miércoles, 27 de mayo de 2009

Se iniciaba un canto popular con la estrofa: "Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión"

Mas tarde la frasecilla pasaría con determinación al refranero popular y se comenzaría a trasmitir con extrema viveza de padres a hijos, permaneciendo oculta en el frasario de nuestros inmediatos ascendientes hasta que, llegados alguno de éstos señalados días, como cumpliendo un ritual no escrito, la sacaban a colación con la misma vehemencia. Ocurrencia ésta que nos hacía pensar que, a buen seguro, como muchas otras coletillas, los que hoy somos jóvenes las emplearíamos cuando los hijos alboroten las mañanas señaladas y haya que acudir a alguna historieta original y desconocida para ilusionarlos, y de paso, logremos hacerlos desistir definitivamente de sus previsibles estratagemas infantiles.

El Jueves Santo en nuestra ciudad, como día especialmente reluciente, no deja de depender de la óptica con que lo abordemos. Para los cofrades, en el más estricto sentido de la palabra, esto es, los que buscan alicientes estrictamente cofradieros, es una jornada que pierde enteros respecto de las anteriores. Para los más mayores (y los no tanto), acudir a los Oficios y visitar los Monumentos suponen sin duda todo un acicate vital que les hacía recordar tiempos pasados, en boatos perfumados de solera, celebraciones majestuosas y extraordinarias, de negro y recato ante la Consagración del sacrificio. Para otra gran mayoría de ciudadanos, el Jueves Santo se ha convertido igualmente en un reclamo lúdico-festivo cuyo principal atractivo desembarca en el Puerto de la ciudad a media mañana. Visto entonces desde este prisma, el Jueves Santo no es, efectivamente, un jueves cualquiera.

SANTA CRUZ, DAVID CONTRA GOLIAT

Con el paso de la tarde, la ciudad se iba llenando de rumores lacerantes, de ánimos impetuosos, y de sigilosas carreras.

Iba camino de la Catedral el paso de la Santa Cruz cuando en los tejados de la Aduana se adivinaba el crepúsculo del Jueves Santo al runrún de los mortecinos tambores. El negro seráfico de túnica se extendía con una inmediatez asombrosa oscureciendo el cuadro colorista del Patio de los Naranjos.

En esa corporación he visto yo siempre la antítesis del Jueves Santo en forma de rituales de silencio aunque sean de nuevo cuño. La he visto venir sin proclamas ni cornetas. La he visto pasar desde las cadenas con la celeridad de quien no quiere mirar a los lados si no hacia el interior de uno mismo. Por eso aquí es nazareno el que porta la cruz, el que blande una vara o el que sufre el peso sobre los hombros. Ahora me doy la vuelta y la veo salir de su escondite catedralicio, la veo emprender la vuelta a San Felipe con ademanes esquivos. La dejo al compás de “Tus Dolores son mis Penas”, penas que son de un Jueves donde quisieron buscar un hueco que no han encontrado en una marea suntuosa, orquestada y marcial.

Quise retomarla al pie de Santiago, por si alejada de aquélla vorágine, pudiese ver una hermandad con más aires de cofradía y no de claustral vía crucis. Pero no pudo ser. En su pretendida pequeñez conceptual no pudieron hacerse grandes en su ideario. Rumiaron con valentía la primera parte de su recorrido con la gallardía de quien se sabe ideal entre muros viejos, cableado impertinente y público distinto. Por el Muro, el Pericón y Pozos Dulces.

Por eso quizás, ya de vuelta, cuando los protagonistas comenzaron a ser otros, ofrecieron un guiño agradecido abandonando el acerado de Granada con la marcha “Cristo de la Agonía” de Abel Moreno. Con la intención, supongo, de cerrar ese círculo procesional que comenzaron a surcar horas antes, allá por el nuevo Oratorio de las Penas, y que comenzaba a languidecer en las primeras de la noche cuando, vistas sus maneras, se atisbaba ese propio convencimiento de que ya no era momento de seguir mucho tiempo por allí.

LA CENA, AIRE FRESCO

Ahí viene la Sacramental de la Cena. Subiendo por la vía donde instalaron sus talleres los caldereros y herreros tras la reconquista.

Tomó el pan y, dando gracias, lo bendijo, lo partió y dio a sus discípulos”. El pan recién salido de la tahona y los víveres frescos que habían pasado a recoger al caer la tarde en el Mercado de las Atarazanas. Frescos como los aires ferroviarios que han ido a depositar estos hermanos en la cuna del Jueves Santo. Con brisas de Domingo de Ramos, de júbilo penitencial, de gracia en el movimiento de un palio, de colores cálidos en sus túnicas y de riñones exprimidos bajos las cornisas, mientras que por la bravura de la banda de música, retumbaban los cristales de los escaparates de las Galerías Goya.  

