miércoles, 03 de febrero de 2010

Hacía un frío terrorífico en la ciudad cuando el Señor de (la) Pasión comenzó a surcar los corredores sombríos del centro histórico en busca de su misma historia, la que apenas pudo desmenuzar hace unos días entre edificios de nuevos visajes, debido a que no se puede buscar lo ya no está o apenas queda. Y eso que no son muchos los años, setenta y cinco, aunque parecen más en esta tierra que ha devorado hasta el mismo tiempo con su afán especulador. Por eso, la conclusión extraíble del desarrollo de estos recorridos temáticos que tanto se estilan últimamente por cualquier efeméride, es que siempre quedará el sinsabor de que quizás ese revisionismo hubiera sido más fructífero y enriquecedor emprendido únicamente desde una labor de definición curtida en algunos años de biblioteca y expuestos sus resultados en una interesante conferencia.

Con lo cual el simbolismo desdeñable de los lugares que visitó la Archicofradía fue lo de menos. Como también lo fuera la lectura misma de las Estaciones que apenas pudimos oír siquiera musitar. Lo de más fue gozar del inefable perfume de las hermandades que con sus maneras tienen mucho que decir y tienen la virtud de seguir haciendo suyas las calles pretéritas y nuevas las cosas atávicas, ajustadas a la ciudad ya desterrada de lo antiguo, despojada de los colores, las emociones y el valor de lo espiritual.

(La) Pasión, recordó en su cachazudo transitar, que es de las pocas cofradías que pretenden con su ejemplo, seguir promoviendo la sensación de perpetuidad, defendiendo la inmutabilidad del alma en una ciudad condenada por la desgarradora pérdida de su patrimonio, que se prepara eternamente para morir pero que nunca lo hace.

Hubo aquí, por unas horas, el andar flemático del colosal Nazareno de Luis Ortega Brú delante de los jardincillos de San Agustín, bajo las rejas del viejo instituto Gaona donde más de uno advirtió la presencia incorpórea de un saetero, por la puerta de Buenaventura, iglesia del Sagrario y la fachada trasera del Obispado. En cada esquina nos pareció palpar el poder que tienen las cofradías para reordenar puntualmente las cosas y del que muchas no son conscientes. En las oscurecidas galerías urbanas, advertimos la armonía impuesta por el talle de Jesús Nazareno que se deslizaba oblicuo por los balcones decimonónicos, señalando con su cadenciosa zancada la simetría de los cuerpos a través de sus cuatro faroles, las hileras de cirios y ciriales, el murmullo colectivo y la medida perfecta en una vaharada de incienso.

Había causado admiración el Señor durante toda la tarde. Los temores iniciales sobre el ajuste a las andas de las dimensiones del portentoso Nazareno se diluyeron con la facilidad con que lo hace el azucarillo en un café. Casi todos lo encontramos en la estrechez sugerente de una calle aguardándolo en un pequeño zaguán. Los menos se dieron de bruces con los pretiles enjalbegados de azoteas y balcones. Algunos ni lo esperaban y lo hallaron predicando su Mensaje de paz y armonía mientras los fieles recapitulaban la tortura ignominiosa.

Por eso cuando el Señor regresaba al templo tras doblar recodos y abordar con precisión de escuadra y cartabón, las rectas callejeras, comprobamos como la exactitud de las formas, el sentido armonioso de las cosas, de nuevo se evaporaba ante nuestra mirada estupefacta. La ciudad recuperaba su pulso vital con la rapidez con que crecía el nivel de decibelios en la plaza de los Mártires. El Nazareno dejaba la calle y tornaba a la quietud de la Iglesia, dejando a los vecinos en un nuevo universo sin estrella, en un espacio sin referente, una ciudad sin sol ahogado por la inminencia de su crepúsculo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Publicado por Desconocido @ 3:29  | Málaga
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