Oigo con la ventana cerrada a media tarde "Virgen de la Paz" de Pedro Morales. Y eso que mi ventana no es muy de cofradías. La Malagueta en general no es muy de cofradías. Suena más tristona y lastimera que nunca. Se acaba lo que unos días antes empezaba con luz clara en la misma calle y en la misma ventana, pero unos temas más atrás. La imagino camino de la Alameda mientras apuro las últimas horas de estudio y me parece advertir los espigados capirotes blancos surcar con ánimo novel los jardines del Hospital Noble.
Ha echado a andar el Viernes Santo desde este barrio pesquero sumido desde hace décadas en una rivalidad de cemento y ruido, como en una suerte de benidormiano paraíso de domingueros y chuletas de madrugada.
Ahora también estará saliendo "los Dolores" que lleva luto en el cuadril de los ceños y en la poética de la simetría silenciosa. Hace unos años la ví nacer desde ese inmejorable éxodo apostado junto a la altiva farola fernandina de la Plaza de San Ignacio que se ha convertido en la pértiga sosegada que ordena elevar los ciriales a la salida del Redentor.
Allí donde he escuchado saetas con todas las letras. Provinientes de almas anónimas, tiznadas de hondura y franqueza. Las intuyo cercanas a la seguiriya jerezana que tan dentro llevo.
Por mientras que el Calvario ha comenzado su particular calle de la Amargura desde el monte hasta la Catedral y vuelta a la Victoria. La ciudad se despereza de los excesos y comienza a abrir las ventanas para persignarse ante la Muerte y las tinieblas.
Dejo el separador en la lección pendiente y salgo en busca de la tarde de tristeza y crespones negros. Cruzo el Parque aún retumbando en la portada del Rectorado el intenso sonar de los tambores sordos.
Me encuentro a la altura de la Casa del Guardia a esa Virgen de las Angustias a la que tantas veces recé en la nimiedad de las preocupaciones infantiles. Conozco su expresión y su lamento. La tuve largo tiempo en un testero de mi habitación vestida de hebrea y en otro, entre las ojivas verdes de los jardines de Picasso. Carteles de la memoria.
Emboca la Alameda con música inadecuada, ofensiva al estilo de cola, esparto y de voces destempladas.
Poco después, encuentro al Santo Traslado cruzando el puente. Eran esas horas en que comienza a echarse la noche, arrecia un molesto viento y la centuria romana se hace ver en su cuidada indumentaria y modélico comportamiento.
El Señor va muerto sobre un retablo lignario bruñido de nuevos oros. Dicen desde la Trinidad que habrá un nuevo grupo escultórico que acabará con esta actual y libérrima interpretación de la conducción del cuerpo de Jesús hasta la sepultura. Así sea.
Detrás, la Virgen sola al pie de la Cruz, llora en reposo el fatal desenlace.
De nuevo tambores hondos, expresivos de dolor y muerte. Se oye la ciudad.
Busco entre callejas la Catedral para seguir escuchándola. Frente a la portada del Sagrario recupero esa visión, este año olvidada, de
austeridad y exacta cadencia. Regresa a casa los Dolores, al compás que marca el rigor de las horas que son más exigentes si cabe desde las 3 de la tarde. Cuando se rasgó el velo del templo.
Percibo sonidos inéditos. Oigo la contera de goma de la Cruz de Guía posar sobre el pavimento. Cruje la madera, palpo silencio y acaricio el racheo de los pies pudibundos. Tiento con los cinco sentidos la consumación de la obra redentora.
Y oigo a Antonio Dubé de Luque dibujar a plumilla el mejor relicario posible para cobijar a la Madre desconsolada. Y pasa. Y la miran. Y llora. Y se hace a Molina Lario, al pie de la torre, acompañada de nazarenos con cruces que le hablan con las cuentas de un rosario.
Y luego le dará la luz en Torre de Sandoval y se hará más oscuro su paso por la Iglesia de la Compañía y por Salvago. Y es entonces cuando regresa a los muros góticos y la farola fernandina de la plaza vuelve a marcar con tres delicados toques la bajada definitiva de los ciriales en un homenaje a la exactitud del agua de la fuente en la clepsidra. "Se da por finalizada la Estación de Penitencia, pueden quitarse el antifaz". Y se acaba.
