
Se cumplieron las expectativas. Llovió. Y ya mosquean desde primera hora
estos malos augurios. El Vía Crucis Oficial de la Agrupación de
Cofradías de la Semana Santa de Málaga se cerró con el cielo llorando
un continuo y desagradable chirimiri cuando el cortejo regresaba a San
Pablo por la rampa de la Aurora.
Pero amén de estas siempre odiosas circunstancias para los cofrades, el
acto se desarrolló con una corrección elogiable. El traslado de ida a
la Catedral de la imagen del Santísimo Cristo de la Esperanza en su
Gran Amor nos aportó una visión sumamente bella de la talla de Álvarez
Duarte. Cercano y sobrio. Al compás de las piezas fúnebres de la
capilla musical fue ganando con sugerencia los muchos metros que le
separaron del primer templo de la ciudad, sin descomponerse en ningún
momento, ni el cortejo, ni el propio discurrir de las andas que portaban
al Señor. El siempre complicado aderezo de un Crucificado en una
postura poco habitual se resolvió con un exorno digno aunque quizás
falto de iluminación. La discreta campana aportó coherencia y
practicidad. El orden y la compostura se mantuvo en el interior de la
Catedral a pesar del asedio de los fotógrafos cuya impaciencia en
búsqueda del encuadre perfecto a veces cruza la delgada línea que
separa la sana afición con la falta de decoro.
Había expectación por contemplar ese primer contacto del nuevo prelado
Monseñor Catalá con la realidad cofradiera y que mejor forma de hacerlo
que con la celebración de un piadoso acto cargado de riqueza litúrgica
y desnudo de los populismos tan propios de nuestra tierra. Mucho mejor
así. Que vaya bebiendo sorbito a sorbito.
Por otra parte, se leyeron, en una versión reducida, las Estaciones que
en su día propusiera el Pontífice Juan Pablo II lo que también aligeró
convenientemente el desarrollo del acto.

Pasadas las 21.30, el cortejo se volvió a poner en la calle abandonando
la Catedral. Tras un importante y encomiable cortejo de cirios sin
distinciones ni varas doradas conformado por cofrades simplemente, el
Señor volvió al raso de la fría noche cuaresmera envuelto en el color
verde oscuro de los naranjos aún por explotar. A la memorable estampa
se sumó la música. Y mas concretamente la proveniente de aquellas
fúnebres notas que dibujara en un pentagrama el insigne compositor
Ricardo Dorado bajo el título de "Mater Mea", interpretadas por la banda "Trinidad Sinfónica" que estuvo dignísima. Ya en Císter, sonó
"Desamparo" del jerezano Germán Álvarez Beigbeder, otra pieza
irremisiblemente bella que, con unas pocas décadas de atraso, se está
acomodando en las siempre conformistas partituras procesioneras
malagueñas. Benditos nuevos bríos.
En el transcurrir por el perímetro catedralicio se vivieron estampas
cargadas de suma belleza plástica por Molina Lario y Plaza del Obispo,

enclaves que también ofrecieron curiosos contrastes. Al pie de la
Manquita se apostó un nutrido grupo de estudiantes extranjeros
sorprendidos ante la parafernalia penitencial. Sus rostros denotaban
sensaciones que iban desde la sorpresa hasta la congoja. Curioso fue
también el descubrir un nuevo sonido cofradiero al que nos tendremos
que ir acostumbrando de ahora en adelante como es el del "clickeo de los
tripodes que se abren y cierran con una rapidez vertiginosa tras un
golpe de campana.
Ya en Strachan, se volvió a producir esa desagradable situación que se
detecta con demasiada frecuencia en nuestra ciudad cuando pasa una
Imagen Sagrada por un enclave donde viandantes o comensales de los
distintos restaurantes de la zona no hacen el mas mínimo ademán de respeto ante el paso de la misma. Desagradable fue comprobar como una señora no sólo ni se inmutaba ante la presencia de Cristo sino que se llevaba la mano a la cara para evitar los efectos "tóxicos" del incienso. Parafreseando al bueno de don Ricardo, mas de uno exclamó: ¡Mater Mea!
El cortejo circundó el centro de la ciudad y por Larios y Plaza de la Constitución se dirigío a Extramuros por Especería y Cisneros. Ya en la ribera del río comenzó a llover y se aligeró el paso hasta que el Cristo cruzó a la otra orilla por el Puente de la Aurora. "Virgen del Valle", "Nuestro Padre Jesús" o "Amarguras" sonaron por esos desangelados enclaves.
Ya en la Trinidad, resultó oportuno cubrir al Cristo con un plástico. Sobre las once y veinte de la noche, la imagen titular de la cofradía trinitaria recalaba finalmente en San Pablo siendo depositado a los pies de la bellísima Madre de la Salud, vestida de hebrea. Una Salve Regina dedicada a Ella culminó el acto.