Este año la cuaresma está rodando sorpresivamente por una carretera de cuatro carriles. Concretamente por esos cuatro espacios salpicados de signos que, conjugados debidamente, nos hacen llegar a Dios a través de uno de esos ramos del arte que los cofrades también hemos asumido como propio y que llamamos Música. Y particularmente, música procesional. El pentagrama como autopista que nos conduce a una sublime evasión.
Recuerdo las sacras vísperas de los 90 donde los pregones y las exaltaciones poéticas colmaban los actos de las hermandades. Presentadores que exaltaban pregoneros. Pregoneros que presentaban a pintores. Pintores que ensalzaban sus propios carteles. Carteles que inundaban los escaparates comerciales cuando los niños de entonces los recorríamos para hacernos con los más deseados. En aquella parafernalia populosa que brillaba a la luz de los flashes apenas había espacio para la marcha procesional. La música por aquel entonces no era más que un mero aderezo insustancial, un convidado de piedra en aquellos macroeventos de dudosa calidad literaria cosidos por agradecimientos sonrientes, infinitos apretones de mano y achuchones congraciantes. Era una música para adornar el pregón que no es lo mismo que escuchar a la propia Música pregonar la venida de la nueva Semana Santa.
La música está siendo el principal activo de esta Cuaresma. Parece por lo visto que la pintura y la literatura le han cambiado el orden de paso a la música para que esta tenga el honor de ser ese primario lenguaje vehicular en el transitar de los ritos, la quietud de los cultos y la gracia de los actos.
Y todo ello quizás se deba al desgaste progresivo que se ha observado en los últimos años en los motivos y en la técnica. Ya Son pocas las doctas plumas que circundan el mundo de las cofradías. Y son tan pocas que empiezan a omitir el deber de socorro. A no acudir a las cada vez más insistentes peticiones particulares ¿falta de creatividad? ¿recriminables desplantes? yo diría que coherencia. Son menos aún los que han nacido investidos de ese soplo divino y que en lo humano, llamamos artistas. A ellos se ha acudido también con la cotidianeidad de quien sale a comprar el pan y el periódico, esperando en cada encargo poco menos que un "picasso", sin entender lo que ya advirtiera Inmanuel Kant: "La belleza artística no consiste en representar una cosa bella, sino en la bella representación de una cosa".
Por eso agotados los antaño acaudalados manantiales de fe poética y las sabrosas delectaciones pictóricas, la música procesional, aún por explotar, ha comenzado a asumir en Málaga la cuota de protagonismo que incomprensiblemente se le ha ido negando en las últimas décadas. Se ha destapado un desconocido tarro de las esencias del que está comenzando a emanar un dorado néctar en una ciudad inmovilista, a pesar de lo que presume su escudo. Efluvios de notas curiosas alejadas de los ripios facilones.
Ya no se presentan carteles impregnados por las trilladas marchas corporativas. Ahora se organizan conciertos y de paso se presentan carteles. El público llena los templos llamado por la batida de un tambor y no por la excitada voz del pregonero. La poesía ya no se adereza con un hilo musical de fondo o con el sonido de una saeta enlatada. Ahora es la música quien declama versos desgranando corcheas de ilusión y víspera. Ahora es Gámez quien llena de compases los foscos muros de un templo. La tediosa oratoria ha dejado libre el escenario al compás de una batuta que marca el paso de las jornadas cuaresmeras con ritmos de sublimes adagios. Con la música el tiempo pasa mas despacio. El reloj descuenta los minutos con parsimonia.
Se homenajean Maestros. Suena Beigbeder o Mariano Sanmiguel con la naturalidad con que hace no mucho lo hacían las adaptaciones de Serrat y Pascual González. El Cuerpo de Bomberos se ha revitalizado como bandera de una oriunda estirpe y se le admira en un estilo que no hace tanto tiempo se consideraba desfasado. Tocar sólo "por Escámez o Puyuelo" se ha convertido en una moda chic. El público ha descubierto compositores que desaparecieron en los modismos de la pachanga cofrade. Miguel Pérez o Francisco Javier Moreno lideran los hits procesionales. Fusionadas se reinventa con un nuevo disco. La Expiración reverdece en la vanguardia italiana. La Paz afronta compases de Turina o Font. Los cofrades acuden a la llamada anual de los sones de Tejera y no a la presentación de un cartel de Cajasol. Las cornetas de la Esperanza se sientan delante de un atril tejiendo melodías en un género que no hace mucho se movía en el virtuosismo barato, en los "solos" prolongados y en la inspiración ¿flamenca?
Poco menos que la Cuaresma se está convirtiendo en un verdadero escaparate donde la marcha procesional está reclamando un sitio que por historia y trascendencia le corresponde. Nada menos que en su papel de banda sonora incuestionable e imprescindible. A fin de cuentas la oratoria y los cuadros quedarán para los archivos, los boletines y los testeros de las casas de hermandad. Pero la música está ahí como un elemento imperecedero.
Y esta Cuaresma nos está deparando citas ineludibles donde las bandas malagueñas vienen rivalizando sanamente en sus escogidos repertorios. Con una incontestable respuesta popular. Dando buena cuenta de su fuerte apuesta. Ofreciendo una innegable declaración de intenciones, ilusiones incomprendidas, gozos cuaresmales que piden continuación callejera. En definitiva, la música nos viene enseñando cual es el camino recorrido ante la sorpresa directiva. Les están ganando el terreno a las actitudes conformistas. Pues que siga así y que la próxima Semana Santa nos depare ese salto de calidad que denotamos en los últimos días al menos en una proporción adecuada. Será un síntoma de crecimiento general, sin duda. Un ejemplo de madurez. Seamos conscientes de ello.
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