El Descendimiento se ha traído los clarines y los timbales de la plaza de toros para anunciar otro ritual de muerte. La oquedad y el marmóreo frío del callejón. Se han apropiado hasta de los areneros que limpian el albero con dos singulares banderolas negras. "Quitasangre" las llaman. El viento descoloca los machos de cartón y de rejilla. Las guías de tela de la Cruz golpean con vigor el estípite.
Se vuelve la cofradía con la única presencia de sus vecinos. Me encuentro a la gente cercana que la acompaña a ambos costados. Pero van cabizbajos. Dan agua a los portadores con pudor y miradas cómplices. Descubro la manera que tiene el barrio de vivir su Viernes Santo cuando lo afronta desde el respeto, pero sin los rigores y las doctrinas acuñadas entre muros centenarios. Ademanes pulcros. Apenas sesgados con murmullos confidenciales.
El legado último de Ortega Brú pendulea sobrio y desnudo al compás de "Cristo de la Presentación" de Abel Moreno como perfecto homenaje póstumo delante de la escalinata de la Catedral. Me siento cercano y niño. La siento rayana y disculpo las imperfecciones.
El recortado y fino trono de las Angustias busca por el hotel Málaga Palacio, el andén peatonal del Parque, llenándose de la tenue fragancia que aún despide el azahar de los naranjos de la Cortina del Muelle, ya caído en las aceras. Apenas se escucha "Amarguras" ante la inmensidad de la Plaza de la Marina y el azote hosco de un desapacible ventarrón.
En los albores de la medianoche me topo con la bulla de la semana. En la confluencia de la plaza de San Juan de Dios, calle los Mártires y Pozos Dulces. Se desdibuja la geografía callejera en la memoria de la muchedumbre. Hay gentes que no saben ni a donde van, ni donde están. Pero incomprensiblemente la marea humana siempre llega a feliz destino. Y se deshace el nudo gordiano de la bulla en la grandeza de este rito de siglos en el momento justo en que llega la cofradía. Siempre se desenredan las bullas a tiempo.
Anda Servitas apagando el alumbrado moderno y encendiendo a su paso los candiles y los medievales faroles de mano cuando me aposto en la que a mi me gusta llamar plazuela de la Virgen de las Penas. Descubro una belleza distinta, centenaria, ritual y castellana. Vuelvo al Muro como quien retorna siglos atrás y descubre la pureza de las cosas, ni más ni menos que con los que son pilares sobre los que se halla construida la efervescencia de los gozos barrocos.
Pasan ante nosotros ademanes extraños, visajes añejos, sepias, perfumados de historia y legendarias ceremonias en las dependencias junto al antiguo instituto Gaona.
Para entonces, con la oscuridad de la noche, había comenzado a escribirse una leyenda en blanco y negro. La Virgen de los Dolores, la de los Servitas, es la misma Madre de Dios pero sin atavíos de Reina pues ya solo quiere llorar en Soledad por las calles estrechas. Camina luctuosa buscando siempre esos seculares recodos que es donde el humo domina, la noche sobrecoge y a la Virgen se la escucha entre sollozos en su Dolor más puro. Entonces pasa ante nosotros la vida en una semana. Del colorido de las palmas y el paso marinero, al ocaso sosegado del Viernes Santo.
Los olores son más intensos. Las paredes devuelven el perfume acurrucado entre las grietas, entregado por los siglos. Es igualmente intenso el silencio y hiere el corazón el aire enfurruñado de pena. Ha pasado la Virgen y nos ha dejado una huella indeleble. Esa que nos advierte que son fugaces los ritos, el círculo se completa, y pasan las páginas al ritmo con que el reloj se humedece el dedo. Entonces queremos agarrar el tiempo y no olvidar que fue ayer cuando surcamos los barrios y escuchamos hablar a las vecinas de la inquietud juvenil en la cofradía del extrarradio y que es ésta, la misma Mediadora de la Salvación. Que fue ayer por la mañana cuando venía Jesús a lomos de un borrico bendiciendo palmitas de olivo. Que hace tan sólo unas horas se paseaba ya Cautivo por la Trinidad arrancando los olés de su mismo alma imperecedero; que salía la hermandad de las Penas desde esta misma plaza y sonaba la banda de Miraflores tras el Nazareno de Santiago cuando casi al mismo tiempo, al dejar de latir el corazón legionario, nacían las azucenas al paso de la Esperanza en su galeón dorado. Hace nada, pensábamos con tristeza, estaba esta misma Virgen de negro que va hacia la Alameda, expuesta al idéntico fervor de los fieles desde la quietud igualmente luctuosa del besamanos del Viernes de Dolores. De Viernes a Viernes, de Dolores a Dolores. La vida en una semana. En los siete puñales que la traspasaron.
