Vuelta a la normalidad. Regreso a las populosas y
desvencijadas calles del Barrio. Sin embargo, su viaje al

centro de la ciudad
el pasado año no ha resultado ser una aventura en balde. Había gallardetes
y colgaduras en las farolas que recordaban lo grande de una efeméride que pasará
a la historia de la corporación salesiana. Y el público se hizo notar en el
retorno a lo ordinario. A lo de siempre. Quizás en mayor medida que otros años.
Muchas señoras mayores dirigían sus miradas de ojos vidriosos a la estampa de
aquella Virgen que vio crecer a sus hijos en las correrías del Colegio
Salesiano. La acompañaron por las aceras, incluso en su ascenso por la dura
pendiente de la calle Empecinado, a las faldas del Cuartel. Otros muchos cumplieron
su promesa de volver a rendirse ante sus Plantas probablemente porque la
intuyeron por primera vez en las calles del centro y pronto se sintieron en
deuda con Ella. Hubo explosión de júbilo
al llegar a la Iglesia. Las hermandades capuchinas no faltaron a la cita
emocionada con la otra Gloria del Barrio. Las cornetas de la banda de música
entonaban una y otra vez la misma y alegre pieza para sumar con esfuerzo un
hombro mas en el varal del Amor.
¡Que no decaiga el Amor populoso por la
Auxiliadora de los Cristianos! parecieron decir sus portadores.
¡Que viva la Madre de Dios! ofertaron sus devotos desde
diversos balcones, con papelillos y estampitas.
La tarde templada en el barrio rezumaba un aroma

especial. Don Bosco
volvió a subirse al estrado de madera para impartir sus doctas lecciones
marianas de Amor y Ternura pero esta vez en la calle. Nos enseñó a rezar en
silencio. Nos abrió el camino de la Verdad. Pero ya nada era como antes y así
nos lo hizo saber. Al fin el referente devocional mariano de la ciudad había
encontrado su sitio. Y tuvo que ser tras un paseo allende sus fronteras
habituales. Con trajes oscuros, como el propio Santo Domingo el Savio cargado
por los más "pequeñajos" de esta gran familia, y con el trono de los Hermanos
Caballero que mejor pudiera concebirse para tan Magna Estampa. Ahora lo difícil
no es llegar sino mantenerse. Saber hacer llegar la dulzura de la Virgen en
procesión no es tan complicado como parece. Mas que nada porque Ella ya ha
hecho lo más difícil. 100 años, como mínimo, dan para mucho. Tan sólo hay que saber conjugar
esos mimbres de privilegio con mesura y templanza.