
Como un descuartizado pasaje de funestas estampas, el barrio
se despereza a diario entumecido por las acometidas de la prisa y el voraz
fustigamiento de los empleados de banca buscando en sus solares vacíos un
puesto de estacionamiento donde antes soñaban las familias un futuro hermoso en
casonas reducidas.
La torre, el Puente, la Dolorosa, la piedra, la tierra, su
Parroquia , la reja y el cierro, la fábrica sin máquinas. El tiempo como la sal
marina carcome sin contemplaciones el grabado y la memoria. Alli donde había
barrio tan sólo quedan cicatrices.
A Málaga no le queda más de su historia pasada que algunas
vitalistas Iglesias en pocas calles de su centro histórico mal meadas en las
noches de estrepitosas juergas de los gatos negros. Pocas cosas le quedan al
pintor que abre el balcón de la muralla del "pasillosantaisabé" para mostrar en
sus lienzos, sino es la espadaña de Santo Domingo y la pequeña capilla de los
Dolores. Italcable ya ha quedado engullida por el hotel NH. Hacienda se haya
poderosa en un solar privilegado junto a la mole gris de los grandes Almacenes
que tanto daño han hecho a la vista en los centros de las ciudades donde sí
duelen los desaguisados.
Por eso quizás a los pintores de nuestra Málaga, para no
reiterar en su producción los típicos tópicos de los enclaves respetados, a los
que ahora nos da por cuidar y encalar como oro en paño, porque son los únicos
que quedan, se dedican fundamentalmente a pintar carteles de Semana Santa como
si de alguna manera no quisieran dejar de plasmar esa eterna verdad que no
perece, que quizás se halle fuera de los caprichos de turno de las
planificaciones urbanísticas. Los pintores malagueños ya no pintan paisajes.
Pintan rostros. Pintan esculturas, pintan escenas esporádicas que se encuentran
a buen recaudo en las manos de quienes las aman. Pintan devociones, pintan
ensayos de hermosura, hacen arte pintando arte. No hay mejor fuente de
inspiración que retratar cuadros ya hechos. No hay estudio
al respecto de porqué desaparece nuestro entorno enterrado junto a
Aleixandre en la tumba de la memoria y permanece la Semana Santa como una muestra
impasible como si por ella los caprichos del reloj no hicieran mella.
Por eso los retratistas se conforman con lo que queda que no
es poco. Aunque sólo sea una vez al año. Y quizás ahí radique su secreto.
Esta semana pende de la Basílica que antes sólo fue Templo
un cartel extemporáneo. El bochorno alimenta a los mosquitos que juegan a
buscar víctimas en los albores del mediodía. Mientras las plantas se secan,
mientras la boca de riego refresca la glorieta del Nazareno que no tiene ni
balcones ni saetas. Sólo hormigón y aluminio.
Pepe Palma Santander ha retratado una estampa repetida. Pero
que no por conocida pierde el más mínimo ápice de su singular excelencia.
El motivo no puede ser otro que el privilegiado rostro de la
desmesura de un Encanto que no perece con el tiempo. Por eso Palma pinta
sobreseguro. Se evade de los polígonos rectilíneos y las líneas geométricas que
significan su entorno. Se concentra en un óvalo pequeño y perfecto de tez
nacarada. Son 20 años de una Coronación cuando aún quedaba barrio en ruinas y
se consagraba un templo, aún no concluído, para darle a Ella independencia y
patronazgo. Y se detiene el tiempo. Como en un bodegón de fruta fresca.
No cambia su rostro juvenil que hace una centuria surcaba
alamedas de sombra a la ribera de la rambla del Guadalmedina. Antes que Risueño
imaginara un galeón megalomaníaco para cobijar su grandeza sin comprender
quizás que a Ella no le hacen falta otros pretextos materiales que sirvan acaso
para comprender su inagotable rictus de belleza y magia. Pintarla con su
rostrillo de encajes es como olvidar por un momento la decadencia y el olvido.
Perfilar su boca con un pincel en el lienzo es como recorrer aquellos siglos
donde ocupaba un lugar en Santo Domingo cuando ya le rezaban los viejos hombres
que luego vestirían antifaces verdes y antiguos.
Dentro de cinco años se cumplirán las bodas de plata de
aquel acto en que de algún modo se oficializó lo que todos ya sabíamos. Que era
la Reina y que así había que hacerlo saber aunque desde siempre lo había sido
de aquel Perchel de compás y sillas de enea. Y su cartel conmemorativo a buen
seguro que pocos elementos novedosos u originales podrá ofrecernos. Podrá
cambiar el contexto pero no el motivo.
Cuando Pepe la estaba pintando la imaginaba en ese besamanos
eterno que bien poco ha cambiado con el paso de los tiempos. Ahí siguen en el
caballete de la nostalgia el manto extendido en las escaleras de la gloria
junto a dos jarras de azucenas que son las flores del candor, la majestuosidad
y la pureza, ya representadas en la escultura desde los tiempos del Rey
Salomón. Ahí continúan los fieles subiendo los peldaños nerviosos a besar la
mano delicada y generosa pisando una alfombra desenrollada a sus Pies. Con la
corona de siempre sobre sus Sienes. Con el hermano orgulloso medalla al cuello
limpiando la mano a cada instante tal como lo hiciera su abuelo en la posguerra
inclemente.
El barrio se despierta a diario con una maltrecha figura y
un complejo aparente. Ha dejado de desprender un olor a humilde y a lejía de
tendedero para convertirse en un Soho financiero a la malagueña. Pero en él
sigue Ella en una quietud arrebatada. En la parsimonia y el silencio que
siempre ofrecen los templos. Con su semblante intacto y su boato innecesario.
Con el trasiego de personas que aún guardan instintivamente un momento oportuno
para acudir a besarla. Aún cargados con las bolsas del Corte Inglés que por un
momento las apilan en la puerta.
Dentro de cinco años quizás haya oportunidad hasta de
tenerla en la calle y dentro de tres décadas se celebrarán las bodas de oro de
aquella maravillosa efeméride. Para entonces quizás ya del Perchel no quede ni
el nombre, pero al menos ella seguirá capitaneando con mano firme los designios
de aquellos que son sus hijos, como los que acudían en otras centurias
estrenando zapatos nuevos. Serena y Quieta como un bodegón de fruta fresca, probablemente
cobijada en un retablo deseado, metáfora de la vida de un barrio que ha ido
escribiendo una leyenda de belleza, muerte y polvo bajo los automóviles de los
empleados de banca.