REBELDÍA ANTE LAS USANZAS IMPUESTAS
La ciudad acota su júbilo con vallas de mansedumbre. Llega el Lunes Santo y a la explosión de sabores y momentos espontáneos, nuevos, vivos y desconcertantes del Domingo de Ramos le sucede una ordenada secuencia de ritos y mitos. La semana Santa se adoba en un recorrido milimetrado y pausado, en la que el espectador comienza a entrever una progresión conceptual de tradiciones indiscutibles, que son las que se apuntan por bulerías tras Jesús de la Columna, se intuyen en cada esquina al escuchar el himno de los Estudiantes o se espera al Señor de Málaga en el maremágnum de calle Mármoles.
No obstante, no son pocos los cofrades, especialmente jóvenes, los que nos resistimos a hincar la rodilla en el lecho de las usanzas impuestas. Y no cogemos los días por tópicos sino por cofradías. Intentamos no perder el tiempo en esperas inútiles. Escudriñamos los itinerarios para adivinar momentos, imaginar marchas y robarle a la creencia exigida esa espontaneidad inevitable, la que aparece en esa curva perfecta, en la antesala de los focos, pocos metros antes de la parafernalia oficialista, cuando rezuma el fragor del algodón de azúcar, generando un ambiente casi tétrico.
CRECIMIENTO
El Lunes Santo, lucha cada año por salir de un ostracismo perentorio. Y debe reconocérsele un éxito relativo que se debe sin duda a las axiomáticas intenciones de las cofradías que forman parte de su nómina, lo cual demuestra inequívocamente donde sigue embarcada la pelota de los resultados, que no es en otro sitio que en el techo de los templos y de las casas de hermandad, a pesar de que haya dirigentes que aun sigan reclamando mas efectivos policiales como cuando el cabecilla de los protestantes pedía protección para pasar en manifestación por el barrio católico de Belfast.
Pero seamos justos. Podría decirse que este de 2009, ha sido el de la definitiva recuperación del Lunes Santo, el de la confirmación de ciertos presagios que venían apuntándose años atrás constatándose algunas exponenciales realidades, tan sugerentes y en algunos casos, tan sorpresivas.
LA PASIÓN, SEGÚN PASIÓN.
La tarde comenzó en uno de esos rincones donde siempre quedan retales de magia cofradiera. Dejé el Domingo en los aledaños de la Catedral y allí mismo inicié una nueva inmersión en la bulla procesionera del Lunes Santo. Cuando ya se adivinaban los primeros nazarenos de Estudiantes a la altura de la Abadía del Císter, la cofradía de Pasión abandonaba la Catedral para dirigirse al recorrido oficial por ese peculiar y absurdo periplo que forman el óvalo callejero; Uncibay, Carretería y el Pasillo de Santa Isabel.
Pero antes, el morado cortejo fecundado por las centenarias naves de los Santos Mártires, ya transitaba por la recuperada calle Echegaray, lugar donde se vivieron momentos de enorme
plasticidad. Quizá embebidos de una belleza envolvente, coqueta, mimosa, mucho más intima que la que nos había deparado el entorno de la Catedral, indubitadamente más imponente e impactante. Fue delante de aquel antiguo Cine, en esa callejera prolongación natural de su patio de butacas, donde pudimos volver a recordar ese pasaje evocador de la Historia mas grande jamás contada donde Sidney Poitier encarnaba al padre de Alejandro y de Rufo, el hombre que venía del campo y que, al pasar por aquel lugar situado fuera ya de las murallas de la ciudad y próximo al montículo del Calvario, se encontró a Jesús abrumado por el peso del madero.
Allí nos sobrecogimos con la docilidad del cirineo que ejecutara el imaginero Antonio Castillo, que no era ni mucho menos peor escenógrafo que George Stevens, mientras asía el estípite de forma arrolladora y no dudaba en su atrevido lance. Entretanto, Jesús de la Pasión, exhausto pero sereno, a los sones predictivos de "La Expiración" de Alberto Escámez, recuperaba el aliento y reiniciaba poderosamente su zancada camino del Gólgota malagueño, entre gritos e insultos de los escribas y fariseos, que de todo había delante de su paso. Cuando llegaron a aquel lugar, Simón, cansado, dejó la cruz en el suelo y, muy probablemente, permaneció allí el tiempo suficiente para contemplar la escena tremenda de la crucifixión. Trató de buscar una explicación al perdón inmediato que ese Hombre concedía a los que lo estaban matando. Pero no la halló. Ni tampoco nosotros. Entonces, Simón de Cirene se percató de que se había encontrado con el dolor de Cristo y se convirtió. Al igual que aquellos que no lo buscábamos desde hacía algunas tardes de Lunes Santo, encontramos su Dolor en las manos mismas de Ortega Brú y comprendimos, como el de Cirene, que éste era nuestro encuentro con la Cruz de Cristo, una Cruz que era la Salvación del mundo.
Tras Él, la más dulce amargura de la Virgen del Amor Doloroso custodiada bajo su ochava bordada en oro. Aparecía su peculiar conjunto por la esquina de San Agustín justo cuando comenzaba a sonar la marcha“María Santísima del Subterráneo” de Pedro Gámez Laserna. A delicados instantes, sobrecogedores compases. Cuando el trono hubo de embocar la calle y el paso de los portadores era tomado con determinación, la modulación crescendo de la marcha nos llevó al impactante fuerte de cornetas que produjo inevitablemente un estallido en forma de cálidos y oportunos aplausos. Uno de los momentos más destacados de la Semana Santa. No hizo falta mucho más.
