sus puertas a la hora de siempre, porque al final no fueron las obras del parque impedimento alguno para que el comienzo de la Semana Santa fuera el de siempre, el de todos los años.

A lo lejos, en la revirá, contemplamos como Sevilla daba a luz una nueva Semana Santa y traía al mundo otro año más a una hermandad de capa, blanca y radiante. La Paz, cofradía de una vez, puso en liza lo que mejor sabe hacer que es sentirse a gusto en el imperio de la escenificación procesionera, más allá de los grandes dechados artísticos centenarios, que en aquellos momentos aguardaban su turno en otros templos.

En el barrio, luego en el Parque y ya de vuelta por la Contratación, la Paz sabe conjugar perfectamente los elementos con que cuenta. La vimos coquetear con la mañana calurosa de los niños pidiendo caramelitos junto a la Plaza España. La contemplamos andar largo por Palos de la Frontera mientras el canasto dorado refulgente de su Misterio jugaba al escondite con el solano vertical. La disfrutamos volver en la penumbra de las últimas luces cuando el techo de palio deja de servir de crisol mágico y se enciende la cera de la candelería que dieron a la Virgen otro color muy distinto, casi anaranjado. Entonces fue cuando la hermandad dejó de ser patrimonio de los niños y se convirtió, con el sutil movimiento de las borlas del palio, en propiedad de los capillitas. Así me lo hizo saber un efímero compañero de bullas: “fíjate que los pasos de palio con Antonio Santiago no se mueven ni los cordones del palio”. Sonaba "Pasa la Macarena", y no, no se movían.

 

JESÚS DESPOJADO Y LA EXTREMA PESADUMBRE DE UN PRESO.

El Despojado es otra cofradía que sabe ajustarse plenamente a los rigores que plantea la jornada de las palmas, tan distinta del mediodía a la noche. La última vez la había visto regresar por las calles estrechas del Arenal que es cuando el palio de los Dolores y Misericordia se parece más que nunca al de la Carretería y la noche recién estrenada parecen las últimas horas del Viernes Santo. Este año, en la Magdalena, ante la inmensidad de la plaza, el paso de misterio nos pareció más pequeño, envuelto en una nube de incienso, mientras avanzaba entre izquierdos y costeros en el sitio al gozoso y rancio sonido de la vieja Agrupación de la hermandad, reorganizada al efecto treinta años después. El Cristo de Antonio Perea, el mejor reflejo escultórico del sufrimiento de un preso, apenas pudo cambiar ese rictus de tormento a pesar del trabajo de sus costaleros, los que en cada mecida quisieron acunarlo y aliviarlo en su extrema pesadumbre.

Por detrás, un misterio de la Sacra Conversación que se quedó a medias y ahora nos muestra la sola presencia de la Virgen y el San Juan que la conforta al lado opuesto de lo habitual. Francamente bien ha quedado el palio, cuyas caídas, año a año, van adquiriendo la gracia deseable en su movimiento, tan extraño en sus primeros envites. La banda de Valverde del Camino, que ha sustituido a la defenestrada Filarmónica de Pilas, cumplió sobradamente el expediente, acometiendo en aquél populoso rincón la marcha “Virgen de Montserrat” de Pedro Morales, guiñando el ojo a la vecina cofradía que le devolvería la visita unos días después.

 

ZAQUEO Y EL HOMENAJE A LOS PADRES Y NIÑOS SEVILLANOS.

Al compás de la Laguna fuimos a buscar la Cena por María Coronel, no sin antes mostrar nuestros respetos al Dios de los niños sevillanos que camina a lomos de un borrico, el mismo Jesús de las palmas al que a esa hora agasajaban y poco después condenarían, al tiempo que se disponía a cruzar la plaza del Duque ante la atentísima mirada de padres y chiquillos. El paso me sigue cautivando al igual que el añejo sabor de las imágenes roldanescas del Señor de la Entrada, Pedro y Santiago y las últimas incorporaciones debidas a la factura de Juan Abascal tan asimiladas a aquéllos rasgos.

