jueves, 10 de septiembre de 2009

Había leído en portales cofradieros de diversas ciudades una apreciación que por particular no deja de ser cierta. En período de crisis, las procesiones, como cualquier acontecimiento o distracción destinada al público general que se celebra en la calle, y porqué no decirlo, sin necesidad de repercusión en los bolsillos, han sufrido un repunte generoso de apoyo popular en los últimos tiempos. Ejemplos de lo aludido en nuestra ciudad pueden encontrarse en la pasada Semana Santa, especialmente en los días festivos, el domingo de Corpus, y más recientemente, en la procesión de la Victoria, de cuyo transcurrir no hay muchas novedades que contar, más que fue mucho el público que la acompañó, como es ya tradicional, en su primer tramo del recorrido –desde la Catedral hasta Uncibay-  continuando con esa línea ascendente que viene observándose desde el cambio de siglo.

Así las cosas, el trasiego de populacho fue constante desde bastantes minutos antes de que se abrieran las puertas de la catedral, extremo que denotaba una palpable ilusión en el personal cuando por el contrario, las cofradías iban llegando a cuentagotas, algunas con más prisas de las necesarias, mientras sus integrantes daban buena cuenta del escaso ánimo con que se afrontaba el “engorro” de representarla en la procesión más importante del año.  Tan es así que alguno entendió que la ocasión merecía un negro de camisa a juego con una corbata color cielo, del que por cierto no se hizo referencia alguna en la crónica del diario de las tres letras cuando el redactor de turno si tuvo a bien contar las cofradías que llevaron el guión al hombro, que cada vez son más numerosas y “sorprendentes”. Por eso me quedé con la duda de si tan particular atuendo debe ser juzgado como el propio y tradicional en Málaga.

Sobre las 8 de la tarde nació a la ciudad esa ritual orgía de sensaciones. Fue todo un parto natural, como siempre. Del claustro de la Catedral salió una Niña bellísima, azuzada por los acordes de la banda de la Expiración y bajo una monumental cascada de flores que vinieron a unirse a las tradicionales azucenas victorianas. Quedando allí, depositadas para siempre a los pies de la Patrona.

La Virgen había guiñado el ojo a los apostados en las rejas del hospital Gálvez y había pasado los antiguos límites jursidiccionales marcados por las cadenas del Patio de los Naranjos erigiéndose en su trono sobre un mar de cabezas implorantes mientras sonaba la marcha de Sergio Bueno. Minutos más tarde, llegaba a la Plaza del Obispo, que la custodió tras sus andas con manos entrelazadas para librarnos a los cofrades de la temeridad de tener que recordar la liturgia a quienes la inventaron. La Victoria repasa la historia misma de su fiesta y se enorgullece de ver muchos mas hijos acompañándola. Cruzaba Strachan y Torre de Sandoval entre proclamas y compases elegantones.

Para entonces, la noche ya pespunteba las cornisas decimonónicas de la calle del Marqués y la Virgen subía camino del barrio bajo el sonar de las campanas que ya no cesarían de repicar. En Granada atravesó una intención agradable que terminará siendo un arco pero que ya es una pica en Flandes. Y en Álamos comenzaron a desertar los que horas antes resoplaban su desdicha, no sin antes, dejar huella con ademanes extraños, atravesando el templete con la punta del guión, llegando a amenazar la propia integridad de nuestra Amantísima Madre.

Tras pasar por la casa del mismo Picasso, que la conoció de niño antes de renegar de la tierra, llegó al barrio para entrar en su Santuario al filo de la medianoche. Allí donde estuvo el campamento de las huestes castellanas, símbolo de una batalla ganada, que son las que hoy libramos en la cotidianeidad de los designios vitales.

Al fin y al cabo, con la Grandeza de la Virgen y con el paseazo que se dio por la ciudad es con lo que cualquiera con una mínima sensibilidad debería quedarse. Por lo demás, las sensaciones dejadas no difieren en exceso de las experimentadas el año anterior. Todo crece con la lentitud de un cuidado jardín, a riego por goteo, vaya a ser que se ahoguen las plantas. O todo se cuece a fuego lento vaya a ser que se le pase el punto a la carne.

Por todo ello, no voy a malgastar más líneas en cuestiones estéticas de las que se reclaman estos días, que ya se dan por sabidas y a los que se dirigen, imagino, ya se habrán dado por enterados. Ahora tan sólo queda esperar a ese año en que se rompan definitivamente los esquemas para empezar a tratar temas más significativos, como el trono o la casa-hermandad. Las posturas de todas las partes están claras y el estado de salud de toda la festividad –inmejorable-, que es lo primordial, también. Otros, sin embargo, aún siguen viendo procesiones para contar “bacalaos”... o "boquerones", que es lo propio y tradicional en Málaga.


Publicado por tontodecapirote84 @ 19:03  | Málaga
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