martes, 21 de abril de 2009

Da gusto percibir como aun hay personas que entienden que el de Ramos no es un domingo cualquiera y no lo es, al menos, para los que hemos nacido aquí y no llegamos a esta ciudad en un lujoso crucero con la piel de un salmonete y la cara de despistados.

A primeras horas de la mañana, no pocos fueron los trajes de chaqueta que se intuyeron en las cercanías de la Catedral coronados en las solapas por la palmita bendecida. Habrá quien entienda que ponerse un traje en Málaga es como disfrazarse en Carnaval. Sin embargo los hay también que entienden simplemente que es una forma de perpetuar una costumbre observada desde antiguo por sus propios padres y abuelos. Aunque chapó por el atrevimiento.

Sea como fuere, la jornada, mescolanzas de raya diplomática, línea deportiva o juvenil de camisetas anchas con el lema "I love Nueva York"; el Domingo de Ramos de 2009 quedará en el recuerdo como uno de los mas completos de la historia desde el punto de vista cofradiero. Equilibrado, homogéneo, justo y muy medido. Y además muy apoyado por el público, lejanas todavía las jornadas de grandes Nombres, Túnicas Blancas, Novias malagueñas, Legiones o magnos Catafalcos.

El mediodía soleado y caluroso invitaba a esperar los primeros nazarenos desde alguna terraza. Fue imposible. El centro de la ciudad era un auténtico hervidero de personas buscando un lugar donde aliviar la sed y donde degustar alguna tapita sencilla. En Orellana no cabía un alma. Los nuevos fogones de La Moraga o Salmorejo en las estrecheces de Fresca y Salinas concebían delicias culinarias mientras los clientes se acodaban en torno a la barra sin respetar siquiera el hueco de los camareros.

Casi sin que diera tiempo a apurar el culillo de la cañita y pagar a la bulla, había que salir pitando hacia la Puerta de Buenaventura por donde ya regresaba la Pollinica con su jolgorio habitual, con sus palmas revoloteantes, con sus niños eternos, de vuelta a la collación de San Felipe.

Resultaría inconcebible no contemplar esta cofradía en una mañana que ya ha hecho innegablemente suya. La emoción comenzó a embargar a los presentes cuando el Misterio apareció por el recodo de la Plaza del Teatro como cuando llegaban los Reyes en las vísperas de la epifanía, repartiendo ilusión, generando asombro, y arrancando los tímidos aplausos de los niños subidos a los hombros de los padres.

El trono del Señor de la Entrada triunfal iba exornado con un complejo floral exorbitado, casi selvático. La intención no era descabellada pero la sensación fue de agobio visual. Lejos de la mesura de otros años, quizás tratando de distraer las miradas por el cada vez mas deteriorado y maltrecho cajillo. La banda de Cruz de Humilladero interpretó la adaptación de "Nazareno y Gitano" de Pascual González a la altura de los restos de la muralla en la Librería Prometeo. Y así, de esta forma, jaleado por los suyos y vitoreado por los niños, se fue camino de la calle Parras bendiciendo palmas y repartiendo ramitas de olivo, dejando un espléndido sabor de boca, el cual se habría acrecentado sin duda con un acompañamiento musical más acorde, más propio. A cargo de una Agrupación Musical, por ejemplo.

Por detrás, la Virgen del Amparo es la indiscutible Soberana de las primeras luces de la Semana Santa. La mayor riqueza del conjunto radica en el Palio. Es un crisol envidiable. Un prisma a través del cual traspasan los rayos del Lorenzo malagueño para fecundar una luz mágica que irradia en el rostro de la Señora. Una luz vivificadora y cálida, casi dorada. Luz que hace innecesaria una candelería, generando ese efecto único en el trono de la Reina de San Agustín. Amparo de la Pollinica andando marinero dos pasos adelante y un paso atrás con "Esperanza de Triana Coronada", marcha muy apropiada para el momento.

Si el Amparo es la Reina de la mañana malagueña; Lágrimas y Favores se ha convertido, sin duda, en icono devocional del mediodía de los Gozos. Antaño lo fue de su Aurora y de los primeros fríos del amanecer, aquellos que únicamente se rasgaban por los graznidos de los vencejos. Actualmente, mucho mas ensalzada en un bello trono, se ha abierto un hueco en ese otrora paréntesis del Domingo de Ramos para ofrecernos continuidad procesional, al tiempo que, enmarcada en un hacer impecable, nos surte de una belleza sin igual con un sello indeleble, una impronta espectacular y un poso sencillamente sublime.