Lo que poca gente sabe de este conjunto es que en él se revelan dos escenas fusionadas pero distintas y separadas en espacio-tiempo, por un lado, el propio recibimiento triunfal y por otro, el momento en que el publicano Zaqueo intenta ver la llegada de Jesús a Jericó. Quizá con ello la ciudad buscaba una meritoria alegoría del mismo Domingo de Ramos en que los padres sevillanos suben a sus hombros a los niños para que éstos puedan alcanzar a ver algo más que las piernas de la gente y como quiera que sea ésta la procesión de los pequeños, a Zaqueo le hicieron cuerpo de infante y le pusieron cara de niño sevillano embobado con el repiqueteo de los tambores y los pies de los costaleros.

 

LA CENA, SEÑORIAL ELEGANCIA.

Enseguida, quien suscribe avizoró otro blanco cortejo, éste de facciones más severas y recatadas, al final de la calle Laraña, donde dicen que había un mercado no hace mucho y ahora se libra una furiosa batalla de titanes de hormigón por donde las cofradías poco más pueden hacer que pasar apresuradamente. Ya en San pedro adivinamos los frescos víveres, que un año más, venía a darnos a probar el canasto de la Sagrada Cena. La revirá del paso de misterio al melódico sonido de la banda de las Cigarreras fue como pegarle un buen pellizco a la telera de Alcalá que iba en la mesa.

De nuevo dos escenas evangélicas que se dan la mano aunque no estén representadas de forma sobrepuesta como en el anterior. El lavatorio de pies del Señor a los Apóstoles y la institución del Sacramento Eucarístico. Del primero nos queda el detalle del aguamanil y la toalla, como preclaro homenaje a la memoria de la extinta cofradía del Lavatorio y la Virgen del Pópulo que se erigió en Santa María la Blanca. Del segundo, un excelso legado en forma de misterio obrado por dos de los mejores escultores contemporáneos: Sebastián Santos y Ortega Brú, donde se adivina ese controvertido contraste entre el hieratismo dulcificado del Señor y la fuerza y el colosalismo de los apóstoles. Y no, no es que sea hermosa la fachada de la calle Imagen cuando pasa una hermandad, pero si que lo es, la puñalada de luz que la atraviesa como por ninguna cuando está el cielo abierto y atrapa los cuerpos envolviendo las escenas y los diálogos, para que mereciera al menos cierta veneración y una adoración de sobremesa por nuestra parte.

Un poco más adelante, ya entregados de nuevo al imperio del adoquín y el naranjo cuajado en azahar de la muy sevillana calle de Doña María Coronel, los dos últimos pasos de la hermandad de los Terceros continuaron provocando en la muchedumbre esa gozosa sensación de estar ante una hermandad que maneja con sapiencia hasta tres propuestas procesionales distintas envueltas en un mismo sobre de suprema elegancia y distinción, sin sucumbir a los cantos de sirena provinientes de las farras del mediodía del Domingo de Ramos.

Tras el enjuto y siempre discreto Cristo de la Humildad y Paciencia, la Virgen del Subterráneo abochornó con su belleza al apostado público en la intersección con la calle Gerona. Volvió a sonar en aquel rincón, como es costumbre, “La Madrugá” de Abel Moreno, instantes antes de que el paso quedara firmemente encajonado entre las frondosas copas de los naranjos y ya sólo quedara tiempo para admirar en su quietud el romántico legado de sus trazas y el lozano esbozo de Dolorosa dieciochesca, delicada y emocional.

 

LA ESTRELLA Y SU PUENTE.

Lo de la Estrella en el Altozano y el Puente en mis convencimientos, ha dejado de ser un tópico evitable para convertirse en lugar de culto. Uno, que ha sido siempre amante del batimiento de las cornisas con las perillas de los palios, allí donde los capillitas encontramos el norte, reticentes normalmente a contemplar cofradías en amplitudes regentadas por carritos de niños chicos, ha encontrado este año en aquél lugar un nuevo centro de referencia, y ante la experiencia vivida, no puede sino quitarse el sombrero ante tanto derroche de hermosura y prometer el rezo de catorce padre nuestros como expiación de tamañas culpas.

