El 14 de Noviembre repicarán las campanas de la Trinidad. Los chavales dejarán la pelota en el garaje y lo esperarán en la esquina con el ritual cosquilleo del Lunes Santo. Las mujeres llevarán varios días cultivando esa trabazón sagrada con la tradición, que es lo único que ya les apega a las calles destartaladas. Son los vecinos los únicos que saben crear esa particular atmósfera, efímera, puntual, propiciada por la maquinaria cofradiera que sigue bien engrasada como el primer día, y que con su presencia, aporta ese soplo de humanidad, que es el que siempre les alivia en su eterna agonía.
El Vecino predilecto, el que suele vestir de blanco, volverá a llenar las calles de vida. Levantará las persianas de la desazón. Cubrirá de devotos y oraciones los espacios abiertos por la desidia. Bajo su trono irán esos hijos pertrechados de plegarias y deseos de mejores fortunas. Las calles Jara o Zamorano recuperarán las carreras de los que llegan tarde a su paso. Borrarán de un plumazo su aspecto fantasmagórico y trazarán un cuadro de siluetas genuinas coronadas por tres potencias y un cuerpo triangular. Los gatillos se esconderán asustados en cualquier rincón. La procesión no va con ellos.
Se cumplen setenta y cinco años de vida de un verdadero eje vertebrador. Una cofradía que ha sido en el barrio, hermandad, oenegé y hasta centro cultural. A ella pocos no se han acercado. Para pedir una foto del Señor o de la Virgen, para llevar un clavel, para pedir un puesto en las filas, para participar de promesa o simplemente para olvidar un mal rato.
Probablemente allí estará el alcalde, cumpliendo con puntualidad con el rito que menos hace falta en la feligresía. Pero no le reprocharán nada. Con el Señor en la calle, no será el momento de ajustar legítimas cuentas. Jesús Cautivo, deambulará con lentitud soñolienta, por la Calzada y Carril y ya de noche volverá a casa, quizá de madrugada, con las manos siempre atadas remedando a los que durante la última centuria han vivido presos en penurias y desdichas.
Por eso, porque lo vieron como a ellos, porque acertaron a verle en su cara el mismo rictus inquieto y turbado. Porque entendieron que siempre había un Nazareno que había sufrido un castigo mayor, y que Él podía ser el único que consolara sus lamentos, le tomaron como centro de sus preces, un verdadero Salvador.
Ahora que lo pienso quizás lo del aniversario o la medalla hayan sido simples excusas. Quizás sea que el barrio lo necesita por sus calles, acercándose a los que ya no pueden ir a verle. Probablemente, por los tiempos que corren, ya no sea suficiente con la efervescencia del Lunes Santo. Así se lo han hecho saber a la cofradía en el trasiego diario, en cada plegaria musitada a los pies de la reja en San Pablo. A lo mejor el barrio se desangra lentamente, sin vuelta atrás y a su gente no les quede más a lo que agarrarse. Tan sólo a sus cofradías, a sus propios cordones umbilicales que son los que aún lo sostienen en el limbo de la incompetencia, entre la vida y la muerte. Por eso sale Jesús, el Cautivo, como en las Santas Misiones de las penurias postbélicas. Para arreglar lo que los humanos no pueden y para devolver la esperanza a los que sufriendo los rigores de la vida perecen entre desconchones asomados en los balcones.