
Pasaba como hace 25 años que las gárgolas de la Catedral vomitaban litros de agua acumulada en los tejados. Ocurría como hace cinco lustros cuando durante la pontifical de Coronación se escuchaba el tronar de los relámpagos y se mojaban los caballos de la Plaza de la Virgen de los Reyes a pesar del intento infructuoso de los cocheros por guarecerlos con plásticos insuficientes.
Hace veinticinco años, yo aún no había nacido, pero ya era en el vientre de mi madre, un ser vivo -conviene precisar- humano, por mucho que hoy lo nieguen incomprensiblemente algunas ministras a las que aún no se les ha abierto el cielo de sus abrumadas reflexiones.
Pero pasó como hace veinticinco años y el cielo de Sevilla se abrió por la Avenida engalanada de grímpolas y gallardetes. Fue una de esas lluvias fingidas, tormentas que a pesar de su virulencia y lo implacable de sus estragos, no serían capaces de mermar ni un ápice la ilusión del personal, que seguía moviéndose de un lado a otro, desmintiendo con energía esa certeza.
Algo nos decía que la Esperanza no se iba a quedar en la Catedral y que nada sería obstáculo para que la vuelta se produjese, más tarde o más temprano, a ese arrabal iluminado con bombillas de alto consumo, florecido, añejo, de verso juanramoniano, de la "fresquita" en la brisa del mes de Julio, como en la Velá de Santa Ana en los traseros de los vecinos asomando al río en el muro de la calle Betis.
Esta vez no flotaban en el ambiente los temores clásicos del entretiempo abrileño. Cuando anda Sevilla inmersa en esa discusión de amor primerizo en los que la
primavera aún está por enamorar y apenas ha ido a florecer el azahar como un primer guiño de curioso adolescente. Por Junio ya anda la estación calaíta hasta los huesos de esta Sevilla de tapias blancas al mediodía y paleta de colores al atardecer. ¿Cómo íbamos pues a temer una lluvia despechada, de estás que estropean el óleo dorado de las canastillas y mandan a los pasos a la Anunciación? De ninguna manera.
En esta primavera madura de un Junio particularmente fresquito, Sevilla ya no depende del amor débil y delicado del azahar. Han florecido jacarandas, buganvillas, acacias y jazmineros. Andan las Glorias en las calles, ha pasado la Feria de los últimos chaparrones y se han agolpado los olores en Alcaicería atestiguando ese duradero romance que ya ha firmado Sevilla en las capitulaciones del tiempo.
Y como Sevilla conoce el ritual irreductible de la floración y el cortejo anual de las estaciones; los sevillanos saben que no son éstas mojadas de incertidumbre ni de temores o dudas con el antifaz sobre el brazo. Sólo había que esperar a que acabase esa breve riña conyugal de la ciudad con el bravío de la primavera, para que comenzasen a sonar las campanas de la Giralda y los que teníamos que formar parte de la procesión triunfal de regreso al barrio de una de las Esperanzas de Sevilla, ocupásemos nuestro lugar oportuno.
Entonces, mientras el campanero ascendía con lentitud soñolienta las rampas de la torre camino de la cancela del campanario, el cielo ya ofrecía esa estampa propia de las fechas corrientes, con un azul casi de verano que duelen hasta los ojos al fijar en él la vista, y fue cuando comenzaron a repartirse las varas apostadas sobre los pilares góticos, los músicos de Dos Hermanas comenzaban a agruparse a un lado en la puerta de los Palos, se destapaban los estandartes de las telas que los cubrían y el público propio y extraño comenzó a llenar la delantera del Palacio Arzobispal y las primeras aceras de Placentines, al tiempo que los cocheros desalojaban la parada cotidiana para buscar un aliviado encuentro con los turistas extranjeros allá por el Triunfo y Fray Ceferino González.
Nadie dudaba entonces la mediación oportuna de una rosa blanca llamada Esperanza que desde el jardín de su palio de gladiolos había tendido su mano irrechazable a esa Sevilla caprichosa y puñetera para que se reconciliara definitivamente con la primavera.
Fue entonces cuando la ciudad recuperó el pulso, se vistió con sus mejores galas al compás de los Generales tocados por la banda de Triana, que llegaba al galope, repiqueteando en el suelo como cuando los caballos hacen sonar sus herraduras en los adoquines.
