RITUALES MARCADOS AL SON DE LAS CAMPANAS
Como vestigios de una guerra acabada, de la memoria
histórica que aún yace en las esquinas y en el enchinado de la calle Fresca, la
urbe sueña de vez en cuando en recuperar rituales lejanos cargados de
simbolismo, que si bien no han llegado hasta nuestros días, tal como se
concibieron, dejan bien a las claras que alguna vez fuimos ciudad y la nuestra
tenía alma aunque muchos no lo crean.
Sí, alma, esencia, espíritu, la "psique" que nos debiera distinguir de un mero conglomerado
de edificios donde mal conviven ajetreados transeúntes amenazados por la
tensada soga del suicidio hipotecario. Son ritos que se identifican con los
esplendores de aquellas fachadas novecentistas que aún yerguen imperiales en
muchas calles del centro aunque tristemente apuntaladas no escondan más
secretos que vacío e incomprensión.
Uno de esos días donde la ciudad cambia la cara y oculta momentáneamente sus carencias, colocando damascos rojos en los balcones vacíos con las persianas echadas, es en la festividad de su Patrona, Santa María de la Victoria y esto es así, mal que nos pese, porque unos pocos han querido que siga siendo así y menos mal.
Cada 8 de Septiembre parece como si el automatismo casa-trabajo-playa quedara fuera de juego momentáneamente y pasáramos a ser marionetas de otros designios más irracionales, tal vez divinos. Aunque quizá no. Probablemente se trate de una respuesta vital a esa llamada interior que nos insta a cumplir los tiempos que nos marcan ciertas señales con un sonido angélico. Tiempo que marcan las campanas de la Catedral, al que aún hacemos caso porque su sonido ha vibrado desde siempre en nuestro espíritu, heredado quizá de nuestros abuelos cuando los relojes de cuco les marcaban los juegos, las comidas y en definitiva, la propia vida. Y es que el fin y el comienzo de los actos más importantes de nuestra existencia se han marcado, fíjense, a golpes de campana, como cuando se acababa el recreo de la infancia o engullimos las uvas de la suerte en la última noche del año.
Los sonidos hondos del tañer de las campanas siempre brindan al pueblo un mensaje claro y directo, a veces funesto, pero en la mayoría de los casos, son la viva voz de las proclamas gozosas y regocijantes que nunca son obviadas.
Cada 8 de Septiembre la musicalidad atrayente del timbre de la Catedral nos anuncia el regreso de la Patrona de la ciudad a su Basílica Santuario, allí donde estuvo el campamento de las huestes castellanas y donde la Protectora propició una derrota musulmana entre tiendas de campaña.
En esta ocasión, los fieles no faltaron a la cita cuando el reloj marcaba las ocho de la tarde en un anochecer grisáceo, impropio y desapacible. Y para confirmar el señalamiento, este año se sumaron distintos templos que, con sus maquinarias bien engrasadas, ofrecieron un alborozado concierto para que no cupieran dudas al respecto. Había que estar en el Patio de las Cadenas en la hora señalada y el pueblo no defraudó.
Santa María de la Victoria apareció por el ovalado dintel de la Santa iglesia Catedral y tras una monumental petalada, los hombres de trono la llevaron, con un paso lento y cadencioso, al alma de quienes la seguían con la mirada desde los naranjos del Patio, desde la fachada del Hospital Gálvez o desde la portada de aquel Palacio que fundara el Presbítero Francisco de Zea Salvatierra cuyo friso de triglifos se convirtió en improvisado dosel, exorno privilegiado e instantáneo de tan bello y ritual culto callejero.
Conforme la noche fue echándose sobre la ciudad, el cortejo perdió un tanto su esplendor. Una lástima. Las autoridades civiles y eclesiásticas se retiraron a la altura de la Plaza de Spínola al son del Himno Nacional interpretado por la Banda Municipal. Si la lógica impone que la procesión de la Patrona de la Ciudad y de la Diócesis debe ser presidida por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas; el mismo sentido común exige que esa función se ejerza desde el comienzo hasta el fin del acto, en la misma medida que usando el sentido común no se entendería que el Obispo abandonara la Catedral en mitad del Pontifical que el mismo está oficiando, al igual que en la procesión cuando la está presidiendo, o el Alcalde se ausentara durante el transcurso de una sesión plenaria sin razón aparente.
En el mismo sentido, suspenso a las cofradías que no aguantaron toda la procesión junto a la Madre de Dios y a las que tampoco hicieron caso de las instrucciones para la entrada en el Primer templo a efectos de organizar la procesión.
VOLUNTAD DE CAMBIO
En cuanto a los detalles escénicos y estéticos que siempre son
de interés, el reciente cambio de Junta de Gobierno parece que ha despertado un
cierto celo en su seno en relación a potenciar la presencia de la Imagen en la
calle con una mejora cualitativa en su escenificación cofradiera. No siendo
ésta aún demasiado aparente lo cierto es que parece, repito, parece que hay
voluntad de introducir mejoras en este sentido.
