Los traslados en Málaga son como los galeatos que anticipan los
escritores para defender sus obras. La ciudad hincha el pecho en sus vísperas incapaz
de aguantar un canto de sirena tan atractivo como indomable. Quizás sea
consecuencia del aturdimiento primaveral. La fragancia del azahar que nos
anonada en los ripios sin medida. No somos capaces de esperar la llamada del
canónigo batiendo las campanas de la Catedral ni respetar la puntualidad del
rito de las palmas y los abriguitos nuevos.
Con los primeros calores de la primavera, los niños empiezan a dirigir
orquestas imaginarias con sus cornetas de plástico esas que se quedarán
afónicas mucho antes del Domingo de Ramos. Los padres, incapaz de retenerlos en
casa, van a empezar a surcar calles, itinerarios en mano, en busca de pequeños
tronos que causan los mismos revuelos. Desde San Agustín a Capuchinos, desde
los Mártires a la Esperanza. Con bandas, con cirios, con cortes de calles, con
público llenando las aceras.
Como un anticipo desmesurado e impío, este viernes ya habrá
un postre que poner a esas tapas que nos sirvan en la bodega Quitapenas. Una
cita a la que pocos faltarán y a la que cada vez menos, justificamos. Ha
comenzado a escribirse un prólogo que nunca termina y que nunca deja de
anunciar con desmedido afán lo que está por venir, sin que lleguemos a reparar
en que es necesario distinguir que es obra y que es introducción. Y es que a
los cofrades nos ha sobrado siempre aliento para desvivirnos en un sinfín de
renglones previos, los cuales en los últimos años han comenzado a torcerse
descaradamente, perdiéndose entre sus líneas el encanto de lo excepcional del
Viernes de Dolores en el Perchel o el purismo popular del alba del Lunes Santo.
No nos hemos percatado de que por adelantar nuestra ofrenda de sentimientos hemos destapado miserias olvidadas. No hemos reflexionado sobre el sentido de las cosas y en nuestra voluntad de abundar en el prefacio hemos adornado profusamente el sobre con un lazo distinguido pero habiéndonos olvidado el mensaje encima del Altar de un templo. Como tantas otras veces.
Nos echaremos a la calle en la búsqueda de ese primer calor humano, de esa primera levantá o de la primera mecida elegante sin más excusa que la indómita inquietud que nos invade. Captatio benevolentiae. Hemos acabado por indigestarnos con nuestra propia torrija procesionera. Prepárense para el desenfreno. Acabaremos por otorgar la razón a quienes nos vituperan.