ESPERANZA DE... SEVILLA.
Pasadas las 9 de la noche, la Esperanza hizo su aparición triunfal y Sevilla dejó de ser por
unas horas una ciudad de dos orillas. Más aún cuando el paso de palio al revirar a la izquierda del monumento, daba la espalda a la raya real trianera que es el camino de vuelta de todas las de Triana, que empieza en Virgen de los Reyes, pasa por el Postigo y el albero del Arenal y termina en la capillita del Carmen.
Entonces comenzamos a advertirla desde la esquina de Placentines con Alemanes y se pintó sola una acuarela con un cielo tonalidad turquesa intenso y grises pálidos en las lindes del patio de los naranjos mientras la Luz de Triana posaba como modelo sobre los pies, en los últimos brillos que se ocultaban tras las lomas del Aljarafe.
Se deshizo delante del palio, en la bulla soberana, incolora y sin gentilicios, el mismo puente de las barcas, cuando éstas encallaron en un río que a esas horas se había quedado sin agua. Sevilla dejó de ser una ciudad de dos Arcos, dos estirpes taurinas, dos Expiraciones y dos Catedrales, pero sobre todo, había dejado de ser una ciudad de dos barrios. Triana se hizo a Sevilla como Sevilla a Triana y ni una fue arrabal de la otra ni la otra capital de la una. Unidas ambas por una misma Esperanza, por una misma rosa, ofrecida con la mano desde un jardín de gladiolos.
El aire de Sevilla comenzó a llenar de olores indiscutibles el paseo jubiloso de la Virgen. Los escenarios de la ciudad, los blasones escénicos de cada cofradía penitencial, los emblemas estéticos de cada festividad parecieron verse en cada esquina para llenar de colorido y grandeza la vuelta a casa.
Primero en Alemanes, la Trianera se encontró delante de la ojiva árabe al largo canasto de los Panaderos buscando la calle Hernando Colón. Ya en la revirá de la Avenida, pasaron los Campanilleros proclamando con gozo la primera bajada por carrera Oficial de la Borriquita como el Domingo de Ramos.
Con la corona de Borrero y el Manto de los dragones, paso atrás, olés y repelucos, la capitana de calle Pureza pasó por el bancoespaña guiñando el ojo a la Virgen de las Aguas que ya volvía al Museo en la madrugá del Lunes santo al tiempo que se encontraba con las portadas del Corpus, los toldos sobre la Custodia de Plata flanqueada por los obispos con manos entrelazadas y el paso de las Santas, Justa y Rufina.
De igual modo, con gracia y garbo, llegó la Virgen al andén del Ayuntamiento rememorando el paso de todas las Coronadas de Sevilla. Sonaron los "Campanilleros de Gloria" que trajeron una racha de aire frío y humo blanquecino de las pilongas de las tardes frías del adviento. Bajo las catenarias de los Crucificados hundidos en los montes de claveles, con la Paz llenando de blanco pureza la plaza Nueva y con el Tirolínea franqueando fronteras invisibles.
Pasaban las horas, y el reloj inclemente auguraba una larga madrugada. Los planes horarios ya hacía días que se advertían con la inconsistencia de un papel mojado. Además, el retraso por la lluvia, ya había acabado con cualquier atisbo de cumplimiento y normalidad.
Superada la barrera de la medianoche, el palio se mecía a los sones de "La Esperanza de Triana" de Farfán con doña María de las Mercedes asomándose a la antigua en los balcones del Hotel Inglaterra. De ahí a San Buenaventura, por Bilbao y Carlos Cañal, con la Soledad al pie de la Cruz asomándose frente a los Hornos. Y de ahí a la Zaragoza del Despojado, del Gran Poder de vuelta, de Montserrat, de la Quinta Angustia o del Calvario saliendo de Doña Guiomar y por eso quizás sonaban los compases más pulcros de José de la Vega. Por todas ellas, un andar más cortito y recreado.