La Cena no es una hermandad de jueves Santo. No al menos de nuestro Jueves Santo. Y ello no es algo malo. A mi no me lo parece. La Cena es tarde y es bulla. Su Virgen de la Paz es todo azahar sin marchitar cuando entra el aire de la primavera por las ventanas y aún andamos soñando bambalinas y candelabros de cola que rasguen inciensos nuevos. Por esto tal vez en su acompasado andar por la plaza de Uncibay aquello me supo distinto.

Distinto, por el andar de su Misterio sobre los talones, de lado a lado, lo que por otros lares se denomina de costero a costero, momentos antes de iniciar esa curiosa danza tribal que deja sensaciones extrañas, como de hermandad funambulista, siempre pendiendo de un alambre escénico, tan capaz de lo mejor y de lo peor. Como quien no sabe o no quiere contenerse en el cariño y escribe versos sin respetar la métrica, proclamando a los cuatro vientos su explosivo amor de primavera. Por eso, ¿quién entiende que sea ésta una hermandad de Jueves Santo?

Diferente como lo es es la Virgen de la Paz, esa eterna niña que se asoma al balconcillo del tiempo mientras los mortales la esperamos rondándola con plegarias de amor, algunos peinando canas y otros, aún barbilampiños, sumidos en preocupaciones que se aparcan cada Semana Santa, aunque sea inmediato el examen o la reválida, cualquiera que a todos se nos plantea en la vida. Siempre queda un instante de asueto para enfundarse el jubón y cantarle en silencio cuando el reloj se para y no mide las horas si no la llegada de los dogmas.

Y no, no era la Reina de Triana sino de Puerta Nueva y antes del Perchel, y mucho antes de la Victoria, aún cuando sonaba la marcha de López Rueda y a todos nos pareciera que hubiera sido compuesta para Ella. Porque la Paz ha sabido y sabe de arrabales y gente humilde, de gremios y capillas pequeñas, de cruzar ríos con agua y sin agua y embriagarse del olor de su exorno floral, espléndido y sin reservas.

VIÑEROS Y EL CONFORMISMO PROCESIONAL

No hay nada peor que una hermandad no sea en la calle más que un fantasma o una mera caricatura de lo que alguna vez ha sido, por historia o por tradición, y que por abulia o ignorancia, se haya caído de ese lugar privilegiado que le asignaran los archivos y la memoria.

Cuentan los que saben de esto que los Viñeros fueron los primeros cofrades malagueños, los que allá por el siglo XVII unieron a su asociación gremial, un ente depenitencia. Relatan, con la misma fogosidad, que éstos cofrades de calle Carretería tuvieron durante mucho tiempo el privilegio de ser los únicos que podían abrir las puertas de la Catedral y hacer estación de penitencia ante su Divina Majestad, de la misma manera que, gracias a un privilegio concedido por Pío VI, su Nazareno ha podido portar en su mano derecha la llave del Sagrario durante la procesión.

También se ha escrito sobre la valía arquitectónica del Convento de las Madres Dominicas que se aposta en el Muro de las Catalinas y de su Iglesia, sede canónica de la hermandad, así como de los problemas de sostenimiento de las religiosas en la ciudad. Al igual que en los últimos tiempos se ha puesto de manifiesto la trascendencia histórica de la industria vinícola de nuestra tierra y que se va a fraguar en todo un museo del Vino de Málaga en el antiguo palacio de las Biedmas, frente por frente a la casa hermandad.

Por todo ello, no deja de ser una lástima que el discurrir procesional de esta hermandad no se corresponda con su enjundia y arraigo histórico.

La ví salir de la Catedral a la que llevan acudiendo sesenta años y se fueron como si nada, casi sin molestar a las agotadas parturientas del Gálvez. Sonó el Himno Nacional y como si fuera llevado por una cuadrilla de correonistas, Jesús Nazareno, el de los Viñeros, se fue camino de las murallas con su túnica romé a paso de tambor sin paso, con su Agrupación pero sin escucharse la Agrupación, como una cofradía cansada pero sin percibirse cansancio y como si el trono fuera grande y pesado, sin serlo. O mejor dicho como si el Señor fuera en un trono, que realmente ha dejado deserlo y de parecerlo. Y ahora es tan sólo un mueble rústico, de estilo provenzal, con forma de carrete pero de caña de pescar.

