El locutor, con inusual entusiasmo, ha comenzado la transmisión del Martes Santo con una llamada a lo histórico de la jornada, toda vez que no ha escatimado en elogios por la recuperación de un entorno ganado a la ciudad para el muestrario geográfico cofradiero.
Aquella tarde estaba abierta en gajos de sublimidad, descarada y profundamente bella. El sol tomaba asiento en las azoteas blancas recién regadas y de las esquinas nacían los primeros curiosos y afines a la causa. En su palpable admiración, el periodista había comenzado a radiar la previa con inusitado atropello, sin saber muy bien como compendiar con las palabras justas, en la mayor brevedad, lo inédito y estético de la estampa.
Se iban consumiendo los minutos con la celeridad con que el espacio se convertía en un enjambre de murmullos. Algún nazareno revestido de nueva túnica y antifaz, buscaba con prisa la puerta del antiguo Parador de San Rafael. Los músicos estrenaban uniforme, paradójicamente a juego con los colores corporativos, e interpretaban el pasacalle, que sonaba dentro del templo, como esa sintonía televisiva que indica a los protagonistas la ineludible cuenta atrás y se abre al directo con la vehemencia del regidor esgrimiendo un lacónico: ¡en el aire!
Ese piloto que se enciende es en el mundo de las cofradías la puerta que se abre. Y la sonrisa forzada que esboza el presentador es la cruz de guía que sale llevándose consigo un arroyo de fieles nazarenos, ante la mirada dirigente del jefe de procesión.
La cruz buscaba su cita con el rumor lacerante a las cinco de la tarde. Hora taurina y lorquiana. Entonces el pueblo la observaba callando, apartándose hacia las aceras, mientras aquélla avanzaba entregando a la tarde, su resplandor en la plata y el contraste de la madera con la cal de los muros. El “Dios no existe” y los grafismos neoanarquistas en las paredes abandonadas, se iban ocultando tras el apostado público que poco a poco iba llenando la calle y mostraba con su ignorancia, casi sin pretenderlo, la fortaleza de este testimonio anual, ganando igualmente una nueva e incruenta batalla a los que, embargados por la tristeza de sus almas, han pretendido sacudirnos con improperios y actitudes belicosas. Es único el silencio porque es unívoca la creencia y el sentimiento.
La cofradía se entregaba un año más al ritual con su río rojinegro de penitentes, pero esta vez, descifrando nuevos arcanos de la luz abrileña que eran los que por primera vez venían a vestir de alboroque cofradiero la realidad de su viñeta.
Del enrejado balcón pendía el repostero de las grandes tardes, que es el que ha venido a tapar el hueco del obispo santo que nos ha venido esperando todas las noches desde su púlpito callejero en San Julián.
Entonces, rodeados de paredes apuntaladas y muros árabes escondidos entre la maleza de la desidia, la efigie agonizante del Crucificado, auténtica tesis moderna de los postulados más clásicos del barroco, salía por primera vez a la plazuela estrecha donde había quedado encajonada la tarde y la luna nueva se había acomodado en uno de sus balcones con ademanes risueños.
Nos hablaba el silencio de la calle cuando las sufridas tulipas atravesaban el dintel. Al rato, eclosionaba la espera en el himno de los sueños cumplidos y las últimas luces tiniebla volvían a tomar el paso, de dos en dos, bordando la esquina del Hogar de Pozos Dulces con pespuntes de amor y caridad. Salía Jesús de la Agonía rodeado de arbóreas ramas de guardabrisas.
El tiempo, entonces, se estancaba y ascendía levemente la omnipotencia del Hombre enclavado al leño, con el mismo compás con que lo hacía el blanquecino humo deslizándose por el lienzo rosáceo de pared. El hombre mundano se restregaba los ojos de incredulidad. Tañía la campana el capataz y el eco de la voz viril de mando se colaba entre los acantos de la canastilla con el mismo ímpetu con el que crujía el replegado de los zancos.
Ha nacido la hermandad a la calle con la escorzada espalda del Crucificado doblando la calle Pozos Dulces en una estampita que ya han comenzado a repartir los nazarenos de la memoria.