La tarde estaba como manzana en arenales, dispuesta con mucha luz entre reposos de lluvias. La cámara de fotos protestaba los agresivos contraluces y no era capaz de parir con nitidez más allá de oscuras siluetas, las que en aquellos momentos me parecieron suficientes testimonios de grandeza. Apenas advertía poco más que la crestería del palio de Ojeda y los dos cuerpos de la capilla concursando por una belleza que a esas horas la primavera de la ciudad venía dispuesta a arrendar a través de los ojos del puente.

La Virgen de la Estrella, es el primer palio que se va, el primero que nos deja la estela de su manto y la miel en los labios, la primera que queremos remontar por sus costeros para que no se nos escape, como tantas que al final se alejarán definitivamente. Suena “Virgen de las Aguas” de Ramos Castro, tan sobre los pies que el paso parece que va flotando sobre las mismas aguas del río y en su rostro le vemos, de perfil, los Dolores que, por primera vez, creemos poner nombre: Luisa Roldán, La Roldana. El IAPH nos ha aclarado muchas dudas, como también nos las han venido aclarando durante décadas los nazarenos de largas filas cuando cada año devuelven Triana a Sevilla con su sello y los hermanos costaleros, venturosos ellos que mecieron a la Virgen al compás del golpeo de los abanicos de las trianeras que esperaban a los pies de bronce de Belmonte su paso lento y quedo.

Por delante el Señor de las Penas, zapatero de Triana, sentado en su silla de Quidiello, buscando con el izquierdo por delante ese puesto fronterizo donde la Magdalena le concede a la hermandad la venia de paso de la Semana Santa según Triana y queda sellada con una levantá al cielo del primoroso paso de misterio que don Antonio Martín este año habrá visto desde una barandilla celestial. Curioso y rompedor el exorno floral tan alejado del clasicismo habitual de la cofradía de la calle San Jacinto.

 

EL AMOR Y LA INTIMIDAD DEL SALVADOR.

El cronista ha visto pocas veces más gente junta que la que había en la plaza del Salvador a la salida del Amor. Pero bulla de la que se dice cofrade, poca. Mucha gente, muchos apretujones, poco silencio y una jovenzuela por el móvil intentando buscar alguna referencia a su alrededor para poder comunicarle a otra amiga que se encontraba en la desconocida Plaza del Salvador. A la salida del imponente Crucificado de Juan de Mesa, casi todos guardaron silencio y digo casi todos porque algunos se resistían a sucumbir a la rancia y desfasada obligación de callar en Sevilla cuando pasa un paso, y más si es de hermandad de negro. Cuando el Cristo estaba ya terminando de bajar la rampla, el silencio por fin se hizo su hueco en la escena y ya sólo hubo algún murmullo de admiración ante la soberbia estampa del Crucificado que rasgaba en su esbeltez los desapacibles aires de la noche recién echada sobre la ciudad.

A la Virgen del Socorro, por su parte, me gustaría describirla mejor durante esos momentos en que ni siquiera ha salido, cuando aún no había podido verla, más cuando apenas se intuían los ciriales sin paso que popularizara Huguet Pretel en un inolvidable cartel. Me la imaginaba acercándose a paso racheao y chirriante sobre los mármoles del templo, cursando sevillanía en cada golpeo de caídas, dejando atrás siglos de Barroco y esplendor religioso, escoltada únicamente por el silencio de sus nazarenos y nazarenas que no se ven ni oyen pero que se sienten. Entonces la vimos llegar de costado desde la derecha de la puerta, formando la candelería una sucesión geométrica perfecta de luces y sombras y fue entonces cuando lo íntimo se convirtió en público y el viento se llevó la cofradía del Salvador, la echó a la calle apagándola entera, entregándola a los rumores lacerantes de los espectadores y la privó de la quietud museística y primorosa del templo.

