domingo, 17 de mayo de 2009

CRUCIFIXIÓN, LA MADUREZ ALCANZADA DESDE EL EMPEÑO

Tras sufrir lo indecible para cruzar el Guadalmedina debido a la ingente cantidad de personas que se apostaban no ya sólo en las aceras de Mármoles y el Puente de la Aurora, si no incluso en las barandillas del pasillo Guimbarda ( frente a las casas de hermandad del Huerto y Estrella, delante del hotel Ibis, a decenas de metros de por donde pasaba el Cautivo), busqué la primera hermandad del día ya de vuelta.

La cofradía del Padre Cacho poco tiene que ver con aquella ilusión que hace un par de decenios rondaba las calles del Parque Victoria Eugenia. Ni tampoco con la cofradía que hasta hace pocos años procesionaba a su Dolorosa en unas eventuales andas carentes del más mínimo aliciente estético, casi improcedente en una Semana Santa como ésta. Empero no hay que ser muy avezado en estas lides para darse cuenta de que esta cofradía ya no es aquella que hace un tiempo rezumaba provisionalidad en todas sus líneas.

La hermandad de Crucifixión ha sido la grata sorpresa del pasado Lunes Santo. Es de justicia advertir que la labor desempeñada por esta cofradía en los últimos tiempos ha sido digna de elogio en todos sus frentes, lo cual no resulta sencillo desde un entorno deshumanizado e inestable, como es la zona de la Parroquia del Buen Pastor. Es indudable que al fin se ha dejado atrás el cartel de cenicienta, ganándose por derecho propio, la consideración del firmamento cofradiero sin necesidad de vistosas insignias ni recurrencias a la frivolidad innecesaria. Lo más importante en la órbita de las cofradías humildes es, con mucho, la dignidad y el criterio, la sensatez y la medida para cumplir sin prisas las metas marcadas. Aunque se den pasos en falso y haya que rectificar. A pesar de los contratiempos y las contrariedades que puedan surgir.

En materia cofradiera stricto sensu, fue del gusto general, la disposición del cortejo, que a pesar de lo exigente del recorrido fue en todo momento ordenado y sin que se notara en exceso la pérdida de efectivos cuando ya de regreso transitaba por el Diario La Opinión.

El primero trono resultó impecable, con el único protagonista del Crucificado que tallara Bonilla Cornejo, altivo y sugerente, a la espera de que, en un futuro inmediato, se complete una inédita escenificación con la guardia romana sorteándose las sagradas vestiduras del Mesías mientras los dos ladrones, Dimas y Gestas, son conducidos a la cima. Al menos ésta es la propuesta del imaginero onubense Elías Rodríguez Picón cuyo boceto ya ha sido aprobado por la hermandad.

Mientras tanto, las juiciosas miradas se centraban en las peculiaridades artísticas de este original Cristo enclavado al madero por el llamado espacio de Destot (por las muñecas) así como en el cajillo de aires renacentistas que se realizara en el taller de Toledano padre y que hace pocos años adquirió una tonalidad oscura al contraste con las cartelas de metal plateado.

Otra nota a destacar fue el acompañamiento musical, el cual al fin lució con nitidez tras varios acompañamientos infructuosos. Asumió esta responsabilidad la banda de cornetas y tambores “Lágrimas de San Pedro”, que se acopló perfectamente al paso del trono, interpretando con soltura y desparpajo un repertorio variado de marchas fundamentalmente procedentes de la producción de las Tres Caídas de Triana. Un momento a destacar, la curva de Álamos con la calle Mariblanca donde los portadores ejecutaron un giro perfecto al compás de la marcha “Madre de Dios del Rosario”.

La Virgen del Mayor Dolor en su Soledad, obra de Antonio Dubé de Luque, aunque sobre una concepción original de Ruiz Liébana, al fin goza de un joyero de luz sobrio y elocuente. Sin alardes. La factura se debe al desconocido y un tanto exótico taller Orovio de la Torre, exótico por aquello de su lejana procedencia, Ciudad real, aunque en nada se antoje remoto respecto de los resultados ofrecidos; muy correcto el trabajo en su ejecución y realmente aparente en cuanto a planta en la calle, eso sí, aun a falta de los detalles que lo rematarán en sucesivos ejercicios.  

