miércoles, 23 de julio de 2008

Los lunes siempre son sinónimos de resaca. Y cuando el domingo viene cargado de procesiones lo es aún más. Si al índice cuantitativo también le añadimos un valor cualitativo inestimable, la experiencia puede llegar a ser estresante. El 20 de Julio de 2008 pasará a la historia del "devocionómetro" malagueño (ese que a veces utilizamos para baremar/mendigar Coronaciones Canónicas) como aquel en donde la respuesta popular rebasó todos las cotas apriorísticamente planteadas, incluso en las más optimistas previsiones.

El que ayer apurara todas y cada unas de las propuestas pudo acabar extenuado. Primero por el horizonte temporal (desde las 8 de la mañana hasta bien entrada la madrugada) y segundo por los espacios tan dispares donde éstas tuvieron lugar, desde Huelin hasta el Perchel pasando por la Malagueta y si me apuras, en la tarde del sábado en Olías.

La semana carmelita ha finalizado dejando un regusto positivo lo que permite calibrar el buen estado de salud del que goza la celebración de la festividad en todas sus vertientes en nuestra capital. Y ese análisis, como ya hicimos hincapié, no debe hacerse desde una perspectiva extrínseca ni formalmente cofradiera.

 

COMO LA VIDA MISMA
Aún recuerdo cuando de niño potreaba aquellos abigarrados espigones haciéndome a fuego lento en la parrilla de un sol de justicia menos dañino y soportable.

Correteaba aquella esforzada playa que siempre pretendieron conquistar para su disfrute los vecinos y la histórica Peña de Bañistas aún a riesgo de ser engullidos por la virulencia de aquellas olas que rompían con bravuconas acometidas en la acera misma del Paseo marítimo. Con ilusiones de niñez, la asumía como propia imaginando castillos de arena que rápidamente se desmoronaban en el rebalaje y me erigía en protagonista de aventuras que, en el inmenso mundo de un niño, se desarrollaban entre saltos de roca y capturas de cangrejos, los cuales eran bastante menos agresivos que muchos de los que hoy frecuentan las delanteras de los pasos.

Recuerdo que en una mañana veraniega de domingo, en una de mis habituales correrías por aquellas desnudas e íntimas rocas, me sobresaltó un murmullo exagerado que provenía de un pequeño grupo de gente que se arremolinaba en la punta de aquel espigón perpendicular que se abría al mar desde las escaleras de acceso y con la curiosidad propia de la edad, me dirigí con celeridad hacia aquel novedoso evento por cuanto aquella playa podía permitir por su extensión, cuando no había ni MTV Summer, ni Noches de Cine de Verano ni torneos de Volley-Playa.

Abriéndome paso entre la multitud, llegué al final de aquel espigón que había hecho de mis dominios infantiles y contemplé por primera vez aquella enjuta y curiosa talla de la Virgen del Carmen que me fascinó hasta el grado de comprensión que puede tener un niño que ya había vivido, no obstante, sus primeras experiencias en el orbe cofrade. Pero aquello era distinto. Era como unir dos mundos dispares, tan contrapuestos como atrayentes. Aquella talla era de piedra sin más aderezo que el de los escaramujos que cubrían su erosionada superficie. Ni flores, ni cera, ni corona, ni mantos bordados.

Por un momento quedé allí quieto recuperando el aliento de la última carrera y buscando a mi madre con la mirada intenté mostrarle la importancia de mi descubrimiento.

Atendiendo con posterioridad a las explicaciones de mis conocidos y familiares, comprendí el significado de aquella imagen que permanecía durante todo un año en las profundidades del litoral aguardando una nueva cita con el mundo terrenal. Me mosqueaba y no acertaba a comprender aquella tesitura, tan alejada de las salidas procesionales habituales, los silencios de los templos con los tronos perfectamente dispuestos exornados con flores colocadas con una delicadeza extrema.

Con el paso de los años, de la vida misma, he podido conocer grandes explosiones artísticas y escénicas en ciudades varias. Aunque es cierto que nunca se deja de aprender, tampoco lo es menos que el mundo cofradiero guarda aún pocos secretos por descubrir, al menos en lo que a sus elementos básicos se refiere. Sin embargo, algunos años después, el misterio de la Virgen subacuática sigue vigente en mis inquietudes. Aún la sigo viendo en aquel roquedal cubierta de algas y pequeños caracolillos. Aún sigo sin comprender como puede permanecer intacta bajo el agua a pesar de la furia marina en los días de temporal. Aún me sigo estremeciendo, cuando sin haber caído en la cuenta de que ya es la mañana de domingo señalada, se cuelan por mi ventana las notas de los compases de "Macarena" de Abel Moreno, que por sonar donde suenan y al no tratarse de mi equipo de música puesto a todo volumen, me saben a gloria bendita.

Ahora mis correrías son bien distintas y las responsabilidades no son las de aquel pequeño aventurero que un día se dio de bruces con un pequeño tesoro. Pero sigo buscando a mi madre con la mirada para enseñarle mi descubrimiento. Ahora delante de su trono observando su breve cortejo. Cumpliendo con el ritual de cada año y de cada mes de julio. Con unos cuantos años más. En una devoción plenamente consolidada que ha hecho mella con el tiempo. Que ha calado hondo.