Por eso se atreve este cronista a contar lo que no vio, porque en aquella maniobra de encaramiento hacia la puerta intuimos como se diluía el mismo sentido y la verdad de una cofradía cuyos cenitales momentos, paradójicamente, no fueron notorios. Luego sonó “Soleá dame la mano” y a muchos nos pareció algo fabuloso, por supuesto, pero innegablemente también nos quedó la agridulce sensación de que tras aquéllas puertas que se cerraban en nuestras narices habían latido instantes mágicos que irremisiblemente se quedaron por descubrir y se enterraron para siempre en la Sevilla de los privilegios.

 

LAS DOS CARAS DE LA HINIESTA

Yo siempre he pensado que la Hiniesta de tarde, es Buena Muerte en Pumarejo, Relator y en las revirás imposibles de Correduría y Alameda con Trajano. Es la Hiniesta que lleva en sus antifaces el mismo cielo del Domingo de Ramos y amenaza la plenitud de la tarde al paso del Cristo de la Buena Muerte arreciando sobre sus hachones, mientras las trompetas del Arahal agitan a los niños en los carritos de la Alameda y los tambores retumban en las casas antiguas con los balcones abiertos presididos por las viejas de manos entrelazadas que rezan como lo hace la Magdalena a los pies del Crucificado.

Sin embargo, la que vio el cronista este año fue la Hiniesta de noche, la íntima, la de los callejones, la de los naranjos de María Coronel y sobre todo, la Hiniesta del palio, la de la Virgen de Castillo a mecida lenta y caprichosa sobre los pies y el silencio de los capillitas buscando en cada esquina una trémula chicotá interminable, otra más, hasta que la llevaran a cruzar la ojiva de la Parroquia. En su regreso a San Julián, escuchamos La Estrella Sublime que dirigió nuestras miradas hacia el Palio que ignoraba con su garbosa belleza el adefesio de las setas cuando salía de Puente y Pellón. Rodeando San Pedro, el Carmen acometió La Esperanza de Triana de Farfán y ya en María Coronel, recién abiertas las puertas de su propia dimensión cofradiera, Entre Varales y Madre de los Gitanos Coronada. Todo para atestiguar que aquello no había hecho más que comenzar, que la recogida de la Hiniesta, la de noche, la íntima, la de los callejones, la del Azul apagado de los antifaces y la Plata brillante de los grandiosos respiraderos, comenzaba a gestarse ante nuestra propia impotencia anual de no poder tener el don de la ubicuidad.

 

SAN ROQUE Y EL DESCUBRIMIENTO DE SU UNIVERSO ESTÉTICO.

Otra hermandad que poco tiene que ver entre la tarde y la noche es la cofradía de San Roque. La cofradía de la Ronda no es una hermandad sencilla. Su apuesta estética no busca el halago fácil, no lo pretende. Parece decirnos en la rapidez con que surca Imagen y Laraña: “Que luego me busquéis por los lugares de donde soy dueña”, a pesar de que el Domingo de Ramos no es un día para hacer reservas o privilegios.

San Roque al no ser cofradía de culto, ni ideal de imaginarios capillitas, sigue a lo suyo y te invita con su actitud inicialmente esquiva a seguirla a partir de la Alfalfa y hasta la calle Guadalupe que es por donde sigue probablemente uno de los itinerarios más bellos de cuántos podamos gozar en Semana Santa. Esquema que sólo está reservado para veteranos de guerra.

Este año hice caso a aquellos cantos de sirena que iban prendidos en el rosario de la Virgen de Fernández Andes y me sumí en la vorágine de su vuelta a casa por Caballerizas y la Casa de Pilatos. Y no me defraudó. San Roque es tan suya que no busca la imitación fácil para ganar adeptos. Por eso el Señor de las Penas va ataviado con túnica profusamente bordada en una descarada contrariedad a la generalizada corriente de revestir a los Nazarenos con túnica al vuelo lisa  impuesta por el Gran Poder. Su cirineo no tiene detractores como en otras hermandades y las cornetas de la Centuria son banda sonora incuestionable a pesar de que los tiempos exijan como en todo, evolución y renovación. Por eso tras el altivo canasto de los hermanos Cubillo Hidalgo y Medina escuchamos la marcha “Macarena” de Puelles, envejecida y rancia, tan distinta pero tan bella al tempo marcial que acompañó a las legiones de Julio César en su llegada a Sevilla.