La Virgen, tan de Buiza en sus abultados párpados, ofrecía una estampa novedosa y original. Más propia de las devociones letíficas. No hace mucho que los hermanos decidieron que no debe haber mas palio que la cobije que el que conforma el propio tejido celestial y los blanquecinos borregos bordados. Muy bien. Como también muy bueno ha sido el resultado de las nuevas andas que han salido del obrador de Francisco Pineda, en madera tallada y dorada, con trazas neorrococós.

Pero las esperanzas de disfrutar un pasaje distinto y evocador se desvanecieron a golpe de campana cuando el trono se paraba a pesar de los intentos de la cuajada banda de Torredonjimeno de poner música e ilusión al paso de la Madre de Dios,Traspaso y Soledad. En mi afán de robar ese encanto potencial me tuve que conformar con escuchar música sin más, pues ni con “Caridad del Guadalquivir” ni con “La Madrugá” ni con “Cristo del Desamparo y Abandono” ni con “Pasa la Virgen Macarena” pude ver una mecida completa y dedicada de sus portadores. O al menos una intención inicial o una voluntad de lucimiento por parte de los capataces, los cuales como si molestara o importunara el acompañamiento, esperaban deliberadamente a que acabaran las marchas para reiniciar el camino. Todo muy frustrante.

LA MISERICORDIA Y LA NECESIDAD DE BUSCARSE A SÍ MISMA

Y a partir de ahí se consumió el Jueves Santo en un continuo de inacción procesionista, a pesar de que traté de buscar por todos los medios posibles, un momento, una marcha, una curva, un aplauso y un pellizco. Todo lo más que encontré fue un Jueves Santo que padece una grave patología crónica, donde las cofradías que siempre han llevado a gala su vitola de grandes flojean alarmantemente en la estética procesional, languidecen en un transitar tedioso y desordenado y siguen ofreciendo en la calle una sensación de frialdad cuando, muy al contrario, el resto de jornadas están recuperando el hervor mientras sus hermandades se enrocan en los entornos, haciéndolos suyos, sabiendo llegar al núcleo de lo auténtico y genuino.

Ver pasar al Chiquito por la Plaza del Siglo fue como recordar las teorías de Darwin sobre la evolución de las especies. “Los milagros de la conservación existen”, explicó el científico, poniendo como ejemplo a las iguanas de las Islas Galápagos. Quizá hoy, para apostillar sus pareceres, podía haber citado a este simulacro de cofradía que se dejó todo lo bueno entre los muros del Carmen. Pero siempre sucede que tales criaturas tan extraordinarias no dejan de acusar el paso del tiempo.

La Misericordia es lenta y monótona. Su cortejo, entre pausa y pausa, no presenta atracción alguna. No muestra orden ni concierto. Es más, genera desconcierto, combinando nazarenos, militares, mujeres con mantilla y bandas por doquier.

Tampoco la llegada del Señor supuso una ruptura con este tedio insoportable. Primero porque el Cristo se pierde en unas grandes andas que son frías como pescados y artísticamente nulas. Y segundo, porque pasó al golpe seco de un tambor que fue de cola, pues sobraban realmente el resto de los músicos.

Ni talante de Jueves Santo. Ni pellizco de barrio. Ni júbilo, ni recogimiento, ni nada por el estilo. Tan sólo una muestra paupérrima, incalificable e insostenible. Claro ejemplo de hermandad que viene arrastrando resabios pasados que son los que nos dejan claro el porqué del desarraigo de la Semana Santa entre la juventud formada e interesada por la cultura de la década de los setenta y que hoy son muchos de nuestros padres que recuerdan con estupor aquella pompa procesionista.

Para mí el sabor auténtico de la Misericordia se perdió el Sábado de Pasión tras el Señor en su peana de carrete, acompañado por la banda de Bomberos y por decenas defieles mientras sonaba “Misericordia” de Puyuelo por los adoquines de la calle Ancha. Quizás sea allí, en Arco y Malpica, en la esquina de Peregrino o en los mantones apostados sobre las barandillas, donde tenga que mirarse una hermandad para perfumarse de su propia esencia. Para llevarse tales regustos al centro y compartir con la ciudad los esquemas de un barrio que aún no ha muerto. Igual que lo ha hecho la Virgen del Carmen con un notorio éxito. Lo peor es no decir nada. Y la Misericordia puede y tiene mucho más que decir.