A su paso por la Plaza del Siglo se cruzó con el Cristo del Perdón que se dirigía hacia la Catedral y todo fue una buena muestra de madurez procesional, de respeto y criterio a la hora de cumplir el protocolo. Posteriormente el palio de la bellísima Dolorosa accedió a Granada a los sones de “Rocío” de Vidriet, magníficamente mecido por sus hombres de trono, los que dejaron a su estela, una sensación agradable y complaciente.

 

GITANOS, CUANDO EL DUENDE SE VUELVE EXCESO

No sería justo juzgar la labor de los Gitanos por los desmanes habituales que se producen en el último tramo de su estación de penitencia, a partir de la Plaza de la Merced. Me hubiera gustado saborearla bajando del arrabal por Peña y Mariblanca cuando aún el duende es empleado en buenas maneras cofradieras y seguro que las percepciones hubieran sido distintas. Este año no pudo ser.

Reconozco que en mis primeras Semanas Santas en esta ciudad me costó comprender el concepto “hacer el encierro” puesto que este término no se correspondía, físicamente, con la acción y el efecto de “recogerse” en un templo, tinglao o casa hermandad. Recuerdo aquel primer año en que me aposté, ingenuo de mí, en la placita en que desemboca la calle Gaona ante el histórico despacho de bocadillos para ver recoger a la Archicofradía de la Sangre, dado que en mi abc cofradiero la recogida siempre había sido un momento emotivo y cargado de sentido. Pero no, aquello no se recogió. Se “encerró” en la confluencia de Álamos con Carretería mientras yo esperaba más arriba un cortejo que nunca llegó. Desde entonces no me prodigo en tales affaires.

Por ello, el pasado Lunes santo, a eso de las diez y media de la noche, no esperé a que el niño Pablo se despertara sobresaltado cuando la cofradía de la Columna llegaba a aquella histórica esquina donde, además de bares de copas, estuvo la casa natal del genio malacitano por excelencia, que aún se conserva, y la antigua Iglesia que erigiera la orden mercedaria en 1507 y que fue pasto del fuego indecente de 1931.

Aquello no me pilló de improviso y antes de que se produjera el encuentro-encierro-despedía oteé el ambiente, fijé la vista en dos o tres detalles, especialmente el nuevo manto de la Dolorosa, obra de Rosén, y abandoné la empresa pues como han advertido no sin razón los estrategas, una retirada a tiempo siempre es una victoria.

No sería íntegro, insisto, valorar la escenificación procesional de la Columna por los escasos minutos en que pude apreciarla por aquellos desangelados lares, aunque como bien señalara el refrán, hasta el rabo todo es toro y las cofradías en las calles deben cuidarse desde el principio hasta el final. Por eso preferí quedarme con el recuerdo de aquel Señor moreno ensangrentado y roto  que buscaba refugio en las almas de los disciplentes calés que le acompañaban y de su Madre de la O cuando bajaba aquella pendiente con preces de Reina. Algunos se lo ofrecían por bulerías palmeadas con lágrimas y posos de sinceridad. Otros se olvidaban el compromiso en casa, entre bramidos inentendibles y cascos de whisky. Cuestión que debe empezar a controlar la junta de gobierno para que una peculiar muestra racial de cariño y devoción no se convierta en una vergonzosa manifestación de miserables inquietudes.

 

DOLORES DEL PUENTE, ESTAMPA COLOR SEPIA

El Lunes Santo me deparó una última e inesperada sorpresa de nuevo por la calle Echegaray a la que regresé para despedir la jornada con el retorno a casa de los Dolores del Puente, cofradía joven pero perfumada con polvo de legajo y revelada en el sepia de las fotos antiguas cuando aún se atisbaban en ellas las frondosas copas de los álamos del Pasillo de Santo Domingo.

