Ha llegado el Viernes de Dolores, otra vez, sirviendo de frontera natural entre el desarrollar de los traslados de nuevo cuño y la arrolladora llegada de las vísperas. Hoy, las efigies arrejuntadas sobre cajones de madera han cedido su protagonismo a las citas de la festividad de los Dolores que, desde esta mañana, han venido a producirse en distintos templos de la ciudad así como a los primeros nazarenos que han surcado las calles y avenidas de nuestros barrios.
MEDIADORA DE LA SALVACIÓN, UN PASO MÁS
Estamos de acuerdo. La cofradía es un grano de arena en una playa de batalladores proletarios, barrios cuyos vecinos luchan diariamente por vivir dignamente regateando como pueden los azotes de la crisis. La hermandad entonces es pequeña, muy pequeña, ante tanta magnitud, la zona oeste de la ciudad, la más poblada. Tan pequeña es, que está ahí anualmente, medio acongojada, casi sin poder decir que hoy es Viernes de Dolores y la calle es mía.
Pero empecemos haciéndole justicia, por lo laboriosa que ha sido en los últimos años. De ello ha extraído un fruto en forma de palio que ha satisfecho, por fín, muchas ilusiones y ha hecho realidad un sinfín de sueños.
Ahora la puesta en escena es otra cosa. Tiene apariencia de hermandad de penitencia y no de rosario vespertino. El conjunto en general está quedando muy digno aunque todo tenga visos de provisionalidad.
Hemos descubierto este año su transitar por el Parque del Oeste y ha resultado muy idílico. Allí hemos escuchado "Cristo en la Alcazaba", "Marcha fúnebre" de Tahlberg y "Alma de la Trinidad. Ha sido una lástima el recio viento que impedía que el trono estuviera iluminado por los cirios de la candelería. El cortejo ha estado muy ordenado, vistoso y compactado. Los portadores, faltos casi todos de experiencia, han deslucido en su andar algunos momentos.
Sin embargo, lo que hemos podido contemplar otro año más es que la cofradía de Mediadora sigue fiel a sí misma, con independencia de que muchos aún no veamos la sintonía de sus hechuras con la zona. Hechuras, intachables, por supuesto.
LA EXPIRACIÓN VUELVE AL BARRIO
Hay pocas cofradías en la ciudad cuya grandeza radique fundamentalmente en conceptos tan volátiles como el señorío o el estilo. Y, además, que esos rasgos los hagan prevaler sobre sus ademanes cofradieros, y aún así, desde la siempre exigente mirada capillita se les excuse en todo, o casi todo, porque es la hermandad que es y no quede mucho más de lo que hablar.
Por eso esta noche en el barrio no ha faltado nadie. La Expiración ha salido a la plaza de aquel señor que mucho tuvo que ver en lo que hoy vemos, don Enrique Navarro, a pasearse por el Perchel con aires gallardos y limpios. Ha sido una noche de matacanónigos, de esquinas traicioneras mientras andábamos de espaldas delante del trono de la Señora de los Dolores. El Señor, como siempre, más perdido entre la muchedumbre y la escolta de la Guardia Civil, ha recibido una saeta en calle Ancha bajo el retablo cerámico de la Virgen del Carmen.
Ha vuelto el Perchel a la vida al paso firme de la Virgen, primero por Montalbán, luego por Arco y Malpica, Ancha, iglesia del Carmen, para bajar posteriormente por Peregrino y Conde Duque de Olivares y de nuevo Ancha. Mucho tiene el barrio para que nos guste del modo que nos regocija y recrea, aunque poco quede de sus farolas de yerros o losería graciosa.
Han sonado, quizás en exceso, marchas de corte alegre como "Pasan los campanilleros" o "Rocío". Pero me he de quedar con "Margot" o "María Santísima del Subterráneo" como dos de los instantes más sublimes de la antesala expiracionista, aperitivo para lo que será su próxima Estación de Penitencia del Miércoles Santo.