Intuyendo la crueldad del paso irreparable del tiempo como en la calavera de un cuadro de Valdés Leal, me dispuse a apurar los últimos retazos de Semana Santa como quien con unas tenazas de hierro forjado atusa las últimas ascuas en una agónica candela.
Entonces sumiéndome en un nuevo viaje por la ciudad antigua desemboqué en la plazuela que conforma la intersección entre las calles Granada, San Agustín y Beatas. Y allí me topé con los ciriales del Palio del Monte Calvario. Y otra vez la bulla.
Me cuesta creer a aquellos que niegan la belleza que aportan las cofradías surcando las galerías urbanas reflejadas en las litografías antiguas. Son los que no ven más allá de las dificultades que plantean tal o cual balcón, éste o aquél cable y entienden que surcar este tipo de entramado viario no supone más que una suerte de "gymkhana" cofrade, mucho más de dificultad e inutilidad, que de hermosura.
En aquel mágico y conocido rincón, a la altura del Pimpi, me reencuentro, después de algunos años, con la estilada belleza de la Virgen del Monte Calvario. En su geométrico palio, de rectilíneas trazas, se adivinaba un fino y prudente movimiento casi rozando con la rejería de los balcones al tiempo que las últimas perillas de las barras cortejaban la presencia cerámica de la Virgen de las Penas. Sonaba entonces "La Madrugá" de Abel Moreno en un preciso interpretar de la banda de música cuando marcaban las horas, la próxima llegada del Sábado Santo.
El Misterio de la Mortaja representa el momento en que Jesús es depuesto y fajado con telas para ser posteriormente llevado al Sepulcro. Ya casi en calle Victoria lo observo revirar al sonido ronco del tambor preciso y mortecino. Pude reparar en la visión rígida de un Yacente de suave modelado cuyas líneas me recordaban irremisiblemente a otro exánime Cristo que el mismo Eslava tallara para la hermandad de Santa Marta de Jerez. Miñarro lo ha recuperado tras un fortuito incendio que casi destruye por completo la feliz, y en su tiempo, inédita iconografía.
La noche de las tinieblas se aferra a la ligereza descarada de las azoteas y discute la bravucona afrenta de las altas copas de los árboles de la calle Cárcer. Entre las robustas ramas y olor a ternera del moruno de la esquina, asciende entre murmullos y desatención, el Cristo del Amor con la única compaña de la Virgen suplicante, que es el mejor complemento de la hermosísima advocación cristífera. Con amor para el Amor, al Pie de la Cruz.
Ya en Zorrilla, junto al Cervantes, el capataz tañe la campana en una inminente admonición que logra centrar la atención del espectador al
tiempo que comienza a escucharse la marcha que compusiera Francisco José Moreno. Escueta, sólida, medida. Retazos de Beigbeder y Font que parecen eclosionar en la platea del Teatro.
El incienso blanquecino y las notas negras, fúnebres y serenas de la marcha procesional conforman el mejor fondo sonoro posible de la escenificación perfecta. Nos hemos preguntado mas de una vez a que huele y a que sabe la Semana Santa y a todos nos ha venido más pronto que tarde, la fragante puñalada del azahar y el regusto rebosante de la torrija, manidos tópicos todos ellos. Pero se han preguntado alguna vez ¿que es oír a Semana Santa de Málaga? Entonces me desmarqué de tan repetidos ripios y obviando la marcialidad del Himno de la Legión o las órdenes a viva voz de un capataz de cola, me autocontesté inequívocamente al pie de aquella fachada que trazara Jerónimo Cuervo, con una de las marchas más auténticas y desconocidas de nuestra ciudad. Pero no me olvidé de los compases universales de una archiconocida marcha de Escámez cuyas partituras parecen renacer cada año en las cornetas rancias de los Bomberos y que también es una idílica forma de escuchar a Málaga en Semana Santa.