Por una parte, se intuyó un interés por ir recuperando parte del impresionante ajuar que tiene la Virgen, a menudo olvidado por no tratarse ésta de una imagen propiamente de vestir. Así pudimos contemplar como en su mano llevaba un ramillete de flores en plata además de la Corona y el Cetro.
También ha sido objeto de una necesaria reforma el trono de la Virgen cuya estructura se ha aligerado para aliviar un peso que se antojaba excesivo para las dimensiones que presenta y los portadores que lleva. Así mismo, también ha sido objeto de una restauración parcial por parte de los talleres de Martos y de una modificación de su instalación eléctrica ( como si de un vehículo se tratara) para darle un menor protagonismo al deslumbrante foco que aún permanece junto al rostro de la talla. Residuos de otras épocas en las que los tronos además de andas para portar imágenes eran bodegas que almacenaban bombonas de gas y provisiones para los hombres de trono.
De la eliminación de las luminarias de parafina no se advirtió la más mínima intención de cambio a pesar de las reiteradas voces que, año tras año, reclaman su sustitución por cera natural a modo de codales al uso en las tulipas de los arbotantes. Insistencias que lejos de ser caprichosas no tienen más objeto que demandar lo que es natural y consustancial a cualquier exorno propio de una Imagen en la calle, en la misma medida en que se colocan flores frescas y no artificiales.
MÚSICA PARA UNA MADRE
Que duda cabe que el apartado musical sigue siendo uno de
los mejores mimbres con los que cuenta la corporación en la calle. Primero
porque la fidelidad de la Banda de la Expiración se demuestra anualmente en
forma de actuaciones bien cuajadas y segundo porque el repertorio, aunque sin
concesiones al "freakismo" melómano, fue sencillo pero acorde, propio y
sincero; conjugando disparidades como "Virgen del Amor Doloroso" con "Paloma"
cuando el contexto lo exigía, porqué no, la primera en la intimidad de Bolsa y
la segunda, en la explosión de la llegada a la calle del Marqués, con lo cual, me
pregunto ¿dónde está el disparate que proclamaban algunos?
Eso sí, se echaron de menos otras marchas que mas allá de gustos o criterios personales no pueden faltar en estos envites, a saber: "Amarguras" de Font de Anta o "Virgen del Valle" de Vicente Gómez Zarzuela por tratarse de clásicos (que no fúnebres ni tristes) himnos procesionales que no pueden ser rechazados ni en las Glorias más jubilosas.
ITINERARIO
La procesión recorrió su itinerario habitual aunque con
ligeros cambios. La primera modificación en el tiempo llevó al cortejo a sortear
Strachan, Torre de Sandoval y Bolsa para salir a Larios lo cual contribuyó a
crear una nueva atmósfera cofrade mas íntima y a su vez permitió transitar por un trecho
mayor de la calle Larios lo que permitió un mejor despliegue del cortejo. El
segundo cambio de interés fue rodear la Plaza de la Merced por los laterales
oeste y norte, junto a la casa natal de Picasso, lo que también ofreció una
estética más apropiada lejos de la anchura de la Plaza María Guerrero y la poca
vistosidad del Túnel de la Alcazaba. Otras voces han reclamado la posibilidad
de recorrer Granada peatonal si efectivamente las proporciones del trono se
ajustan a la vía o incluso, evitar Álamos y llegar por Cárcer hasta la Plaza
Jerónimo Cuervo, junto al Cervantes, y descender Gómez Pallete, entorno que,
además de mejorar ostensiblemente la belleza plástica de la procesión
facilitaría la labor de portadores y
capataces pues se reduciría el número de curvas.
Pasadas las 11 de la noche, la Virgen se recogió no sin antes efectuar la delicada maniobra de entrada, que esta vez fue menos aparatosa, culminando así una digna salida procesional con las salvedades que han quedado en el tintero, y con la mirada puesta también en los objetivos de la corporación a medio y largo plazo entre los que se destacan: la nueva Casa Hermandad y la hechura de un trono nuevo de mejor factura.
Por lo demás, las sensaciones que nos ha producido el devenir de este mágico evento septembrino son contradictorias por las razones comentadas, aunque como ocurre casi siempre en estos casos, la figura de la Santísima Virgen y su indiscutible halo de majestad disimulen cualquier imperfección formal.
Por eso a la llamada de las campanas de la Catedral, cofrades y no cofrades, devotos y feligreses, jóvenes y ancianos, y muchas familias enteras acudieron puntuales a una cita obligada tanto para encontrarse con el señorial rostro de la Virgen ,como con uno mismo en la consumación de ese rito que vibra en nuestro alma. ¿Por quién doblan las campanas? cuestionó magistralmente Hemingway. Cada 8 de Septiembre la respuesta aparece puntualmente por una puerta de la Catedral.
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