
Anda el cielo revuelto con ganas de importunar la caída de
las primeras gotas de cera. Esta tarde, si el tiempo lo permite, se volverá a
producir ese fenómeno ritual en el que las puertas, al abrirse, silencian de
inmediato a la algarabía expectante. La cita es en la Plaza de San Pablo a eso
de las seis y media de la tarde. Pero antes ya habrá un trasiego incesante de
personas por la calle Trinidad, por la Rampa o por la calle Mármoles. El fotógrafo
desplegará su trípode con ansiosa celeridad cuando la cruz comience a descender la
escalinata del templo. Primeras notas de la capilla musical. Los vencejos
revolotearán los tejados antiguos. Sólo se oirá silencio, si acaso interrumpido por el ladrido ahogado de un perro en la cercana intimidad
doméstica. Humildes curiosos se asomarán a
los balcones henchidos de novedoso protagonismo. Se abrirán casapuertas. Al atardecer se renovará su callejero de nuevos bríos, de nuevas gentes. Empieza el Vía-crucis,
este año, con sabor a barrio.