Lunes, 07 de septiembre de 2009

Apurábamos el café en un céntrico bar ante la mirada curiosa de los lugareños que adivinaban extraña nuestra presencia. Desde su interior, observábamos los primeros respingos del curso cofradiero cuando los niños repeinados buscaban en las casapuertas el incienso olvidado y las mujeres de mantilla blanca se dirigían, calle arriba, a la Iglesia de San Sebastián, alborotando la tarde de un pueblo usualmente tranquilo.

Habíamos llegado a Estepa por la ruta de Washington Irving como apartando el velo de una ilusión pueril, nueva y sin estrenar, reflejo de un síntoma claro de ese síndrome de abstinencia cofradiero que parece ocultarse tras el sol estival y que reaparece con puntualidad cada mes de septiembre; evidencia que nos llevaba a dar por sentado en una apurada conversación, que no hubiera sido de nuestro ánimo afrontar este viaje en otras fechas más cercanas a la Semana Santa con nuestros cuerpos hartos de trotar mundos sensiblemente mejores. Cierto es que la relativa cercanía, la facilidad de transporte y sobre todo la permisividad de los días ociosos, nos animaron a secundar una propuesta que sobre el papel no tenía mala pinta.

En la desembocadura de la calle Hornillos, las niñas de punta en blanco, los hombres maqueados, los mayores asidos por el brazo, emocionados, como sintiéndose protagonistas de una extraordinaria función. Y detrás, entre el tumulto, la efigie de Jesús Nazareno erigido en su paso como un tótem sagrado, receptor de todas las plegarias, destinatario de casi todas las devociones de un pueblo absolutamente entregado, consciente de lo inusual del rito, que no escatimaba en ningún momento en aplausos, vítores o miradas con ojos condensados en lágrimas a punto de rebosar, como absorto con su perfil hebraico embebido de una belleza profunda y meridional.

Nada más pisar las primeras coordenadas de la campiña sevillana, muchos de nosotros creímos sentir ese pellizco de emoción, como cuando los mitómanos depositan flores en la tumba de Lady Di o emulan la coreografía de Thriller en la puerta del rancho de Jackson en Neverland. Sin embargo, la experiencia debió advertirnos que las enseñanzas sobre la perfección estética solo se imparten en un lugar concreto y que el disfrute particular en el resto de los envites cofradieros dependen en gran medida de los vínculos afectivos que cada cual tenga depositados en el lugar, imagen y cofradía.

Poco importaba para los hermanos y vecinos la confluencia coyuntural de dos mundos bien distintos. El cofradiero y el estrictamente devocional. Jesús Nazareno, el de Estepa, cumplía 250 años desde que fuera ejecutado por el escultor vallisoletano Luis Salvador Carmona y así nos lo hacían saber con sus bandos populares colgados a modo de reposteros morados en los balcones. Por eso, para su propio goce, no les era necesaria la más mínima presencia de elementos formales, de cortejo o siquiera del propio paso montado al completo. Se trataba de estar y acompañar a Jesús por las calles principales de la población, y en eso no fallaron.

Por la Cuesta, nos arremolinamos muchos en el corredor, viéndolo bajar mientras la noche se echaba sobre una ciudad erizada de tejados. Una sugerente brisa abofeteaba nuestras conciencias y nos comenzaba a sumergir en una atmósfera de fervor, cálida, sincera, evocadora y cercana. Sólo un insensible mijita podía ignorar la belleza de muchos pequeños gestos, a saber: la entrañable estampa de las abuelas que iban resoplando penurias tras un respiradero, la infantil voz de un aprendiz de capataz llamando a la cuadrilla o la de algunos hermanos que apenas culminaban la adolescencia colocándose con nerviosismo el costal serigrafiado. También fue de nuestro agrado el detalle de los angelitos jalando de los cordones de la túnica, tan del gusto dieciochesco y tan propio de la zona central de Andalucía. Al igual que generaba alguna exclamación las añejas trazas del paso, con las esquinas salientes y redondeadas y los respiraderos recortados y polilobulados.

Desplomada la noche y satisfecho el apetito, y descubiertas, todo sea dicho, las carencias –el paso iba desprovisto de los faroles habituales y el Señor iba iluminado por un foco eléctrico-, apuramos los últimos retales de la extraordinaria fijando la vista en nuevos y enriquecedores detalles. En los Remedios, Virgen de la Esperanza y Mesones, la hermandad se gustaba con su Cristo mandando templar los ánimos debajo del paso. Sonaban en cada chicotá marchas de corte muy clásico donde también pusieron su particular granito de arena las dos agrupaciones musicales del municipio, de calidad dispar pero parejas en arrojo. Nos pareció adivinar un afirmado sentimiento cofrade en cada casa-hermandad, abiertas de par en par, y en los escaparates repletos de convocatorias de cultos. De igual modo apreciamos en cada avanzadilla ese pelaje monumental que atesora esta ciudad, salpicada de palacetes, casonas antiguas coronadas por heráldicas familiares, ermitas y callejas adoquinadas.

Por lo que aconteció en el pueblo, a pesar de la entrega de los vecinos, no puede decirse que la de ayer naciera al mundo como la mejor tarde cofradiera de los últimos años. Pero no quedó del todo deslucida la liturgia, aunque anárquica, caprichosa y toda desembarazada de doctrina, en un lugar que rezumaba romanticismo en casi todas sus esquinas, y porqué no decirlo, de un cierto olor envolvente a canela que empezaba a denotar una próxima sangría de polvorones y mantecados con destino a cualquier parte. Al fin y al cabo, se trataba de ir calentando motores matando un gusanillo que ya comenzaba a ser insoportable y lo de Estepa ha sido una buena piedra de toque, una que de momento ya ha empezado a inspirar mi pobre literatura y es la que nos ha permitido palpar el valor de un curso cofradiero que amenaza con caer a plomo sobre nuestras cabezas.


Publicado por tontodecapirote84 @ 2:58  | Sevilla
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