 
GLORIA POR EL PERCHEL
En un pregón de la ciudad hermana Carlos Herrera proclamó a los cuatro vientos "¡A la Gloria sevillanos, a la Gloria!". La llamada a los vecinos del Perchel por la salida procesional de su Patrona no hubo de oficializarse a modo de edictos ni proclamas. Ellos mismos se lanzaron a la calle a la hora fijada pues conocían el rito y la regla. Y fueron puntuales como un reloj. A las 8 de la Mañana la cita era indiscutible y muchos de ellos se arremolinaban minutos antes para intuir la salida de la Virgen desde la misma reja del compás. ¡A la gloria percheleros, a la Gloria! pareció oírse en los ecos de las casapuertas de calle Peregrino y retumbando calle arriba en los pasillos del mercado del Carmen. ¡A la Gloria! repetía el mayordomo que, a golpe de martillo, mandaba levantar la esbelta peana de la Virgen mientras el pueblo la aguardaba.

Y así, de esa forma, un año más y arropada por mas fieles y devotos que nunca, comenzó su travesía por ese mar figurado que la llevó hasta el escalinata de la Catedral. Cuarteles, Alameda de Colón y Alameda Principal habitualmente entregadas al tráfico y al sonido de los claxon se quedaron pequeñas ante tanta avalancha humana a pesar de tratarse de las primeras horas de un domingo festivo.

Después de la función anual, este año presidida por el Deán, la Virgen se trasladó con adecuada celeridad hasta el Puerto donde quedó depositada a la espera de su paseo triunfal por las aguas de la bahía.

Al anochecer, cuando los rigores del termómetro ya lo eran menos, comenzó el regreso a casa. La Virgen era entronizada con la delicadeza de quienes saben que entre sus manos se hallaba la mismísima Madre de Dios. Las andas eran de estreno aunque aún resta un tiempo para que puedan verse finalizadas. Tan sólo visualizamos la carpintería inicial y unos arbotantes que sin concluir tampoco advertimos en su configuración definitiva. La Virgen iba sobre una peana de altura considerable coronada por dos angelitos que portaban un ancla y una estrella realizados por Juan Vega. El recorrido era el habitual, esto es, Plaza de la Marina, Lateral de la Alameda, Alameda de Colón, Pasaje de Linaje, Puente de la Misericordia, Avenida de la Aurora, Ancha del Carmen y Plaza de Toros Vieja. Un itinerario que a algunos como el suscribe deja un sabor agridulce por cuanto obvia algunas calles de mayor calado cofradiero lo cual siempre beneficia al desarrollo de la procesión.

La nota musical la puso como siempre la brillante banda de la Archicofradía de la Expiración que sabe asumir con garantías este tipo de eventos. De hecho son tres importantísimas Glorias de nuestra ciudad las que ya cuentan con los servicios de esta consolidada formación, a saber: además del Carmen del Perchel, Santa María de la Victoria y la Divina Pastora de Capuchinos.

Después de 14 horas de fervor ininterrumpido los había que ya habían vuelto a casa con los pies hechos polvo. Pero otros habían llegado para relevarlos. Así a la Virgen no le faltó en ningún instante el calor de su gente desde la verja del recinto portuario hasta las puertas mismas de su barrio donde los fuegos artificiales tuvieron su porqué, en definitiva, su sentido, que no era otro que proclamar a los cuatro vientos la mayor Gloria de la Reina del Carmelo, nada más y nada menos.

Como en un túnel del tiempo, abandonando la modernidad aparente, la Reina del Carmelo se introdujo en las mismas puertas de su casa al compás de la marcha que dedicara el malogrado Perfecto Artola a aquella Virgen, la de los Dolores, que también es Soberana a este otro lado del río. Y con ese guiño musical irrefrenable, el trono comenzó a surcar los primeros adoquines de la calle Ancha del Carmen a la que de ancha sólo le quedó el nombre. La ingente muchedumbre que la acompañaba ya sólo pudo rendirse a sus plantas, sin espacio apenas para deambular por las estrechas aceras. Y allí se generó un fenómeno ya habitual en el que verdaderamente pareció que la virgen volvía a dar un paseo fluvial entre un indescriptible remolino humano.

Y la lluvia apareció de la forma que más gusta a los devotos y cofrades. En forma de pétalos a mansalva. Por si alguien tenía dudas acerca del recatado exorno floral que ya presentaba el trono. Y de esta forma como si se interpretara una obra sinfónica de vítores y colorido se fueron enhebrando los instantes que por repetidos cada año saben a gloria en este vetusto edén que conforman las callejas del viejo Perchel.

"Esperanza de Triana Coronada", "Himno de la Coronación de la Esperanza", "Rocío", "Virgen de las Aguas", "Malagueña, Virgen de la Paloma" o "Carmen Coronada" fueron algunas de las marchas que se interpretaron hasta la recogida. Más a la Gloria misma no se pudo llevar a la Virgen.

Al final ya en las puertas del templo, la banda de cornetas y tambores de la hermandad que vestía un desafortunado uniforme de verano, interpretó "Penas de Triana" en un momento quizás inapropiado por cuanto que no era esa la tarea de la formación en la jornada. Eso sí, el nivel mostrado por estos jóvenes músicos fue inmejorable.



Publicado por tontodecapirote84 @ 15:16  | Málaga
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