Sin perfume de incienso y sin la presencia de engominados
escoltas enfundados en lujosas dalmáticas y a falta de aderezos y lustres
estéticos, los cuales no se echaron en falta, salió a las calles un año más la
Reina del Carmelo en el día de su onomástica. Hay barrios que en Málaga vuelven
a rejuvenecerse cuando llega el 16 de Julio. Es como una vuelta a aquellos
humildes orígenes en los que tanto El Palo como Pedregalejo no eran más que
pequeños núcleos de pescadores cuyas vidas estaban entregadas a los caprichos
del mar que se abría grandioso a los ventanales de las humildes casitas de
adobe situadas a pie de arena.
Las horas pasaban muertas para los viejos marengos que dedicaban gran parte de la jornada a tejer metros interminables de redes y entubar boyas mientras un inconfundible olor a guiso maestro se escapaba por el ventanuco estrecho de las cocinas atendidas por las mujeres afligidas. A veces, en una parada para almorzar, llegaba alguna jábega de cumplir con la faena y en ellas siempre estaba presente une pequeña efigie de plástico duro de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, que tranquilizaba las almas y curaba las heridas de las manos.
Décadas o incluso siglos después, la fisonomía de estos importantes entramados urbanos de la ciudad ha cambiado notablemente. La ocupación de aquellas antiguas casitas situadas en las mismas orillas de la ensenada ha dejado ya de ser la de los pescadores y trabajadores varios de la mar. Hoy son reductos de un pasado inmemorial colmados de restaurantes de "pescaíto" frito que contrastan con un despliegue de terrazas de un ambiente neoibicenco. Muchas de aquellas viviendas hoy son reformadas estancias estivales moradas por veraneantes deseosos de buscar un rincón con encanto aunque se traten de construcciones que traspasen claramente el borde de la legalidad, alejadas de los apriorísticos buenos propósitos de las disposiciones urbanísticas.
Decíamos, décadas o siglos después, Pedregalejo y El Palo recuperan cada 16 de julio un tributo olvidado. Sacan a pasear una devoción religiosa y a la vez celebran un rito purificador. Cuando la Virgen bendice las aguas, el público se siente lavado de culpa y se sienten dignos ante la divinidad. Cuando la Virgen queda entronizada, las plegarias suenan a rito de expiación. No son barrios céntricos ni por sus calles circundan fenómenos cofradieros a los que habitualmente estamos acostumbrados. Por ello hay que entender estas celebraciones en su justa medida y en su oportuno sentido. No se trata pues de una procesión al uso ni siquiera una estación de penitencia con un sentido unívoco. Por un lado, la procesión terrestre organizada con su cortejo, varas y su trono más o menos adecentado. Por otro, el paseo de la Virgen embarcada en una finísima y recién pintada jábega por las aguas de la zona este de la capital. Y en este último contexto es donde la celebración alcanza su máximo esplendor y es ahí donde radica la verdadera importancia de la misma. Lejos de otras devociones carmelitas de interior procesionadas con encaje y coronas de Oro. Y aquello es lo que la diferencia de cualquier otra Gloria corriente. Allí es donde se reproducen las principales escenas emocionantes sin cornetas ni tambores, tan sólo con la entonación de la Salve marinera. Con el agua hasta la cintura cuando la Virgen accede a la barca. Ese es el momento del que sólo entienden los pocos marengos que aún visten la ropa propia y que ya peinan canas. Muchos de ellos son ya hijos o nietos de...
Por eso la vuelta a casa es apresurada y el cortejo se
desordena. Si acaso pequeñas y preciosas mecidas al son de "Pasan los Campanilleros"
rompen la monotonía del paso ligero y al frente. La misión principal ya está
cumplida. A la espalda del Hotel Cohíba
apenas ya queda gente. La algarabía de
las terrazas se torna en un murmullo curioso de las personas que se cruzan con
la inoportuna procesión tras dejar el coche mal aparcado en calle Bolivia. Los
balcones de las casas-mata rebosan de jazmín en flor. El olor es sorpresivo y
agradable. La estampa con el trono de madera lisa inmejorable. Pocos cofraditos
presenciando tan divino tesoro de nuestra costera ciudad. Los marengos siguen a
lo suyo mientras una chiquilla, bandera de España al hombro pregunta a un joven
compañero despistado el significado de la que él portaba en ristre. Colores
blanco y marrón con el escudo bordado. Bandera carmelita.
Las familias buscan acomodo en el compás de sus hogares, protagonistas por un día de la revuelta organizada. Eduardo Nieto buscando siempre la instantánea perfecta. Un tierno discapacitado entona con más ilusión si cabe ese himno oficioso que tiene una simple pero impactante letra: "¡Que se le dice a la Virgen: Guapaaa!"
Los cangrejos no han aparecido a pesar de lo apetitoso del retorno. Se puede cambiar de acera sin problemas. La talla de Dueñas genera comentarios controvertidos, pero todos destacan su hermosura, con lo cual, la conversación queda zanjada en un periquete. Las razones son obvias. Aquí los cofraditos tenemos que admirar y callar. Ni juzgar ni enjuiciar por que la tabla de medida no puede ser la misma. Y en estas que la Virgen pasa otra vez y ya cuesta adelantarla. - "La última marcha y... ya nos vamos", le comentaba un cofrade a su novia emperrada en volver a casa.
De la vida del barrio antiguo no queda apenas nada. Pero en medio de esa vorágine veraniega y festiva en la que se sumerge cada año esa zona de nuestra ciudad hubo un pequeño resquicio para que un año más la estampa de la Virgen pusiera, como debe ser, la cosas en su sitio. Las cosas de siempre. El carácter de siempre. Los orígenes no olvidados. La importancia del mar en un pasado no muy lejano y la necesidad de no olvidarlo como elemento propio y necesario de nuestra existencia.
La Virgen como siempre, nos recordó, que sigue ahí como la cohesión misma entre el barrio y su germen, con el pueblo y sus inquietudes perennes. La devoción frente a la actualidad. La tradición sobre un entorno devorado por el reclamo estival de pantalón corto y chancletas. Un paréntesis entre cocktail y cocktail. Una grandeza ante la que nadie queda impasible.