MENA Y SUS SEMPITERNOS CONDICIONANTES

De Mena tampoco hay que comentar mucho más de lo que ya se ha escrito largo y tendido. Volvió a dejar claro esta Cuaresma cuales son sus preocupaciones fundamentales y la prioridad que cada elemento tiene en su cortejo. Pero el pueblo también se expresa y aún conserva la libertad de elegir. Por eso cada hermandad, en particular, y las jornadas, en general, tienen también su propio público. La Congregación, mal que les pese, tiene el suyo. Aunque haya una minoría que la busque con un afán de entenderla en su riqueza inherente. Fuimos pocos los que reparamos en el edificante misterio que, desde mucho antes de la venida militar, ya representaban los congregantes desde antiguo. La Magdalena suplicante, que pudo ser Titular, mirándose a los Pies del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, todo un símbolo de arrepentimiento y penitencia.

No seré yo el que reniegue de la realidad de una vinculación, provechosa, tangible e indudable, en lo afectivo y en lo corporativo. La Legión Española volvió a acompañar al Cristo con aires marciales, hondos e intensos. Ni puede ponerse coto fácil a lo que, para unos, puede constituir un exceso, y para otros, es simplemente una muestra distinta de procesionar en esta ciudad.

Pero ni el más contumaz de los requetés, luego de dar un par de emocionados vivas a Don Carlos, admitiría hoy sin rechistar que la Soledad de Mena guarda en su retablo lignario una belleza que supera con mucho todas las diatribas que genera siempre la Congregación en la calle. Y ni mucho menos es discutible la devoción penitencial que desde siglos atrás ha venido despertando esta enjuta Dolorosa de Santo Domingo con fama de milagrosa por haber salvado a un buque de la Armada, con cuyo cuerpo, así mismo, existe una vinculación fecunda y extensa en el tiempo.

Por eso, llegado el trono de la Virgen a Arriola, me supo a poco, muy poco, el eclipsado paso con la “Salve Marinera” y “Coronación de la Macarena”. Era inevitable acordarse de aquella salida extraordinaria de Mayo de 2006 donde todo fue un testimonio de fe mariana y se demostró que era posible una Soledad protagonista, sin aspavientos extraños, recuperando su sitio en el devocionario local, aquel que había trascendido hasta los rigores de la liturgia con la celebración de una Misa de Privilegio el sábado de Gloria. Pero la atmósfera que se genera el Jueves Santo acaba con cualquier atisbo de magia. Entonces me acordé de unos versos de Lorca que han sido puestos de relieve recientemente por Alberto Palomo en su libro Los Nombres de la Pasión:

Virgen con miriñaque, / virgen de la Soledad,/ abierta como un inmenso tulipán./
En tu barco de luces vas / por la alta marea de la ciudad,/ entre saetas turbias y estrellas de cristal./ Virgen con miriñaque tú vas/ por el río de la calle,/ !hasta el mar!

ZAMARRILLA Y LA PÉRDIDA DE BRILLANTEZ

De Zamarrilla no se pueden decir cosas muy distintas. Lejos quedaron aquellas sensaciones agradables que despertaba la hermandad en los primeros años post-coronación. La recuerdo con el edificio de Félix Sáenz como perfecto telón de fondo mientras el Cristo de los Milagros, aún en su severo trono anterior, era acompasado por los clásicos sones de Fusionadas y algún año por la Agrupación Musical del Despojado de Jaén. A la Amargura la veía venir con su rosa roja en el pecho al compás de Pasa la Macarena por ese mismo entorno. Tiempos pasados. Quizás la inestabilidad interna haya pasado factura en lo procesional.

Desde la enjuta ermita, donde antaño estuviera un huerto y se alzaba una cruz aderezada con esta planta, la cofradía de la Amargura comenzaba a desplegar su cortejo por la siempre variopinta calle Mármoles al caer la tarde.

Ya de vuelta y con la Congregación de Mena surcando la zona del mercado de Atarazanas, el tránsito de Zamarrilla por Carretería fue, en extremo, desangelado y frío, lo que acrecentó esa visión de cofradía triste y apocada. Sin duende, sin pellizco. Sin detalles de interés. El trono del Cristo no termina de cuajar, viniendo de donde viene. Y el conjunto de la Virgen, todo un buen trabajo de orfebrería, medido y proporcionado,  no lució en todas sus posibilidades debido al exorno floral que estuvo absolutamente fuera de lugar. Otra cofradía subsumida en el aroma oficialista, árido y recalcitrante de la jornada.

