domingo, 01 de febrero de 2009
No defraudó para bien o para mal el primer envite del año.
Llegué puntual a mi cita con la inquietud lógica de quien ansía ver no ya pasos por las calles sino simples personas paseando en la concurrencia del fin de semana.

Mi cita fue igualmente cumplida y llegó ofreciéndome sus mejores galas: una temperatura agradable y un cielo de tregua forrado de añil invierno. Me disculpé por haberme marchado casi sin despedirme aquella última vez cuando los Reyes Magos aún andaban buscando la Estrella en la escalinata de la Catedral. El Niño Dios que había nacido y que morirá en unos pocos meses a los treinta y tres años.

Traía un libro encuadernado en polvo lleno de viejas estampas y fotografías en blanco y negro. "Te voy a enseñar una cosa" y le seguí, como tantas otras tardes de Cuaresma de recodos urbanos en busca de los mejores carteles y de la pérdida definitiva de la vergüenza infantil.

Imaginando cual era el destino, me llevó a luchar con Molinos y me dí de bruces con Gigantes, esquina con la vetusta portada del Garaje "Las Delicias", lugar donde descubrí la belleza que no aprecian los insensatos, aunque en un principio, confieso, los imaginé toscos ejemplos de grandes aspas. Pero no, al final solo encontré uno pequeño y bellísimo, aunque me habían advertido otras cosas y en definitiva, me acabaron tachando de loco, o de "freaky" que es un vocablo menos cervantino.

Mientras me pasaba aquellas hojas amarillentas me pareció escuchar el incesante golpeo de la gubia de Palma en un viejo taller mientras reinterpretaba una obra de su padre allá por el alborear de la década de los 40. Luego ya me pareció sentir un siseo constante postrado ante la reja de una capilla callejera al tiempo que daba un respingo con el primer hondo retumbar de los roncos tambores que pronto intuí cercanos como si fueran de guerra.

La luz artificial se apagó a su solemne paso y sólo la llama de cuatro faroles encajaron mi atención en cual sino el instante más trágico de la Pasión de Cristo. Todo desnudo de oro y bordados lustrosos. Sin más sentido que la verdad desnuda vestida de amor y Pureza. ¿Pues donde puede haber mas dolor y tragedia que en el momento en que una Madre recibe el Cuerpo inerte de su Hijo?

Ayer tarde olvidé por un momento estas cosas con las que nos entretenemos jugueteando tantas tardes al año y que llamamos cofradías.

Y me fui, incauto de mí, a un barrio antiguo a librar una batalla tan encarnizada como incruenta. Sin adversario ni rival. La que acomete uno consigo mismo y con sus prejuicios. A tiro de muñeca, mi compañía me guió en un surcar sorpresivo de callejas únicas en una de esas citas que uno paladea cuando son pocas las ocasiones en que puede concertarlas.

Cayendo ya la tarde y para evitar perder la perspectiva, me fui a digerir lo vivido con un café caliente aliñado con música clásica en un bar cercano a la Catedral y la dejé en aquella collación buscando afines a la causa entre gente mayor y niños sensatos.

Creí haber salido bien parado de uno de tantos sempiternos combates que nos esperan puntuales en cada efeméride cofradiera que se celebran en nuestra ciudad, a pesar de que no fueron pocos los que me advirtieron, quizás no sin razón, que allí no había Gigantes si no tan sólo una procesión desbaratada por un trono calamitoso aderezado con un exorno floral lamentable, en la que se pudo reafirmar la fecundidad del fenómeno inquietante y preocupante que se genera delante de una buena e indiscutible banda de cornetas y tambores.

"Bien parece -- respondí yo --- que no estáis cursados en esto de las aventuras, ellos son gigantes, y si tenéis miedo, quitaros de ahí, y poneros en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla".

Y me enfundé en una coraza de hojalata, lanza en mano, imaginando presuntos esplendores del pasado, llevándo un cántaro a la fuente Los Cristos, oliendo a azahar en los naranjos del Llano Mariscal y perdiéndome en la contemplación de los roleos en los cierros antiguos. Viviendo quizás en esa misma ilusión que tuvo Palma al obrar una novedosísima interpretación de la Pietá de Miguel Ángel. O en la que puso Cervantes en un hidalgo ingenioso.

Me resisto. Decía Espronceda: Las ilusiones perdidas son hojas, desprendidas del árbol del corazón.

 




Publicado por Desconocido @ 21:20  | Málaga
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