Tras Él, la Virgen de las Penas hacía suyo el hueco dejado por su Hijo para patronear una fiesta de olores. Rivalizaban en intensidad, el perfume quedo de los pliegues del manto con la cera chisporroteada y el candente fragor del humo de los cirios con el suave aroma desprendido de los tallos en flor en las piñas. Despertaba el pueblo de su largo letargo anual y descubría súbitamente la realidad al oír el crujir de las bambalinas y el atronador comienzo de la marcha de Pantión, que gasta acordes universales, aunque lejos en origen de la Giralda, apenas hayan traspasado fronteras.
Llegaba la hermandad a la Catedral, y conforme surcaba sus naves, propiciaba con su trasiego esa misteriosa danza de las sombras. En cada capilla, el cortejo iba trazando efímeras formas, como corrompiendo la estaticidad de los siglos y la tranquilidad del espacio. Quebraba el Cristo la girola, para encaminarse de nuevo, al mundo de lo superfluo. Eran dulces, tanto el murmullo de la chiquillería que atendía con respeto al juego de los inciensos como la voz angelical de una mujer que llenaba las bóvedas con las preces del Evangelio.
Después buscaba la cofradía la huella musulmana difuminada. En San Agustín, puñalada de belleza. Y entonces volvía la bulla a rodearla. Tentaba en ella, el joven, la mano a la chiquilla y no rehuía. Insistía en hablarnos el silencio cuando se rasgaba únicamente por el cloquear de las palilleras y el gorjeo de los vencejos. Navegaba Jesús en el compendio nuñezherreriano de los sentimientos con el paisaje. Exacta era la ecuación de las luces con el espacio, el recodo del Palacio de Buenavista con las dimensiones de un canasto y perfecta fue la hora en que se atrevió la noche a abrochar de perfección el paso de una cofradía, con las saetas en la penumbra que se clavan desde el balcón estratégico. Una miscelánea de detalles combinados para crear la obra suma, la vernácula función, la poética realista sobre la crueldad de la Muerte y la Redención en la Cruz.
Por detrás, siempre tras sus pasos, se escuchaba el sollozo. Las dos lágrimas redondas de la Madre que ves, y tiritas; porque es en ese instante cuando percibes que se lleva pendido en el rostrillo un pellizco de tu alma. Hacía un rato que te sudaban las manos y te sobraba la chaqueta. No había hecho más que comenzar la marcha de Turina y temías que la melodía se te hubiera clavado para siempre en el corazón.
De esta forma, volvía a casa la cofradía surcando la ciudad desconocida. Creando su particular atmósfera cofradiera. “Las Penas” nunca ha inventado nada. Se ha limitado, junto con otras, a poner la misma liturgia en la calle. Es la cofradía un rito litúrgico en sí mismo. Ha elevado a sus más altas cotas, el valor de lo espiritual y en busca de esa justa ecuación nuñezherreriana -que otras muchas aun siguen sin resolver- ha puesto la Agonía del drama en el mejor marco posible con dimensiones exactas. Ha favorecido la bulla enamoradiza; facilitado el balcón privilegiado; escogido adoquines para mancharlos de cera; atrapado la hora puntual de la penumbra y las luces doradas; cantado la saeta cercana; posibilitado el silencio expectante y la cultura del centímetro; y ha puesto, con ortodoxia, la luz justa con una candelería imperturbable, los ciriales de la impaciencia en una esquina y el baile de las sombras en las paredes color albero y en las panzas de las cornisas.
Es ésta, su expresión corpórea. La solución aritmética hallada tras un arduo trabajo conjugando circunstancias. No ha sido fácil despejar esa incógnita entre las espesas brumas mediterráneas que, casi siempre, nos han impedido llegar al encanto de muchas maravillas autóctonas que son las que, durante tantos siglos, han florecido en un espacio de confluencias. A fin de cuentas la Semana Santa no es sino un trazado hipodámico en que cada hermandad procede a levantar su edificio conjugando con el entorno sus principales inquietudes. Lo peor es ignorarlo u olvidar que existe. Las Penas no ha escatimado en materiales para acabar su obra. Un edificio milagro que se reproduce cada Martes Santo por obra y gracia de los arcanos abrileños de la ciudad del Paraíso.