El Palio accedió a Méndez Núñez con la interpretación de “Virgen de la Palma” de Manuel Marvizón, lugar en que la dejé tras apostarme unos instantes en uno de sus costeros, donde pude apreciar el vigor expresivo de aquella Virgen cuya factura debemos muy probablemente a la dinastía de los Asensio de la Cerda, y mas concretamente al hermano de Pedro (el padre), Antonio Asensio. Así lo describió la autorizada doctrina de manera más acertada que el que suscribe: “es el triunfo del delirio preciosista netamente dieciochesco, la perfecta evocación del trasunto de la mujer joven y delicada, cuya expresión sufriente hay que relacionar más con una fragilidad natural que con un verdadero estado de tensión dramática”.
EL "PLENAIRISMO" DE ESTUDIANTES
Estudiantes fue este año la hermandad que mejor dominó la paleta de
colores. Especialmente en las crepusculares luces del Lunes Santo. A la altura del bar Puerta Oscura, el cortejo del Señor Coronado de Espinas se desparramaba por Molina Lario formando sus nazarenos a tres filas. En esta calle, que se rotula con el nombre de aquel obispo que propició la llegada del agua potable a la ciudad, resultó bellísima la perfecta sucesión de espigados capirotes colorados que contrastaba con el dorado añejo del trono de Cristóbal Velasco, el cual ya se adivinaba a la altura de la farmacia. El forillo escénico se completaba con el verde oscuro de los cipreses que rodean la pétrea escultura de Santa María de la Victoria en el compás del Sagrario y el color rosáceo de las fachadas laterales y trasera de esa manzana monumental que constituye, hoy día, el Palacio Episcopal. Como un cuadro de Sorolla, pasadas las siete de la tarde.
Cercano al millar fue el número de nazarenos que lució esta hermandad en la jornada, lo cual demuestra con resultados, el notorio éxito de su fuerte apuesta social y de implicación humana. Sin embargo, a mayores retos, mayores responsabilidades, y si el crecimiento está siendo innegable en lo cuantitativo también debe serlo en lo cualitativo.
Dicen que el hábito no hace al monje.
El Palio de la Virgen de Gracia y Esperanza es la savia nueva de la hermandad. El trono tiene una presencia inigualable después de su acertada restauración. Aunque los bordados quedan pendientes. El brillo recuperado de la orfebrería no es sino el símbolo mas inequívoco de que es ésta una cofradía que ha comenzado a bracear con brío y desenvoltura. Su transitar desde Alcazabilla hasta la doble curva, con el peculiar sonido de las caídas golpeando las barras, fue un romancero de estampas hermosas y enormemente sugestivas. La Dolorosa estudiantil, de la que muchos recelaban, derrochó ángel en cada esquina acompañada por un seductor manojo de marchas escogidas y a todas luces, apropiadísimas. A “Corpus Christi” o “Coronación de la Macarena” le siguieron “Virgen de la Palma” y “El Dulce Nombre” de Farfán a la altura de Mariano. Una ida para gozar que bien merece una continuidad de regreso a casa.
EL CAUTIVO, ÍNTIMO
La primera gran caminata de la Semana Santa mereció la pena. El Cautivo guarda secretos aún por descubrir cuando afronta los primeros compases de su Estación de Penitencia y comienza a atisbarse sobre los tejados a dos aguas de la Trinidad, el encelado crepúsculo del Lunes Santo. He sido siempre fiel a la calle Carril, rincón que a pesar de su degradado
pelaje, sigue dedicándonos arrugadas miradas de vecinas emocionadas, saetas profundas e íntimas, rejas cargaditas de geranios rojos, pero sobre todo, continúa entregándonos ese silencio sobrecogedor al paso del Señor con el retumbar hondo de los tambores marciales. Todo ello a tan sólo unos metros de la soez tolvanera que se organiza en el antiguo Camino de Antequera cuando los vendedores ambulantes rivalizan por el despacho extraordinario de unos curiosos pañuelos sanfermineros, con el rostro serigrafiado del Señor de Málaga, amén de los cacahuetes de rigor. A la altura de calle la Yedra sonó “Angustias” interpretada por la banda de cornetas y tambores de los Dolores del Puerto de la Torre, formación que sigue rayando a un gran nivel y que con pocas oportunidades cuenta. Reflejos de un barrio olvidado.
En el debe de esta cofradía le apuntamos la excesiva y hasta tediosa lentitud en su transitar. Extremo que luego le pasa factura. Según los horarios, la hermandad debía poner la cruz de guía en la calle a las ocho menos cuarto. No sería hasta casi las diez de la noche cuando la Virgen de la Trinidad asomaba a la Plaza Montes con toda su candelería encendida. Un exceso. Horas después, a eso de la 1 de la madrugada, el palio llegaba a la Alameda cuando ya se intuía esa desagradable desbandada progresiva de público, dirección alameda de Colón y Avenida de Andalucía. En efecto, no cabe duda de que son los horarios de la jornada los principales causantes de estos males, al igual que ocurre el Martes, pautas que la hermandad lleva asumiendo muchos años, lo cual no deja de producir una cierta desazón cuando en esas destartaladas calles de la Trinidad comprobábamos que la verdadera medida, el genuino atractivo y la auténtica belleza del conjunto procesional de la Dolorosa de Buiza se comenzaba a desvanecer a pocos metros de calle Mármoles. Cuando las paradas empezaban a hacerse eternas y la impaciencia generaba decibelios indeseados. Al menos así lo percibimos los que con una sosegada delectación la vimos revirar hacia la plaza Montes al compás de "Trinidad a tus Pies". Con el público justo, soberana y elegante. Con finura y recato. Siempre a sus Pies.