Frecuentemente nos enturbiamos maquinando conceptos y anhelando vanguardias estéticas, nos centramos en exceso en el ritualismo de la apariencia, lo cual no deja de ser importante, pero desatendemos el valor de los símbolos que, aunque efectivamente manejamos por simple herencia o tradición, no dejan de ser los únicos cimientos verdaderos sobre los que se asienta nuestra creencia.
No obstante, es justo decir que, a diferencia de los rituales castellanos o los que se practican durante la Semana Santa en el Norte de España, la nuestra no puede entenderse sin una peculiar forma de aderezar el rito, con grandes y fastuosos atavíos, con una disposición escénica atractiva y llena de contenido visual y litúrgico incluso con componentes culturales, tradicionales o turísticos; pero ello no debe ser óbice ni puede constituir distracción alguna sobre el verdadero significado de nuestra conmemoración y por ende del comportamiento que debemos seguir para con ella, en nuestra condición de cofrades y participantes activos en las estaciones de penitencia.
Por ello cuando una hermandad se pone en la calle cada elemento tiene su significado, ocupa un lugar, ejerce una función, cumple una misión, busca un objetivo, tiene casi una misión didáctica. Si representamos un pasaje evangélico de la Pasión y Muerte del Señor, pretendemos con ello hacer llegar al espectador, al devoto o al feligrés, la representación cuasi dramática de una escena de las últimas horas de Jesús. Y cuando queremos acompañar dicho mensaje con una música, esta debe ser adecuada ya sea con un género u otro. La Cruz de Guía no se sitúa abriendo la procesión a capricho, aunque bien es cierto que su colocación en ese lugar no se generalizó hasta el siglo XIX. Este elemento tiene un motivo hondo y que no es otro que dar pábulo al mensaje de Cristo: "El que quiera venir en pos de Mí tome su cruz y sígame". Igual ocurre con el Guión o con el Simpecado con sus respectivos significados.
Sírvase a título de ejemplo todo lo dicho para entender que la disposición de una cofradía en la calle no puede dejarse al libre criterio de unos gestores puntuales cuyas perspectivas al respecto se reducen al simple hábito o a usanzas relativamente recientes, sin reparar si ello está fundamentado en criterios litúrgicos y artísticos. Y en esa adecuada impronta externa de la hermandad también tiene una importancia capital la figura del nazareno y el sello de su hábito. Su presencia en los cortejos tampoco es caprichosa ni maniática. Y su comparecencia quizás sea la que más sentido tenga de todas. El nazareno es uno de esos símbolos antedichos sin el cual no podría entenderse la práctica ritual de nuestra Semana Santa.
El nazareno es sinónimo de penitente. Y el penitente tiene una misión a cumplir mas allá de vestir la túnica como el que se enmascara en Carnaval o se enfunda en un traje corto en la Feria. Vestir el hábito significa encontrarse en tan señalada fecha con Dios en la intimidad. Profesamos la Fe en Cristo y María iluminando su camino con un cirio encendido. Nos arrechamos a Él reflexionando sobre nuestra conducta y nos identificamos con su sufrimiento teniendo presente que Cristo murió en la Cruz por nosotros para redimir nuestros pecados. Nos cubrimos el rostro para no entorpecer nuestra tarea y el anonimato es la mejor manera de lograr un rincón de oración y meditación donde no hay más protagonismo que el de uno mismo frente a sus temores y culpas. Y ese es nuestro cometido y no otro dentro de un orden procesional. Con un comportamiento propio y adecuado, serio y uniforme, mas allá de la idiosincrasia propia de cada corporación que permite relativizar estas cuestiones siempre dentro de un orden.
Ser nazareno es distinto a vestir de nazareno. Ser nazareno es una condición. Vestir de nazareno es sólo una cuestión formal, un rito cuidadoso. Somos nazarenos todo el año, cuando acudimos a Misa, nos confesamos, murmuramos oraciones delante de nuestros titulares o incluso nos evadimos un instante arrepintiéndonos de algo que hemos hecho mal. Lo somos cuando asumimos compromisos y nos dirigimos a Dios.
Por todo ello, las cofradías, especialmente en nuestra ciudad, tan propensas a buscar excusas pintorescas y a sobredimensionar el mensaje, deben comenzar a reflexionar sobre el propio sentido de su presencia en la calle. Una vez comprendido el hecho incuestionable de que cualquier hermandad de penitencia o asociación de fieles sale para hacer protestación de fe con sus nazarenos, que son por ende, penitentes, la consecuencia inmediata que se erige de esta circunstancia es que una cofradía en la calle hace estación de penitencia con independencia de que acuda o no a culminar la misma en un templo de mayor importancia normalmente la Catedral. Y no es esta tampoco una cuestión baladí, ni es un mero empleo terminológico supuestamente imbuído por la "globalización" a la que tantos temen. Este precisamente no es el caso.