Ya desde la plaza del Obispo, al contraluz, el cortejo de nazarenos verde y crema venía generando un florilegio implacable de sensaciones. La Virgen, un exceso de guapura, iba altiva desde su peana, inmersa en unas andas privilegiadas. De pocas como estas se puede decir que la grandilocuencia no está reñida con la coquetería. Su vuelta a San Juan, por un recorrido enormemente estético, se convirtió en una absoluta muestra de buenas formas cofradieras. El trono anduvo impecable meciéndose al compás de las piezas musicales que sonaron estupendamente en los metales y maderas de la banda del Arrabal de Carmona. En efecto, los ensayos no son caprichosas formas de dar la nota fácil sino útiles técnicas de preparar una función. Y de esto sabe mucho un actor cofrade. En Strachan sonaron dos marchas de estreno. Una de ellas, "Lágrimas de San Juan" compuesta por Abel Moreno, incluía además una letra que ha legado este actor y cofrade fusionado, José Antonio Domínguez Bandera. Su interpretación en diversos puntos consiguió un par de efectos muy deseados: dar un pellizco a la Málaga autocomplaciente y unir aún más si cabe ese sentimiento colectivo que el Domingo de ramos rezumó por todas partes.

Poco después de dejar el palio de Lágrimas accediendo a su feligresía por Mesón de Vélez, la siguiente cita ejemplar de la jornada fue la del transitar del Nazareno de Salutación por las degradadas callejuelas del Molinillo y el barrio de San Rafael. La cofradía de impoluto blanco de túnica y capas, venía formando por el Llano Mariscal ante la sorpresiva mirada de los vecinos curiosos. Abría paso la Agrupación Musical San Lorenzo Mártir. Una delicia observar el orden y el rigor del cortejo nazareno hecho al amor de las calles curvas. Huerto de Monjas, Mariscal o Álvarez fueron, otro año mas, ese dédalo de callejuelas elegido por la hermandad de San Felipe para magnificar el sentido de su Estación de Penitencia, allí donde el público no abunda ni encadena sillas plegables. Todo tuvo su sentido cuando las madres carmelitas depositaron su anónima oración a los pies del Señor que tallara Dubé de Luque. Desde una celosía curtida de humildad y recato. Desde la oscuridad y la intimidad de la admirable clausura. Además del dulce canto de las monjitas también sonaron en forma de marchas procesionales "Procesión de Semana Santa en Sevilla" o "Al Señor de Sevilla" interpretadas por la consolidada banda municipal de Guadix. Momentos todos ellos para recordar y para no olvidar

El Domingo de Ramos no tuvo huecos para el descanso. Ni para largas y tediosas esperas. De momento en momento, se fueron sucediendo estampas perfectas. En rincones diversos cargados todos ellos de un altísimo sabor estético.

El siguiente encuentro procesional lo supuso a eso de las seis y media de la tarde, la hermandad de la Humildad que ya bajaba del barrio del "Chupitira" entre naranjos cuajados en flor. Elegantísimo el cortejo de los servitas blancos, bien dispuesto, ocupando espacios pero sin cortes y compactado. Con un ritmo ligero, la cofradía circundó la Plaza de la Merced para llegar a Granada por el lateral este con el Obelisco de fondo, el símbolo de la libertad como un perfecto atrezzo. Curiosa paradoja.