Ya en la estrechez de las Caballerizas, la hermandad hizo justicia al sentido de su advocación virgínea. La Gracia de Sevilla, retozó en la hermosura de las paredes encaladas con un pizpireto movimiento que se clavó en el tuétano de los que amamos el ritual de cortejo que cada año libra la calle estrecha con la feminidad de los pasos de palio. Sonaba Virgen del Valle de Gómez Zarzuela y nos percatamos de que la hermandad, tras un camino a la catedral, errante y medido para cumplir horarios, por fin había conseguido alinear definitivamente sus astros de su propio universo estético.

 

AMARGURA, LA OBRA EXACTA 

La noche estaba para acabar con la Amargura a pesar de que el cansancio invitara a no apurar mucho el fatiguismo cofradiero. Ahí es nada. De nuevo el reencuentro con la misma Pangea sevillana que definiera Carlos Colón en un recordado artículo. De ahí nacieron todas las demás, aunque nosotros hubiéramos empezado al revés.

La Amargura regresa a San Juan de la Palma con la misma planta con la que salió. Su cruz de guía avanza cual eje de simetría referencial del manto de Ojeda que se va bordando como si cada nazareno fuera una puntada en el mismo bastidor de sus hechuras. Cuando llega a Santa Ángela la hermandad empieza a acabar su obra, la única que ni ha perdido fuelle por el camino, ni por el contrario se ha encomendado al calor excesivo de los regresos. La Amargura es un témpano desde que sale hasta que entra. Es la misma constante desde que se abren sus puertas hasta que se cierran. Una estación de penitencia plana y cepillada, sin asperezas.

Vemos en la estrechez conventual Al que tomaron por Loco resignado y solo. Su túnica blanca ni reluce, están apagados sus brillos, pero de su paso de misterio no hay nada que sobresalga, ni nada en concreto que nos haga fijar nuestra atención. Todo es medido, como el compás de su andar largo, ya sea en anchas vías o apretados enclaves. Todo el conjunto nos seduce. Los Villanueva apenas alzan la voz. Se dan las órdenes de mando justas para poner ojos a unos costaleros que trabajan de memoria.

Por detrás, la Virgen va al encuentro de su propia litografía. Allí la han pintado y fotografiado desde antiguo. La Virgen y las monjas, en el único momento en que San Juan echa el pie atrás para que sean ellas las que la conforten, dice que las mujeres entre ellas se conocen mejor. La Amargura habla por sí sola cuando pasa por tu lado. Su candelería encendida en la noche oscura es como una luz que aparece y nos guía en la oscuridad de nuestros temores y desvelos cuando ya no confiábamos en su existencia. Entonces en su rostro, comprendemos que lo que María sufrió por Amor no está comparado con nada, que su Amargura no puede equipararse a nuestras nimiedades cotidianas. San Juan ya no sabe como mirarla y como arrullarla. Mientras pasa, meditamos todo eso y poco nos falta para esgrimir un lacónico suspiro. Y por si fuera poco, las notas de Font, el rechinar de la orfebrería, el fulgor de los cirios encendidos, la oscilación ligera de su palio, nos convence de la evidencia de que todo esto ha quedado como un testimonio vivaz, consolidado e indestructible que la Hermandad ha guardado para sí a lo largo de los siglos y que cada año tiene a bien mostrarlo al mundo para se perfilen nuestros horizontes de edenes cofradieros y se insuflen nuestros sentidos de un efímero vapor de ensueño.


Publicado por Desconocido @ 2:20  | Sevilla
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