Siete días. Una semana por delante para pausar deliberadamente
la zancada y deleitarse con tranquilidad en la Cortina del Muelle, lugar donde
estos días huele mas que nunca a Semana Santa.
Siete días. Para interesar una visita
al Sagrado Corazón, Oratorio de Pozos Dulces, San Pablo o la Victoria. En esos
templos encontraremos rincones para llenarnos de gozo y espiritualidad.
Siete
días. Para aparcar posicionamientos, afrentas y tertulias de peluquería. Tiempo
habrá de retormarlas en la resaca pascual.
Siete días. Para saborear unas
deliciosas torrijas de Aparicio minutos antes del comienzo del traslado de Pasión.
Siete días. Para colgar la palma rizada en el balcón del orgullo.
Siete días.
Para olvidar pregones, pregoncillos, carteles y cartelillos.
Siete días. Para
que suene la campana en la levantá definitiva. La de la Catedral en la procesión
de las palmas. La del trono del Señor de la Entrada por la placita donde un
niño llamado Antoñito Baena, no hace mucho que se asía a las rejas de un balcón.
Siete días, para que todo fluya del mismo manantial de la vida y desemboquen los
porqués en la Alameda desde el arroyo la Victoria, las Dos Aceras, o desde las
aguas del Parque, Nueva o Santa Isabel.
Siete Días para que se produzca la
fumata blanca de ese eterno acólito que siempre va antecediendo al Paso de la
misma vida.
Siete días. Para que suene la Marcha mas Real y Verdadera.
Siete días
de esperar la Venia.
Siete días. De medirnos el tiempo y la impaciencia como el
diputado de cruz que ordena una parada a escasos metros del palquillo de la
Gloria.
Siete días. Para cogerla de la mano.
Siete días. Para ir planchando la
túnica y eligiendo la corbata.
Siete días. Para llenar de tiritas los
monederos, guardar itinerarios en los bolsillos y llenar de esperanzas los
corazones.
Siete días para que llegue la mañana de los Gozos. Siete días. Tan sólo
Siete días.