Sublimes instantes los que se vivieron en la antigua calle Real mientras Pilato presentaba al Señor a la Málaga cofrade al son de las palilleras que hacían sonar los miembros de la guardia pretoriana de la Esperanza: Ecce Homo, ¡he aquí el hombre! Las tulipas del trono rozaban los muros del adarve medieval recientemente recuperado. Muy cerquita, tan sólo unos números mas adelante parecieron escucharse las declamaciones de los viejos poetas que degustaban los buenos caldos de esta tierra en las bodegas del Pimpi. Málaga Virgen. Como virgen estaba para la hermandad esta antigua torrentera del Monte Gibralfaro. Inédita y espectacular. Se callaron los cantaores flamencos al paso del Señor y se asomaron al balcón para observar la escena. Parecieron decirle al prefecto de Judea que lo liberara. Casi pudieron hacerlo ellos mismos con las manos. Desatarlo. Pero no pudo ser. Ya en la confluencia con Beatas y San Agustín, comenzó a sonar "Costalero del Soberano" y a más de uno se le cayeron los palos del sombrajo. Delante de las andas se hizo notar un señor que parecía relatar el momento que estaba viviendo por el teléfono móvil mientras afirmaba con rotundidad: ¡han vuelto los servitas blancos! Así, literal. También había periodistas, curiosos, cofrades y semanasanteros. Todos boquiabiertos.

La Merced también recobró un protagonismo perdido. Después de años de provisionalidad, el trono comienza a vislumbrar hechuras definitivas, aunque hay discusión sobre la fidelidad de éste respecto del proyecto original. Me parece que con los dos arbotantes delanteros pierde el conjunto. Distraen la atención y ocultan el bellísimo diálogo de la desconsolada Madre con el Discípulo amado. Cuantos menos obstáculos haya para llegar a Ellos, mejor. Aún así, fue soberbio verlo pasar por delante de la fachada del Colegio de Economistas, edificio que se fecha en 1842. El único lunar, la banda del Nazareno de Almogía, voluntariosa pero muy floja.

Sin solución de continuidad y sin que la noche hubiera caído aún sobre la ciudad, ya había hermandades que se dirigían de regreso a casa. Caso del Huerto, que esperó un rato a la altura del aparcamiento de Tejón a que el arroyuelo de nazarenos de damasco del Prendimiento terminara de desembocar en el Centro. Como un manantial de vida, la cofradía capuchinera dio síntomas de recuperación y un envidiable estado de salud. Lo único recriminable fue el resultado de la restauración del Señor cuya estampa desmerece enormemente la progresión patrimonial que había venido experimentándose desde hace algunos años. Una auténtica lástima. En la calle fue mayor la sensación de que se ha perdido una imagen de Castillo para ganar un Misterio de Palomo. Y ojito con el futuro del Traidor.

Eso sí, de Ollerías a Carretería, el trono del Señor hizo una de las curvas más perfectas, medidas y pausadas de la Semana santa. Maravilloso en su cadencia e impecable en el acompañamiento musical, el cual corría a cargo de la Agrupación Musical de la Vera-Cruz de Campillos. Por su parte, el conjunto del Gran Perdón se mostró nuevamente como uno de los ejemplos donde mejor se conjugan lo enérgico de las proporciones con el cuidado de sus detalles, dos factores que antaño se antojaban contrapuestos. Sigue sorprendiendo el minimalista y comedido exorno floral contrastando con la anchura del cajillo, uno de los mas altos de la Semana Santa. La mirada infinita de la Virgen que gubiara Andrés Cabello Requena se fue buscando el recorrido oficial con la marcha "Aniversario Macareno" de Velázquez en otro viraje que ni comandado por el timón de un barco.

A las orillas del manto del Gran Perdón se colocó la cruz de caoba y plata de la Oración en el Huerto camino de su particular éxodo en Padre Lamothe, dejando a su estela los sones clásicos de la banda de Fusionadas. La cofradía de los Mártires sigue teniendo distintas asignaturas pendientes. Una de ellas y quizás la mas importante sea la reducción progresiva de la presencia nazarena respecto a la que contaba algunos lustros atrás. El cortejo salió repleto de insignias, todas ellas de un profundo significado litúrgico, lo cual dice mucho de la riqueza patrimonial y espiritual de una corporación pero también es cierto que el número de nazarenos con cirio era muy exiguo y por lo general, portados por jóvenes de reducidas edades. A veces olvidamos que las cofradías no sólo deben sustentarse sobre más o menos acertados criterios estéticos apuntados por avezados albaceas o singulares "almas máter". Una cuestión para reflexionar en una hermandad con un peso específico en la jornada y que ha gozado siempre de un gran tirón popular. El otro quebradero de cabeza de esta añeja corporación lo constituye sin duda la escasa prestancia de los tronos en la calle. No llegan al final con la rectitud debida. Cuestión que tiene difícil solución. Si bien nos consta que desde dentro no están escatimando esfuerzos para poner solución definitiva a estos endémicos males.