Del conjunto del Señor, aún dispuesto en un trono provisional de líneas severas que será sustituido en pocos años, la visión erguida y conversadora del Señor crucificado del Perdón nos hacía rememorar a los clásicos, mientras éste le decía al buen Ladrón, “te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Suso de Marcos supo dar respuesta con rectitud y perfección a aquellas primeras ilusiones cofradieras. Al igual que en la desconocida Virgen de la Encarnación intuíamos que las carnaciones y la expresión fruncida procedían inequívocamente de la riquísima producción escultórica malagueña del Setecientos.

La luz exigua de los hachones, el poco y respetuoso público presente, la riqueza de los inmuebles de la calle y la banda de Miraflores abordando magistralmente la adaptación a marcha de aquella comedia lírica en que Turina imaginó la Semana Santa mientras se resolvía un triángulo amoroso explosivo e impactante, no me hizo si no constatar que efectivamente podía haber emprendido un viaje en el tiempo. Entonces recordé que al curiosear la procedencia de esta marcha había leído la sinopsis que de la obra original hizo José Luís García del Busto y que decía así: "José Manuel se enamora de Margot en un cabaret de París. Vuelto a Sevilla, se debate entre la inclinación hacia aquella mujer que le ha seguido hasta allí, y su amor sincero por Amparo. La máxima tensión escénica se da en el final del acto segundo, con el paso de una procesión de la madrugá del Viernes Santo sevillano. Se oye una saeta lejana. Diálogo de Margot y José Manuel. Tambores lejanos. Empiezan a desfilar los nazarenos y aparece el paso de la Virgen. La cofradía se detiene y se oye la voz de Amparo que canta una saeta. José Manuel quiere huir pero Margot le detiene. Huye al fin hacia su novia, dejando a Margot en desesperado llanto. La cofradía se pone en marcha y la Virgen atraviesa triunfalmente la escena.”

La Dolorosa del Puente, coronada en 2004, llegó a la entrada del antiguo Colegio de San Agustín con la marcha “Amarguras”, en la única ocasión que he podido escucharla en la pasada Semana Santa y no al completo.  Entonces me pareció adivinar una larga fila de agustinos escolares apostados en silencio admirando con sorpresa las manos de aquella Virgen mientras el maestro les explicaba la tremenda historia del accidente de la fragata alemana Gneisenau en la escollera del puerto en la que los vecinos arriesgaron su integridad para salvar la vida de muchos marineros. Tras aquello los rudos germanos quedaron eternamente agradecidos y su gobierno donó un puente que hoy es cauce invisible de devociones de ida y vuelta. Primero cuando la Virgen estaba en Arriola y ya en la segunda década del siglo pasado cuando fue a parar al otro lado del río. Al extremo del que fuera el primer puente de hierro de la ciudad.

Me percaté de como les explicaba como en su extremo perchelero, se adivinaba esa pequeña capilla callejera que guardaba en su interior a esta Virgen perenne y serena en la muestra pudibunda de su Dolor letífico.

Entonces, mientras imaginaba esa lección propia del magisterio mas propio y autóctono, la vi llegar en su originalísimo trono de líneas antequeranas, estrenado hace unos años y que ha supuesto toda una revolución estética en esta tierra tan dada a abrir fronteras y asumir conceptos extraños, pero a su vez bellos, sugerentes y enormemente enriquecedores. No debe ignorarse sin embargo algunos problemas prácticos que sobre el terreno se han podido apreciar y que deben ser comentados, a saber: la excesiva altura de la Virgen sobre la peana de carrete así como la escasa iluminación que tiene el conjunto y que en consecuencia impide que, en algunos tramos del recorrido, apenas se pueda apreciar el óvalo dulce y sosegado de la Dolorosa. ¿Fidelidad al canon o practicidad? desde la hermandad lo tienen claro y se ha apostado por lo primero.

 


Publicado por Desconocido @ 0:27  | Málaga
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