Sentado en una silla de tijera, asido al tacto terso de los cirios, imaginas con tus ilusiones guardadas en el bolsillo una Semana Santa envidiable, una de esas en que al acabarla, la acción de tumbarte en la cama, la sientas como el regocijo de la mejor recompensa. Ves como las mismas puertas del Oratorio se abren en la jornada del Martes Santo, cuando los demoledores rayos del lorenzo vienen a romper el lóbrego espacio porque es el día en que el sol endereza sus destellos hasta reforzar el colorido de los globos y los verdes duelen a los ojos manchados de blanco azahar.
Son estas horas de las vísperas, cuando ya no queda nadie en el templo, las que nos proporcionan los ansiados momentos nuevos en que sólo somos cuatro o cinco los protagonistas que acuden a la cita con la intimidad, y aprecias como se diluyen las conversaciones entrecruzadas por el fondo del callejón. Cirio a cirio, pena a pena, alegría a alegría, comenzamos a quitarle las lascas al tiempo. El reloj se desnuda poco a poco de minutos y horas agradables de tertulia.
Mientras, sobre el paso de la Madre, el vestidor despliega una argamasa de versos como canto a la suprema aflicción y serena majestuosidad de la Virgen hasta conformar una verdadera poética de alfileres.
De fondo suena “Amarguras” y el templo es toda una galería museística con exposición efímera de quietud y arte. Apenas queremos sesgar la monotonía de la escena dormitada en el lienzo. Los albaceas han tejido un boceto de sombras que en la penumbra del templo llegan a atravesar el alma de quien tiene el privilegio de contemplarlas sin vociferios, ni ligeros transeúntes.
El alma se nos está yendo por los ojos hacia el Señor que parece exclamar que le falta el aire. Nos duele en ella que no podamos dárselo.
¡Id sacando los últimos cirios de las cajas que ha enviado Bellido! parece exigirnos un invisible dios Cronos cofradiero tan cruel y arrollador durante la semana de vísperas porque son días en que se palpa que todo está a punto de eclosionar de una manera irreprimible.
Poco a poco, lasca a lasca, el reloj se va despojando de horas y desvelos y sin apenas darnos cuenta, las pocas semanas han pasado hasta que de la nada ha surgido todo un dechado genuino de las más peregrinas artesanías coronado por la aterradora efigie del Cristo de la Agonía y la severa aflicción de la Virgen de las Penas.
Quizás quede finalizar la fundición de la cera y llenar de flores las jarras. Pecata minuta. En lo que ya se puede contemplar, se presuponen muchos siglos de anhelo y demostración ferviente. Ya se palpa ese rumor maravilloso, ese dolor intenso de todos los pecados del mundo y esas trémulas miradas de los pocos hermanos que van a ser en las nocturnas horas de hermandad, un anticipo privilegiado a las miles de saetas oculares que habrán de ser puñal de amor infinito hacia las Imágenes por las calles de la ciudad en la jornada crismal.
Las manijas nos advierten que poco queda para que las puertas se abran de par en par y la función haya de comenzar al campanazo ordenado puntualmente por el diputado mayor de gobierno. Para entonces ya le habremos ganado la partida al dios Cronos y todo habrá quedado listo para que en el día señalado, el sol quiebre las aristas de las luces, rompa definitivamente la quietud del boceto firmado por los albaceas de las sombras y refuerce con sus destellos, el colorido de los globos y los verdes manchados del blanco azahar hasta que nos duelan a los ojos.