Sin embargo, amén de estas cuestiones estéticas, la Archicofradía del Huerto es siempre una de esas hermandades que te ganan el pulso con la sola muestra de sus Imágenes titulares. Cuando se ve aparecer por la esquina de una calle la figura implorante del Señor de la Oración en el Huerto, obra dieciochesca de Fernando Ortiz, los comentarios por lo bajini y las impresiones diversas se pierden en el limbo de las absurdeces. Aunque el capataz mande pararlo y el sonar de la banda de música quede en suspenso. Inmediatamente las miradas se centran en sus manos vueltas y la algarabía se torna en una lacerante expectación. Y es entonces cuando nos viene a la memoria el pasaje de San Lucas (22,41 - 45): "Y Él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle.  Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.  Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza;  ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación."

Así pareció decírnoslo el Señor, a pie de trono, mientras dormitábamos sueños de perfecciones estéticas, de mecidas lentas y marchas sublimes. Con una parada oportuna, a la luz del pabilo de los codales, Él nos despertó del letargo de lo superfluo, de la ensimismadora afición que nos hace perder demasiadas veces la perspectiva. Y nos hizo saber que estaba ahí, ofreciéndonos esa magistral lección de catequesis callejera, emocionante y cargada de sentido.

Su Madre, a la que por esta tierra llaman Concepción, guarda en su ovalado rostro la más dulce expresión de la Gratia Plena. Fruto de las anónimas manos dieciochescas cuyas aproximaciones históricas la atribuyen al mismo Ortiz. A su meloso paso comprendimos y nos reafirmamos en la fe del Dogma que proclamara la bula Ineffabilis Deus del papa Pío IX. Que Ella tuvo que ser la antítesis a Eva. La primacía de la gracia y de la obra de la Providencia en la vida de los hombres. Y la vimos pasar al compás de las recientemente conocidas notas de Braulio Ugalde, la mejor recreación musical de la festividad de la Solemnidad del Cuerpo de Cristo. "Corpus Christi" para la Virgen de la Concepción en su monumental trono de Guzmán Bejarano.

El Dulce Nombre muestra algunos síntomas de atrofia procesional. Sin entenderse muy bien desde fuera las razones. Ni adivinarse en lo sucesivo las intenciones próximas. Si bien, es de justicia reconocer que estos cofrades de la Divina Pastora han aportado grandes cosas a la Semana Santa. En primer lugar un nuevo e inédito pasaje evangélico como son las Negaciones de San Pedro, conjunto que se debe a la factura de uno de los imagineros más reconocidos del panorama actual, el cordobés Antonio Bernal Redondo, que debutó en la ciudad con este trabajo. En ese momento tan conmovedor de la Pasión de Cristo, Pedro, su Discípulo Predilecto niega conocerle hasta tres veces por miedo a los judíos. Inmediatamente después canta el gallo y recuerda las palabras que el Señor le había dicho. La mirada del Maestro se cruza entonces con la de San Pedro, y este último sale fuera, llorando amargamente en actitud arrepentida.  

Sin embargo parece que en los últimos años esa apuntada progresión se ha visto tullida por decisiones cuanto menos desconcertantes. La salida bajo palio de la Dolorosa del Dulce Nombre se ha antojado precipitada en un conjunto provisional que desmerece la soberbia impronta de esta talla de corte hiperrealista. No había prisa ni tampoco necesidad de improvisación. Como tampoco se entiende la elección del color del Manto, un verde turquesa que en nada se ajusta a los colores corporativos que son de corte franciscano: marrón y negro. El Misterio acompañado por su banda de cornetas y tambores ofrece, no obstante, una notable presencia en un cajillo aún en fase de ejecución y que también está suponiendo el descubrimiento de un artista novel en nuestra ciudad, el rondeño José Carlos Sedeño. Pudimos contemplarlo ya de vuelta por Cárcer y la plaza de Jerónimo Cuervo donde se interpretó la clásica marcha "La Lanzada" de Ramón Montoya. La sensación de cansancio era patente y los portadores apenas podían aguantar la mecida. Aún así, la plasticidad del momento mereció la espera y la foto de rigor.