Cuando llega la Virgen de la Caridad resulta imposible no rememorar el lema de los frailes mínimos de San Francisco de Paula,- Caritas- ni abstraerse de las enseñanzas de Marcelo de Champagnat, el que se entregaba con fervor y entusiasmo a los niños. Vienen los chiquillos despeinados delante de la Virgen mirando hacia los lados con el rostro apocado en el temor infantil de una travesura por la regañina inminente. Los estoy viendo asir el incensario y las navetas satisfechos por que al fin vienen desempeñando secretamente un rito del que los hermanos maristas van a estar orgullosos. A los de mediana edad, las madres les han hecho la doblez de la túnica negra y les han cosido con pericia el ribete bordado y el escudo con el águila bicéfala. Los más mayores han metido el hombro y vienen cargando con la cruz penitente de las asignaturas suspensas del Bachillerato.
A esta Virgen hay que verla bajar por el Compás porque es su calle. Allí donde estuvo el convento de las Agustinas y desde donde se adivina la fachada final del Santuario de la Patrona en el promontorio, origen mismo de la ciudad cristiana. Entre naranjos en flor y con el sol de la tarde acuchillando los corazones victorianos y haciendo brillar como nunca el nuevo pan de oro sobre la madera noble.
La noche va de Amor y nada digo, señores, cuando asoma la Piedad por la Óptica de Spínola antes de subir por la calle de los Caldereros. Hablando de Amor y Caridad, la mayor muestra de amor humano y divino la tiene la Virgen en sus manos cuando con la ternura de una Madre desconsolada parece acurrucar en su pecho a su Hijo inerte. Las telas con que bajaron a Jesús ondeaban como una bandera a media asta por el luto. Y el grupo originalísimo, recientemente restaurado, pasaba por el Café Madrid recuperando la plasticidad perdida sobre una alfombra de lirios, excelsa y sorprendente, en tonos púrpuras y rosáceos.
Al escuchar el batir de los platillos de la banda municipal siento indefectiblemente esa sensación de desazón y tristeza por lo que se está muriendo. Muere en la ciudad del Paraíso, el Señor yacente en el Catafalco de Granda, como también mueren los viejos nazarenos que han llegado al final de su camino más corto, el que empezaron días antes a hombros de los padres viendo la Pollinica. Te aferras a los minutos del reloj que son los que coges por las notas de la marcha fúnebre de Chopin que va marcada al tempo vehemente del marcial paso de la Marina. Los veo en el crespón negro y en la vara sobre el canasto. Pocas cosas han variado en la procesión del Sepulcro aunque haya sido todo lo que ha cambiado en la ciudad. Su ritual permanece. Es pausado su silencio, el negro deambular de sus nazarenos, la música, las cinco cruces, el peregrinar de las insignias y el hondo eco de la campana. Ha cambiado todo a su alrededor pero sigue latiendo perenne la verdad más pura de nuestra existencia que es la del mismo ocaso. Por eso nadie puede cambiar el rictus y la presencia del Sepulcro. Nadie puede renegar de un cruel destino representado en la muerte del Salvador. Pasa el Sepulcro y pasa un trozo de la vida.
Cierra la Soledad una tarde de negro y hondura. En sus manos va todo el dolor. Se escapa el año en el golpeo de sus caídas bordadas y en el vaivén de su manto sobre el pollero. La repites apurando en la brevedad de sus lágrimas caer por la mejilla. Has doblado la esquina de la Plaza del Siglo y esperas, como no has hecho nunca, una parada del capataz. Ves la agonía de la ciudad en los costados y en los trípodes. Pasa la Soledad por un escaparate atestado de carteles en la implacable paradoja que se presenta para acrecentar el desasosiego. Te quedas un poco retrasado y no quieres dejarte caer al final más triste que son las maderas de la banda de música. Entonces volvemos todos al mismo río que nacía a la ciudad en la calle Parras de la bulla brillante. Pasa la Soledad con "Mater Mea" por Larios, cruza al compás de la "La Madrugá", la plaza del Carbón, y vuelve a pasar por la Catedral con "Virgen del Valle". Pero sabemos que no pasa indefinidamente. Pasa hasta que ya no puedes seguir desafiando el martilleo riguroso del tiempo y prefieres quedarte quieto sobre la acera, remontando ya sólo con la mirada, ver como se disuelve la bulla y muere la Semana Santa en un remanso de dulzura y en la estela de un negro manto que se aleja, como se aleja un trozo de la vida, en una tarde de tristeza y crespones negros.
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