LA ESPERANZA Y EL NAZARENO, LUCES DEL JUEVES SANTO

Siempre queda una esperanza. La Esperanza. Desde su templo inacabado sobre el que vuelve a edificarse una eterna esperanza, en los albores de la medianoche. ¿Como van a acabarse las cosas en la Esperanza, si es la propia esperanza un sueño eterno, un anhelo insatisfecho, una petición milagrosa, una inquietud sempiterna de la que el hombre egoístamente nunca puede despojarse?

Venían los ríos incesantes de personas por el Hoyo y por el Puente a desembocar en latrasera de Hacienda. Se afanaban los músicos en limpiar el instrumental cuando comenzaban a sonar las campanas alegres de la torre blanca. Las inmensas puertas se abren al cielo que pintó Chicano en un arrebato de vanguardia. Y sale la Esperanza, rompiendo aguas, como si la cofradía naciera a la ciudad en un desparrame de romero sin medida.

Este año la Archicofradía ha sido un poquito más morada que verde. Y no pasa nada. Zarpa el dorado barco del Nazareno asomándose a la bocana del muelle con la estética de siempre. La cruz de plata y el terciopelo salpicado de roleos festivos.

La basílica, tramo a tramo, insignia tras insignia, se va despojando de todo su arte contenido y los capataces llaman a cuadrar el trono de la Virgen.

La Esperanza no lleva ciriales. ¿Para que cometer una redundancia, habrán pensado sus avezados albaceas? Si es que la Esperanza ya lleva una larguísima cuadrilla de acólitos vestidos de nazarenos en el último tramo. ¿Pero es esa una luz que alumbra su camino o no es más que una egoísta forma de privilegiarnos dentro de un cortejo, contrariando deliberadamente el sentido del recato y anonimato del hábito nazareno? En nuestra incomprensión latente, nunca entenderemos que a la Madre de Dios le pueda sobrar la luz. Pues es Ella la luz misma. Y sí que le sobran privilegios externos que no merecemos, cuando es esa una luz que no alumbra más que nuestro propio ego vestido de nazareno. Valga pues, desde mi punto de vista, la redundancia.

Casi sin darnos cuenta ya ha salido y se dirige por el Puente de Tetuán a la Alameda y la Casa se queda vacía cuando minutos antes no cabía ni el alfiler de su tocado.

Decíamos que el color preponderante en esta noche mágica iba a ser el morado. Cuatrocientos años de la primera Bendición del Nazareno del Paso bien lo merecían. Para celebrar dicha conmemoración se cambió el habitual recorrido y la cofradía llegó hasta la Plaza del Obispo.

En ese lugar, tras un protocolo medido, el Nazareno que tallara Mariano Benlliure con una maestría indiscutible, procedió a llenar de gozo a todos los presentes con ese atávico movimiento que, por repetido, no deja de ser emocionante, propio y muy nuestro. Entonces algunos lo despojamos de su lustroso aspecto para imaginarlo en su estampa primitiva, con la cruz plana y cepillada y con la túnica lisa.

Concluido el extraordinario acto, ya sólo quedaron en el camino los más apretados. Los que aún aguantando el peso de los párpados, lo acompañaron de vuelta a la ribera del Guadalmedina.

Un poco antes, en Strachan, la ciudad le enseñó a la Esperanza como aún hay calles que parece que se construyeron para albergar estos gozos, al tiempo que en esta vía dedicada al famoso y fecundo arquitecto, se generaba ese fenómeno tan cofradiero como es la bulla soberana. Esa a la que Antonio Burgos llamaba en su Pregón con determinación ritual. La plena delectación de los que se bañan en ese río de devoción con el que no acertaron los presocráticos y que tanto critican por estos lares algunos que ni se levantan al paso de una Imagen sagrada por un palco.

Es Strachan una de las pocas calles que abriga con soltura cualquier dechado procesional, ya sea de talle corto o de aspecto monumental, rompiendo tangencialmente con esos viejos teoremas pasados que vaticinaban una eternidad de colosos surcando avenidas por la imposibilidad a priorística de cruzar estrechos dinteles ni rozar balcones.

La Esperanza llena cualquiera sea la calle por donde pase. Su belleza moldea y perfila las astilladas trazas de las calles mustias.

Pero con Strachan, que es recoleta y acompaña con geranios en las ventanas y tiernos tonos en las fachadas, y la luz de la Virgen, que es distinta, cálida y dorada, ni brillante ni clara, la ecuación no pude dar otra solución que la exacta.


Publicado por Desconocido @ 18:36  | Málaga
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