El trono de la Virgen del Dulce Nombre, adquirido hace unos años a la hermandad de Viñeros, también iba tocado. Lo acompañaba la banda de música de Zamarrilla, correcta y concentrada. Frente a la fachada del Teatro Cervantes se interpretó la marcha Rocío de Vidriet pero curiosamente sólo los compases que van desde el trío hasta el final. Un modismo éste el de mutilar las marchas incomprensible y que parece se está extendiendo por toda Andalucía a la luz de las crónicas que se pueden leer estos días.

También fue el Domingo de Ramos una jornada de protagonismo trinitario. Y no hace muchas fechas sus vecinos tuvieron el mejor preludio. Entonces se abrieron las puertas y ventanas de las casa antiguas y las rejas se llenaron de gitanillas nuevas. Pero aquello fue un prólogo inesperado cargado de intensidad y recato. En la jornada de las palmas, la ilusión callada y el júbilo contenido de aquel Via Crucis solemne acabó por desbocarse en forma de vítores y salvas de aplausos. Sus primeros metros por la calle San Pablo y Trinidad son siempre momentos de gran emoción donde la gente no entiende de silencios impuestos. Entre petalada y petalada, sonar de platillos y cornetas, el barrio despide a su gente vestida de nazarena que busca en el centro ese corpus arrebatado. Los resquicios perdidos de su propia existencia. La oportunidad única para reivindicar su condición y abolengo. Y todo se culmina con la llegada a la Catedral. Allí donde llegan las plegarias de todo un barrio. Donde llega el vacío de los solares y el eco de la incomprensión. Al templo donde cada año llegan muchas de las Esperanzas que deja tras de sí el Crucificado con un Gran Amor. Emociones que se avivan al cruzar el dintel de la monumentalidad catedralicia, de los que hoy ya son veteranos, pero que un día fueron inquietos jóvenes que quisieron bañar de cera sus bríos devocionales guiados por el Padre Wilson. Hoy, bien acogidos por la hospitalidad trinitaria, la Salud cumple cada año con un guión preestablecido. El que marca una puesta en escena cercana a la perfección aunque no cuenten con grandes riquezas en las vitrinas. Pero ni falta que hace.

Fue impecable la llegada del primero de los tronos a la Catedral al compás de "Consuelo Gitano" y el "Himno de San Antonio". Otra de las mejores conjunciones banda-trono de la Semana Santa. Decenas fueron los fotógrafos que quisieron inmortalizar el sereno rostro del Crucificado de Álvarez Duarte entre los naranjos en flor y unos metros mas adelante enmarcado en la portada del Sagrario.

Por su parte, al compás de "Estrella Sublime", la Virgen niña de Álvarez Duarte llegó al patio de los naranjos simbolizando esa sempiterna juventud de una cofradía que aún se la llama "nueva", estrenando un manto de Felicitación Gaviero que fue, sin duda, el principal atractivo de la cofradía en este año 2009. Fons Vitae.

Se me escapó el primer día de la Semana Santa entre flores de cera. O si lo prefieren, velas rizás. Con la sensación de haber disfrutado una jornada distinta, que al fin se ha despojado de sus complejos. Un día justo, sin excesos, con un altísimo protagonismo escénico y, en la misma medida, impregnado de un profundo valor didascálico. Acabó medianamente pronto, lo que también es de agradecer. Los biorritmos del Domingo de Ramos son los perfectos para el satisfacer de los afanes cofradieros. No hay lentitud, los momentos se encadenan, la necesidad de callejear ameniza las esperas y los cortejos son medidos, compactos y carentes, en la mayor parte de las hermandades, de elementos superfluos. Este año ha sido gozoso volver a la ciudad del Paraíso en su primer día grande, un lujo sentir ese orgullo patrio por el radiante Domingo de Ramos que tenemos. Una recomendación para foráneos, una alternativa a considerar, una oportunidad para no perder la perspectiva, una jornada que deber ser espejo para las demás.


Publicado por Desconocido @ 0:56  | Málaga
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Publicado por Invitado
jueves, 30 de abril de 2009 | 16:23
Espero con impaciencia el relato de las demás jornadas.

Un abrazo.

Javier.