miércoles, 25 de febrero de 2009

Cuando llegan estos días de presunta abstinencia y reflexión me acuerdo de un apocalíptico verso de Quevedo: ¡Fue sueño ayer; mañana será tierra!

39 fugaces días para llenarnos de ese robado encanto que nos deparan las pequeñas cosas de este mágico periodo. Lejos de maximalismos y relatos estereotipados, mi cuaresma, obligan las circunstancias, no será asidua de pregones diversos, exaltaciones poéticas ni grandes o solemnes cultos.

Mi Cuaresma, mas que nunca, será la de esa esquina del Cartel de Huguet Pretel. La llegada eterna de los propios ciriales de la vida. Los de aquel paso que nunca llega cuando la inquieta niñez no está aún domada por la virtud paciente. La gloriosa cuarentena se me presenta como un continuo ansioso de quehaceres diarios, que son los que imponen y no preguntan, a los que pides y no conceden, a los que maldices y no obtienes siquiera respuesta como un simple soplo de humanidad. La Cuaresma ha dejado de ser un tiempo de esparcimiento y de despreocupación para convertirse en una pura entelequia. La vida no entiende de reflexión ni de otras moradas gaitas.

Por eso permítanme que, alejado parcialmente de esa vorágine local donde los actos y las conferencias proliferan y donde es difícil abstraerse del tufillo ensimismador del incienso que se escapa por ese ventanuco del templo, les resalte cuales son algunos de esos detalles que ahora, descubro, no he sabido valorar en su justa medida:

Empezaré por decir que la Cuaresma además de un Solemne Besapiés, es una fachada de un Templo, que abre su puerta pequeña como primer paso para después abrir las hojas propias de los días grandes. Y es, además, acelerar el paso hacia esa pesada esterilla negra que nos separa de la otra dimensión. La Cuaresma es ante todo una ruptura con el paso ordinario. - "Ayer, como tantos otros días, estaba esto cerrado".

Se hablará mucho estos días de torrijas y de toda la típica gastronomía de la época, pero Cuaresma no es sólo llegar a degustarlas sino pararse camino del trabajo en el escaparate de la pastelería y ver que ya están ahí.

No concibo sólo la cuaresma en esas marchas de estreno que proliferan en multitud de oportunos conciertos sino en la banda de Fusionadas desfilando en zapatillas deportivas por el Parque mientras preparan la atmósfera de sones procesionales cuando aun no es banda sino un grupo de amigos sin uniforme. Sones que inevitablemente llegan con la brisa mediterránea que se convierte en un recio ventarrón cuando atraviesa los bloques de la Malagueta. Aunque no lo parezca, la Cuaresma también está en esos instrumentos depositados sobre la escalinata del templo a la espera de ser tocados. Está en la cola del "tio de los capirotes" en calle Malasaña. Está en "La Saeta" que antes de comprarla ya está colocada a la vista del público en el quiosco. Y también se rezuma Cuaresma no ya en el propio acto del Pregón sino en esa entrevista que concede el orador donde comunica que ya lo ha terminado.

La Cuaresma son calles desconocidas que se llenan de gente. Son adoquines pisados por los jóvenes camino del Carmen o San Pablo. Es la Trinidad y el Perchel que vuelven a la vida. Son los mosaicos que se limpian y se adornan con flores nuevas. Son las calles cortadas con la unidad móvil de la policía desviando el tráfico, porque en breves minutos pasará un Vía-Crucis. La Cuaresma es el bar del barrio inusitadamente lleno de portadores y cofrades a media tarde.

La Cuaresma, señores, no está en la Tribuna perfectamente dispuesta, sino en los hierros amontonados y las sillas plegadas encadenadas a las farolas. La Cuaresma está en los naranjos por explotar, en las tiendas por cerrar, en el asfalto sin cera, en la mercería bulliciosa, en el Nazareno y en el anuncio de la tintorería escrito a mano: limpiamos túnicas de nazarenos. No está únicamente en la presentación de un Cartel si no en el cristal de ese comercio donde ya no queda centímetro libre de Imágenes procesionales.

Es incluso el hombre que vende incienso en calle Nueva antes de que lo estrenen las cofradías. Es la cola interminable para pagar la papeleta de sitio. Es además de pomposos traslados, la procesión infantil del Colegio de Prácticas Nº1. Está en los operarios colocando los reposteros en los balcones de la calle Larios subidos a una grúa.

La Cuaresma, en definitiva, es y será siempre lo previo. Una ansiosa espera. Nunca es algo hecho. Son fechas señaladas en las que la ciudad nunca deja de estar lista. Se prepara, se mueve, se atusa. Nunca se detiene en la quietud de una estampa. A un besamano le sucederá otro. Finalizará un triduo y comenzará un Quinario. Es la colección del periódico inacabada. La ciudad vive un pequeño gran revuelo tan sólo conocido para quienes nos pica el gusanillo en el estómago, porque para los demás, todo empezará un tal Domingo de Ramos.

Hoy es miércoles de Ceniza y algunos estrenarán traje. Lo estoy imaginando colgado detrás de la puerta. Seguirán la liturgia a pies juntillas aunque sea sólo una vez al año. Meditarán aquellos actos que durante el resto del año ejecutan sin ademanes dubitativos. Llevarán el ayuno y la abstinencia interesada de la carne del Viernes sin reparar en el alcohol del sábado. Otros seguirán siendo simplemente buenas personas y reflexionarán como tantas otras veces en sus equívocos sin reparar en el cariz extraordinario de este período. 

Sea como fuere, la Cuaresma llega sin llamar a la puerta y con la misma fugacidad se irá, otro año más, como un lacónico suspiro. Y nos lo sigue advirtiendo Quevedo ¡Poco antes, nada; y poco después, humo!


Tags: cuaresma 2009

Publicado por tontodecapirote84 @ 15:18  | Málaga
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