Es el sentido penitencial de una cofradía lo que la diferencia de cualquier otra gran manifestación callejera. Un nazareno no se lleva una bocina al hombro o presenta un guión para cumplir un papel expositor o de muestra de arte suntuario. Para eso ya están los museos y las casas de hermandad. Los penitentes revestidos de su humilde hábito son el principal activo de una corporación a través de los cuales una hermandad se muestra en su propio ser. ¿Cuántas veces habremos reconocido la línea estética de una hermandad por la compostura y el orden de sus nazarenos?: las prohermandades con sus hábitos prestados y los pequeños penitentes haciéndose a sus misión con deportivas blancas, las cofradías nuevas "limpiando" sus túnicas de añadidos improcedentes o las antiguas luciendo los escapularios y los bordados de siempre procesionando enseres por doquier.
Sea como fuere la muestra del colorido y riquezas varias, ante todo, todas las confraternidades sin exclusión centrar su mensaje en inculcar con la debida profundidad el valor de la túnica nazarena y su significado. Esto es llevar a cabo cuidadosamente una labor formativa "ad extra", elaborando si procede, reglamentos internos y en su caso forzando su estricto cumplimiento cara a las salidas procesionales correspondientes.
Para aquellos casos donde ni siquiera desde las juntas de gobierno se tienen claras estas cuestiones, desde las instancias superiores (véase Agrupación u Obispado) debieran arbitrarse unas normas que incidieran en el máximo cumplimiento de los postulados litúrgicos y formales de una cofradía en la calle entre los que deben incluirse la severa presencia del nazareno, esto es, un adiestramiento "ad intra".
En ningún caso debe permitirse que en una ciudad que presume de tener una de las más importantes Semanas Santas del país descuide este tipo de exigencias lo cual puede suponer que se reduzca alarmantemente el fenómeno estrictamente religioso y penitencial a favor de la mera atracción turística o folclórica, lo cual se ha producido indiscutiblemente en alguna de nuestras corporaciones. Y todo ello pasa por impedir no sólo que los integrantes de la procesión no vistan el hábito correctamente, sino como en muchos casos, el uso de la túnica como un uniforme de paseo por las calles del centro antes y después de la procesión o incluso tras una suspensión por lluvias empleando la túnica como abrigo o chubasquero sin que ningún dirigente llame la atención por ese uso deliberadamente dañino para la imagen de la hermandad. La responsabilidad en estos casos debe dirigirse siempre a las cofradías que son las que en todo caso deben primero enseñar y advertir y luego reprimir.
Si las cofradías lograsen centrar su escenificación sobre su cortejo de nazarenos, respetándolo, otorgándole su debida importancia, cuidando la selección de elementos que vienen a cumplir su función dentro de él y se logra, mas allá de su idiosincrasia mas o menos populosa, un mínimo orden y sentido penitencial en la estampa de una cofradía, ésta conseguirá una atención merecida y distinta aprovechando ese papel divulgativo y cuasididáctico que sin duda posee, como ya se ha comentado. Al menos mejor que aquellas que dispersan el mensaje otorgando una importancia desmesurada a elementos extraños e innecesarios.
De esta forma no digo que pudiéramos zanjar completamente algunos graves problemas que sufre nuestra Semana Santa hoy día y que son comunes a todas las ciudades, como por ejemplo, el tan traído tema del respeto que se guarda por parte de todos los ciudadanos hacia las creencias religiosas y en particular a nuestras particulares formas de expresarlo en la calle. En algunos casos estos temas deben ser enfocados más allá de la óptica meramente cofrade. Pero sí que creo que la pelota está en los techos de las cofradías en todo lo que respecta a hacer todo lo posible por seguir en esa ardua tarea de "evangelizar" con las armas que están en sus manos y con los mejores y más adecuados medios, tanto desde el interior de los templos y de las sedes sociales como a través de ese priviliegiado vehículo catequético que tenemos los andaluces y que no es otro que la procesión de Semana Santa con todos sus elementos.
Ahora más que nunca debemos ser coherentes con nuestra misión, tanto en la Tribuna de los Pobres como en la de la Plaza de la Constitución. Tanto en los barrios como en el Centro. Con esparto o con cíngulo. Guión al hombro o presentado pero en su sitio. Y con todo ello con la presencia inestimable del nazareno no como un aderezo visual sino como el verdadero baluarte del sentido penitencial de una hermandad en la calle sin los cuales no puede alcanzarse la congruencia y a la excelsitud.