Las cuadrillas del Cristo pusieron el aroma del izquierdo por delante
y alguno se acordó del Señor de las Tres Caídas con un "viva" sentido y profundo. Cuando volvió a entrar la del palio, los costaleros no cesaron de enhebrar lances quedos, limpios, marcando los costeros, que trajeron reminiscencias del toreo de Belmonte inmortalizado en el Altozano.
El resto de las cofradías y los gozos de Sevilla se metieron debajo del paso cuando éste llegó a Reyes Católicos y de ahí el exceso y las horas que se emplearon en tan sólo unas decenas de metros. Pareció ser el momento de las cuadrillas de San Bernardo con los aires toreros y marciales de Manolo, Pepe Luis Vázquez y la Artillería acompañando al Crucificado por los Bomberos. Intuimos también la despedida de Sevilla con los hombres de la Macarena mandados por Luis León y Antonio Santiago bajo la otra Esperanza con los mimos verdes y universales simbolizados en las mariquillas de Joselito el Gallo. También el de las cofradías nuevas, como el Carmen Doloroso que llevó al hombro su estandarte marrón carmelitano.
Las cinco de la mañana y la Esperanza en el Puente dejando atrás toda una estela de fiestas barrocas, atardeceres de cultos de Cuaresma, nardos de verano en las Glorias, calores de las Sacramentales, rosarios de Octubre y abanicos del 15 de Agosto, los seises y la Virgen de los Reyes.
El tiempo ya no importaba en la capillita del Carmen cuando sonaba "Reina del Mar" con la salve marinera y nos transportamos al 16 de Julio, a la Virgen en la barca, al palio de Santa Catalina y al escapulario del juguetón niño Jesús.
Este recorrido por la memoria y la propia vida devocional de Sevilla continuó por el margen derecho del barrio. San Jorge y Callao. La luz se hizo más tenue, y la música dejó paso a las palilleras, porque pasaba el Cachorro perdiendo el aliento agonizante por los últimos metros de la vida que son los que lo sacan de Triana.
Y cruzó el palio por Antillano Campos, Alfarería y se probó la Virgen una saya cerámica siguiendo los motivos de un mosaico cercano donde estaba su hijo el Jorobaíto enmarcado en su retablo. Luego Pagés del Corro y por San Jacinto, se asomó por la esquina el reciente Simpecado de Triana a saludar con sus bueyes.
Iba la gente con cara de cansancio pero estaban felices, con la misma que llevaban en la mañana del Viernes Santo aunque algunos pudieran entonces disimularla tras un antifaz anónimo. Entonces en
la capilla de la Estrella, a la Esperanza le dio tiempo a llegar hasta el mismo alma de la hermandad más sevillana de Triana. Dicen. Y se encontraron otra vez, como para cerrar ese círculo perfecto que empezó en una Madrugada y estaba acabando en otra. Al igual que en Santa Ana con el mudo llamando sin decir nada. Al igual que en Pureza con los vecinos de siempre.
Tras más de catorce horas de procesión, más incluso que en la propia noche ordinaria del Viernes Santo, la Esperanza se recogía superando, además, aquel registro de 1984.
Quizás, desde un prisma premeditado de lo que es políticamente correcto en el canon cofradiero y capillita, todo lo vivido ha podido parecer un exceso. Y puede que no les falte razón a los que se hayan dejado ir por tales criterios. Pero no debe olvidarse que cuando se habla de la Esperanza, nada entonces puede ser objetivo. La Esperanza llegó tarde. Sí. Y lo hizo porque quizás sumó a las suyas las horas de la de San Gil en los callejones, las del crepúsculo del Viernes Santo de la Virgen de la O por el Puente y las de la misma madrugada del Sábado al Domingo cuando vuelve la de la Trinidad con poca gente por la calle Sol. Lo hizo porque quiso acaparar en un rato todos los gozos propios, los del barrio, los de la ciudad y enseñarlo con su sello particular a todo el mundo. A mí por eso las poco más de ocho horas a su lado se me hicieron realmente un par de ratos. Porque no se pudo ver más en tan poco tiempo. Sevilla con Triana, Triana en Sevilla y la Esperanza... Y no duden que la experiencia no se volverá a repetir al menos hasta 2014, en un Cincuentenario que volverá a unir los dos mundos, las dos orillas con una sola Virgen que aglutinará todas las Esperanzas...